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Año XIV, 29 de septiembre de 2022

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Réplicas

Columna de opinión por Argos Jeria
Lunes 15 de marzo 2010 4:19 hrs.


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Uno se pregunta si no sería sensato realizar operaciones de preparación de la población cuando se anuncian tales fenómenos, por amplia que sea la ventana de tiempo en que los hechos podrían ocurrir.


Fui el primero en despertar la noche del terremoto. Sacudí el brazo de mi mujer advirtiéndole del movimiento. Medio dormida me dijo “es de onda larga; el epicentro está lejos, duérmete no más”. Sus reflejos de investigadora en diseño antisísimico me hicieron vivir de esa manera tan atípica los primeros minutos del desastre natural de la madrugada del 27 de Febrero. A los pocos minutos, luego de sentir las bocinas de las alarmas de casas y autos y el ruido siempre escandaloso de vidrios rotos,  estaba tan despierta como yo buscando linternas y radios a pila como todos los santiaguinos. La llegada de los niños y sus familias nos tranquilizó algo. Luego empezó el bombardeo de comunicados, alertas, desmentidos, cifras e imágenes que todos conocen.

No deja de ser notable cómo el lenguaje afín al diseño de estructuras y a los sismos se ha ido popularizando. Hoy todos hablamos de “daños estructurales” o “intensidad” de manera casi coloquial. El primer término es muy sugerente, pues podría ser aplicado al deterioro de las relaciones entre personas o de la salud de alguien, sugiriendo algo grave o de carácter irreversible (“mi pololeo sufre un daño estructural”). En el caso de un terremoto el significado es literal pues se aplica a lo que usualmente llamamos estructuras en su sentido físico: edificios, puentes, casas o estanques; así, el daño estructural sería aquel que afecta las capacidades soportantes de los elementos diseñados para ello, como vigas, columnas, losas y algunos muros en el caso de edificios y casas. La intensidad, sin embargo, ha resultado ser más compleja pues hay dos escalas que suelen asociarse a ella: Richter y Mercalli. La primera está asociada a la energía liberada y es una medida única para cada sismo llamada “magnitud”, en tanto que la segunda está basada en percepciones de la población e inspecciones visuales del daño producido y puede aplicarse a diversos lugares para un mismo sismo. Sucesivas modificaciones de la Mercalli la han hecho más objetiva al incorporar juicios relativos al tipo y calidad de las estructuras y medidas como la aceleración del suelo; así, la intensidad en Santiago fue de 7 por el tipo de daño causado en estructuras de cada tipo. Por supuesto, la metáfora también ayuda a intuir el significado de la palabra, ya que, por ejemplo, una relación “intensa” sugiere la muy activa interacción de dos personas.

Cuestión aparte son las réplicas, sismos de menor intensidad posteriores al terremoto y derivados del mismo fenómeno geofísico. Luego del reciente desastre, circuló muy rápidamente en internet un artículo científico publicado el 2009 en el que ocho investigadores – incluyendo cuatro chilenos – reportan investigaciones hechas a comienzos del siglo XXI que indicaban lo posibilidad de un terremoto en la zona Concepción-Constitución de magnitud entre 8 y 8,5. Advertían que ni la ocasión ni la magnitud eran previsibles con precisión. Pues bien, miembros de ese mismo equipo me hablaron de una posible pronta réplica que aparentemente fue la que ocurrió el jueves once de marzo, al día siguiente de la mención que yo hiciera de esto en Bello Sino. Uno se pregunta si no sería sensato realizar operaciones de preparación de la población cuando se anuncian tales fenómenos, por amplia que sea la ventana de tiempo en que los hechos podrían ocurrir. Recuerdo que todos los años de secundaria participé en las llamadas operaciones “Daisy” que nos preparaban para enfrentar colectivamente potenciales desastres; afortunadamente nunca tuvimos que aplicar tales enseñanzas.

¿Qué diría usted si le contara que investigadores del mismo Departamento de la Universidad de Chile han presentado evidencia de la posibilidad de un sismo de relevancia en el extremo norte del país? Siempre habrá interesados en rechazar tal evidencia por razones turísticas o simplemente porque no quieren que ocurra. Al finalizar esta crónica replico que la búsqueda del Bello Sino está más cerca de la prevención que de la cura.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.