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El timbalista de la Sinfónica sale al frente

En los conciertos que la Sinfónica hará este fin de semana, Gerardo Salazar tocará el Concierto para timbal y orquesta de Russell Peterson. Aquí habla de esa obra, de cómo será pasar a la primera fila en el escenario y del día en que le dijo a su maestro que le enseñara de nuevo a tomar las baquetas.

Rodrigo Alarcón

  Jueves 27 de julio 2017 12:46 hrs. 
GS


Serán unos cuantos pasos, pero serán significativos. Gerardo Salazar (47) es el músico que cada semana está en la última fila de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, marcando el ritmo con sus timbales, y este fin de semana estará mucho más adelante, casi al borde del escenario del Teatro Universidad de Chile. Ocupará la posición estelar, para interpretar el Concierto para timbal y orquesta del compositor estadounidense Russell Peterson.

No será la primera ocasión en que asuma el rol de solista. Ni siquiera será la primera en que toque esa obra. Él mismo la interpretó en 2009 junto a la Sinfónica, siete años después de su creación, pero dice que el cambio de rol igual tiene algo especial: “Son cosas totalmente diferentes”, asegura, sentado en el hall del mismo teatro, en los minutos previos a un ensayo. “Me encanta tomar este tipo de desafíos porque te obliga, directa o indirectamente, a prepararte aún mejor de lo que estabas haciendo y eso se ve reflejado en cómo vas trabajando semana a semana. Yo soy un agradecido de que se me dé la oportunidad. Me encanta. Cuando pueda tener esta oportunidad, siempre la voy a tomar”, añade.

Esa disposición, dice Salazar, es parte de una pequeña misión que asumió desde el puesto que ocupa hace 17 años en la Sinfónica: “Quería estrenar obras que no se hubiesen tocado en Chile, en relación a ciertos instrumentos de percusión y, en este caso, el timbal”.

Así es como descubrió el concierto de Peterson, que tocará bajo la dirección del sueco Ola Rudner, en un programa que también contempla El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, y el estreno de UI Kantum: Retratos de Arauco, del chileno Edgardo Cantón. “Esta obra es muy fácil de digerir para el público, no es una obra compleja. Hay una cercanía que facilita que el público pueda entender perfectamente cuál es el rol del timbal y cómo puede ir más allá de lo que siempre se sitúa, como un instrumento atrás de la orquesta, que acompaña la zona rítmica, etc. Ese cruce de información me gustó mucho: un lenguaje que llega de una manera más sencilla al público y, a la vez, entrega una información diferente. Por eso la escogí”.

Usted ya tocó esta obra en 2009, ¿por qué volver a interpretarla?

Pienso que los clásicos son los clásicos. Siempre se toca el Concierto para piano No. 2 de Rachmaninoff y la gente viene y viene a escucharlo, pero no es usual que se repitan los conciertos de percusión. Esta obra encaja dentro de una idiomática que el propio programa requiere, porque hay una obra de un compositor chileno, con un lenguaje contemporáneo y abstracto, y si luego venía un concierto de percusión con un lenguaje abstracto, iba a ser demasiado pesado para la audiencia. En esta obra el lenguaje es contemporáneo, pero yo lo califico como melodicista, muy melódico, y eso hace que sea mucho más cercano para el entendimiento del público.

El compositor, como tiene mucha cercanía con el mundo del jazz, porque es saxofonista y fagotista, ocupa muchas herramientas de ese género y también emula ciertas melodías de música de películas, las inserta en un concepto atípico, porque sitúa el timbal como un instrumento netamente melódico, no percusivo. El paradigma de los instrumentos de percusión se rompe un poco, porque se le da un protagonismo melódico a un instrumento que por lo general siempre está apoyando la parte tutti, rítmica.

¿Cómo funcionan melódicamente los timbales?

Al tener cuatro timbales con distintos diámetros, perfectamente puedes tener una escala cromática en dos octavas y hacer una melodía. La afinación se cambia a través del sistema de pedales que tiene el instrumento, entonces eso permite melodizar cualquier tipo de idea que algún compositor tenga. Obviamente, no puedes hacer un cromatismo todo el rato ni tampoco vas a melodizar con tanta nota, pero sí puedes establecer melodías largas que te permiten manejar una línea que le dé protagonismo. Eso es interesante, porque desde el punto de vista interpretativo, pasas a un desafío distinto, que es ser un instrumento melódico, como si fuera un concierto de violín, de piano o de chelo.

Con el paso de los años, ¿cambia la interpretación?

Cambia, sin duda, porque hay un camino recorrido y una experiencia que se pone al servicio de lo que te toca hacer hoy. ¿Cuál es la diferencia con el 2009? Hoy me preocupo mucho más de que incluso pase desapercibido que el instrumento es de percusión. Con eso resalto las articulaciones, las dinámicas, todo lo que tenga que ver con los matices, con los colores que se generan a través de la interpretación, del gesto técnico, a través de la baqueta y las manos.

Es una obra que también tiene cierta influencia latinoamericana, ¿cierto?

Una de las herramientas en el jazz es el chasing, cuando un grupo expone una cierta cantidad de compases, responde a quien se le asigna la parte solista y viceversa: es decir, es un pregunta y respuesta. Bajo esa conceptualidad, Peterson propone que yo dialogue mucho con la fila de percusión y, dentro de ese diálogo, se produce internamente un ritmo que se define como montuno, que va en doce octavos y es muy característico de la música afrocubana y afroperuana, que está inserto en la música folclórica y popular de estos países. Él lo ocupa para este tercer movimiento, en este diálogo de pregunta y respuesta. Claro, tiene raíces latinoamericanas y ahí las pone.

Enséñeme a tomar las baquetas

Después de estudiar en la Universidad de Chile, Gerardo Salazar tomó sus maletas y partió hacia Pittsburgh (Estados Unidos) para perfeccionarse con Timothy Adams, profesor de la la Universidad Carnegie Mellon y timbalista de la Sinfónica de esa ciudad.

De aquellos años, recuerda particularmente una historia: “Me fui más grande de lo que debería, porque al haberme ido tan joven quizás habría vuelto a los tres meses y necesitaba resolverme como persona, pero cuando me fui, le pude decir al propio maestro que me enseñara de nuevo a tomar las baquetas. ‘¡¿What?!’, me dijo él, ‘pero por qué’. Yo le expliqué que cuando me fuera, no quería tener ninguna de las lagunas que sentía que tenía en ese momento, así que me dijo ‘ok, trabajemos desde cero’. Esa actitud me ayudó a encontrar los elementos que no había encontrado en las escuelas donde había estudiado acá. Aprendí mucho, porque me invitaba a sus ensayos generales, a mover sus instrumentos, a cambiarle los parches. Las mejores clases fueron esas, tres o cuatro horas hablando y tocando”.

Foto: CEAC U. de Chile.

Foto: CEAC U. de Chile.

¿Siempre quiso ser timbalista?

Los timbales son el instrumento que para mí fue un atractivo inicial, pero mi especialidad está en todos los instrumentos que tienen que ver con la orquesta: el timbal, el tambor, los teclados (el xilofón, el vibráfono, el glockenspiel, la marimba) y todo lo que tenga que ver con accesorios, como el triángulo, la pandereta, platillos. Se dice que son solo accesorios, pero parece increíble cuando te haces un experto de ellos, porque eso te permite trabajarlos en los momentos apropiados. A veces es un toque, un golpe, pero requieres tener la claridad suficiente para que ese golpe coincida con el color o resultante sonora de la orquesta.

El timbal es un instrumento que llama la atención. Si alguien ve por primera vez una orquesta, es posible que recuerde más al timbalista que a uno de los muchos violinistas, por ejemplo. ¿Qué lo atrajo a usted?

A mí me tocó una generación dentro de la cual se requería de especialistas en los diferentes instrumentos, para que cuando volviéramos a Chile, estableciéramos una escuela que tuviera un desarrollo mayor al que ya había tenido. Producto de eso, uno busca intereses y empieza a definir qué instrumento realmente quiere trabajar. Hace veinte años la realidad era muy distinta a la de hoy, porque la información está aquí. Antes costaba obtenerla, no había Internet, había que comprar una revista que te llegaba en tres meses. ¡Olvídate! Las partituras, los métodos, todo era difícil. Hoy aprietas un botón y puedes escuchar en vivo a la Filarmónica de Berlín. Los maestros que nos enseñaron tuvieron la gran osadía, dentro de su conocimiento, de entregarnos las mejores herramientas que tenían hasta ese punto. Los que salimos, fuimos a buscar más, volvimos y hoy lo estamos entregando a las generaciones de estudiantes.

Usted es profesor en la Universidad Católica e instructor en las Orquestas Juveniles e Infantiles. ¿Qué es lo más importante que intenta transmitir a un percusionista?

Que tenga autenticidad, o sea, que antes de emitir un sonido o tocar un instrumento, tenga un acto reflexivo que permita decir: yo quiero que esto suene de tal forma. No nos interesa que existan clones, sino tipos íntegros y que tengan una nueva propuesta, siempre buscando el sonido. Si habemos dos personas que vamos a tocar el mismo instrumento, con la misma dinámica y la misma intención, no debería sonar igual, porque la reflexión anterior tiene que ser personal y distinta. Es por lo mismo que Arrau no suena igual a Rubinstein. ¿Por qué el timbalista de la de Berlín va a sonar igual al de la Sinfónica de Chile? Hay un trabajo de búsqueda del sonido, de cómo emitir un buen sonido.

Foto principal: Rodrigo Alarcón.
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