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Año XIV, 28 de noviembre de 2022

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Una semana negra para los partidos de la centroizquierda

Un escáner a esos conglomerados y una revisión de los últimos hechos políticos muestra que, pese a todo el malestar y las movilizaciones sociales, el estado de salud de los partidos progresistas es delicado.

Víctor Herrero

  Lunes 30 de mayo 2016 7:45 hrs. 
boric jackson

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Los hechos políticos de los últimos días han girado en torno a los partidos de la centroizquierda. Estos se han visto remecidos por renuncias y quiebres que dejan al descubierto, una vez más, las confusiones ideológicas y errores repetidos en los que este sector suele caer de manera alarmantemente cíclica.

El caso más obvio es el del PPD. Se trata de un partido atiborrado de caciques pero al que no le quedan indios. O como se dice hoy, una organización llena de gerentes pero sin empleados. La revelación de que ese partido fue financiado por Soquimich que le pagaba, literalmente, hasta las cuentas de la luz, lleva el caso de los dineros políticos a un nuevo nivel de corrupción ética. Ya no se trataba de financiar campañas, que son los períodos de mayor urgencia financiera del mundo político, sino que de asegurar el funcionamiento diario de un partido político.

Y en el plano ideológico -este conglomerado fundado en 1987 como un partido instrumental que agrupaba a distintos nombres y corrientes del centro y la centroizquierda- el PPD hace rato que se ha convertido en una fuerza con fuertes tintes de derecha, sobre todo en temas como la seguridad ciudadana. Basta con revisar la vehemencia con la que su senador Felipe Harboe promueve y defiende la llamada Agenda Corta Anti-delincuencia, que está imbuido en el tradicional populismo derechista de la llamada “mano dura” y que tiene una serie de indicaciones que se riñen seriamente con los fundamentos mismos de una democracia moderna. Y la alcaldesa Carolina Tohá tampoco le ha hecho asco a esa agenda: desde que asumió en Santiago, muchas ferias de las pulgas, de las artes u otras actividades ciudadanas fueron prohibidas en los parques de esa comuna. Como al principio los ciudadanos no querían creer en esas prohibiciones, Tohá hizo hacer su voluntad con la ayuda de las fuerzas especiales de Carabineros que durante 2014 y gran parte de 2015 reprimieron a los feriantes.

Sin embargo, el caso más curioso de los últimos días es el de Izquierda Autónoma (IA), que la semana pasada rompió con su único diputado, Gabriel Boric, aunque no está claro quién se quedará con el nombre de este movimiento que tiene cierta fuerzas en las universidades, en especial la Universidad de Chile. La página web de IA parece el de una peña universitaria. Si uno se quisiera suscribir o acaso militar en ese movimiento, no hay forma de hacerlo a través de este medio. Nodo XXI, una fundación al alero de ese movimiento, es un esfuerzo intelectual más serio, pero con poca difusión e impacto fuera del círculo de adeptos. Guardando las proporciones, Izquierda Autónoma se parece un poco a los personajes de “La guerra de Mayta” de Mario Vargas Llosa. Esa novela publicada en 1985 es la historia de los guetos de izquierda. Como afirmó el periodista y escritor mexicano Mario Huacuja Rountree en la revista Nexos, se trata de personas “enclaustradas en ellas mismas, con un código y una cultura propios, alimentadas por su propia inercia, con escasos puentes comunicantes hacia el mundo que los rodea (… y así) ciertos círculos de izquierda se convierten en microuniversos cerrados, con leyes, vidas e historias segregadas del resto de los mortales”.

Algo de ello está sucediendo con este movimiento del cual la mayoría de los chilenos jamás ha escuchado su nombre. No deja de llamar la atención que este conglomerado, que apenas se ha abierto a gente mayor a 30 años, ya se esté dividiendo.

Con lo cual se llega a quien, actualmente, es el “darling” del progresismo chileno: Revolución Democrática (RD). Este flamante partido parece vivir –tomando en cuenta las distancias temporales e ideológicas- una disyuntiva similar a la de los revolucionarios e izquierdistas rusos de comienzos del siglo 20.  Hay dos almas en RD: los mencheviques y los bolcheviques. Hasta la semana pasada, ganaba el alma reformista-menchevique. Giorgio Jackson fue elegido diputado por Santiago en 2013 en parte porque la Nueva Mayoría no presentó candidato (aunque probablemente hubiera ganado igual). Varios de sus conspicuos miembros entraron a trabajar en ministerios e importantes servicios del Estado (por cierto, ¿a nadie le llama la atención que casi todos los importantes cargos públicos de RD estén en manos de hombres y casi ningunos en manos de sus militantes femeninos?). Lo llamaban “colaboración crítica” con el gobierno de Bachelet.

Pero la semana pasada se salieron del gobierno. No, mejor dicho, algunos miembros de RD se salieron del ministerio de Educación. ¿Qué hacer?, se preguntaba en 1902 Lenin tratando de vislumbrar el camino a seguir para los revolucionarios rusos de la época. La respuesta que esbozó el líder de la Revolución de Octubre, que el próximo año cumplirá su centenario, fue la de profesionalizar la labor del militante. Sobre el papel, RD parece buscar lo mismo. De hecho, el corte de pelo del propio Giorgio Jackson habría sido para que se pareciera al pelado de Lenin, d. “revolucionario” pareciera al pelado de Lenhabrsmo extremo y la falta de coherencia en los demuctora para una parte de lz izquándole así un look más “revolucionario” al ex dirigente de la Universidad Católica.

Pero envalentonado por la avalancha de simpatía y de nuevos militantes, muchos de los cuales son personajes conocidos por sí mismos, ese partido corre el serio de riesgo de convertirse en una moda pasajera. Como ha afirmado en privado un importante líder de la centroizquierda: “El problema de tener a militantes famosos que se unen por moda, es que renuncian al primer problema y que esa renuncia es cubierta ampliamente por la prensa. Al final no hay un compromiso real”.

Así, Revolución Democrática puede ir en camino de convertirse en lo que el escritor y columnista Óscar Contardo ha caracterizado como “el Mapu con iPhone”.

Dicho esto, la idea de RD de constituir un Frente Amplio como el de Uruguay ha sido una idea seductora para una parte de la izquierda chilena. El propio Marco Enríquez Ominami coqueteó en algún momento con esa idea en 2013, pero su personalismo extremo y la falta de coherencia en los demás movimientos progresistas, atentó en contra de la idea del candidato presidencial del PRO.

Los comunistas, en tanto, son como la vieja esposa que sigue siendo fiel pese a que sabe que su marido la maltrata y le ha sido siempre infiel. Cuadrados con el gobierno y, sobre todo, con el famoso “programa”, de vez en cuando se salen de las filas para reclamar en contra de políticas que son abiertamente contrarios a sus intereses. Pero, tal como sucedió hace unos días (a propósito que el Partido Comunista pensaba recurrir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el control preventivo de identidad), reculan rápidamente cuando su marido la llama al orden.

Da pena ver cómo el PC, el partido más castigado y perseguido en la historia de Chile, no aprende del pasado. ¿Acaso no se acuerdan del gobierno de Gabriel González Videla y la llamada “Ley Maldita”?

Para terminar el recuento del estado actual de los partidos de centroizquierda quedan dos partidos que, en el fondo, ya no son de esa tendencia política. Uno es la Democracia Cristiana, cuya ideológica ha sido secuestrada hace más de dos décadas por los sectores más conservadores de ese conglomerado. Actualmente, estos están representados por los hermanos Walker, el Zaldívar de siempre, y las alargadas sombras de Gutenberg Martínez. Todos ellos son y fueron siempre más funcionales a la agenda conservadora del país que al avance social de Chile.

Y, por último, queda el Partido Socialista. Aunque en las últimas semanas no se ha visto salpicado por escándalos ni escisiones, su deterioro ideológico es evidente. Hoy en día, ese partido, que es el de la presidenta Bachelet, se ha convertido cada vez más en una máquina de captura del Estado –de los puestos más codiciados- y es, tal vez, el partido con más representantes en los directorios de las grandes empresas chilenas.  Es la versión moderna de lo que fue el Partido Radical en los años 50 y 60: un conglomerado que vive para perpetuar liderazgos, clientelismos y captar cargos de alta remuneración en el aparato estatal.

Entonces, frente a este panorama y ante el hecho de que el gobierno de la Nueva Mayoría ya dio por terminado su proceso de reformas, ¿qué hacer?

 

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