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Del rock a la Orquesta Sinfónica: la historia del fagotista Nelson Vinot

Es parte de la agrupación hace 28 años y el próximo fin de semana estrena Tierra sagrada, una obra que basada en la cultura mapuche. En esta entrevista, habla de su infancia en Nogales escuchando música mexicana, de sus años de hippismo en Valparaíso y de cómo encontró la música clásica a través de un viejo disco de vinilo.

Rodrigo Alarcón L.

  Domingo 18 de noviembre 2018 9:46 hrs. 
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“Esto no es música mapuche, pero está basada en ese contexto. Es la mirada musical de un huinca chileno, como yo, que ve cómo podría haber sido la música mapuche”. Es mediodía del miércoles y el fagotista Nelson Vinot está en una de las mesas del Baquedano, la fuente de soda que hace 50 años abre sus puertas junto a la plaza homónima, hablando sobre la obra que estrenará el próximo fin de semana, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, en el Teatro Universidad de Chile.

Entonces es imposible saber lo que ocurrirá un par de horas después, a más de 500 kilómetros hacia el sur del país: un balazo le quitará la vida al comunero mapuche Camilo Catrillanca y ese mismo lugar, un día después, será el escenario de una protesta frustrada por un derroche de gases lacrimógenos. Pero Nelson Vinot usa una palabra que ahí se repetirá mucho al día siguiente: weichafe. “Quizás es la característica más especial que reconocemos de los mapuches, su característica de guerreros”, apunta.

En realidad, el fagotista habla de Tierra sagrada, una pieza que se extiende por poco más de 20 minutos y tiene tres movimientos: “Choike purrún”, basado en una danza para contextos ceremoniales; “Trafwe”, que alude a un lugar de encuentro; y el citado “Weichafe”. Bajo la batuta del venezolano Rodolfo Saglimbeni, la tocarán más de 70 músicos de la Sinfónica, que incluso utilizarán cascahuillas y kultrunes, mientras la cantante Rocío Rojas recita textos del poeta Absalón Opazo, en castellano y mapudungún.

“Lo que hago es usar conceptos comunes de la música contemporánea y la música mapuche: la improvisación y la polirritmia”, explica Vinot. “Por ejemplo, en la danza choike purrun hay una improvisación conectada con la naturaleza y yo quise hacer lo mismo, entonces hay cosas que no tengo escritas y las voy a hacer ahí, no sé cómo van a sonar. Tengo ciertos patrones, como los mismos mapuches lo hacen cuando van a hacer una danza, pero ahí se lanzan, y es lo que quiero hacer también”.

Así, el primer movimiento de Tierra sagrada va a ser un diálogo entre el fagot y la trutruca: “Técnicamente he trabajado en cómo transformarlo en una trutruca, porque se va a escuchar muy parecido. Es un fagot absolutamente atrutrucado”. El segundo “es tranquilo” y está basado en una canción “que habla de la naturaleza, de la tierra sagrada”, mientras que el tercero es “telúrico”, guerrero. O weichafe: “Ahí hay frases de admiración y apoyo”, adelanta Vinot.

Y en un hecho inédito, Nelson Vinot -fagotista de la Sinfónica hace 28 años y solista hace 18- estrenará una obra propia en un programa de la orquesta, algo que todavía trata de dimensionar: “La verdad es que no caché”, admite riendo. “Felipe de la Parra, director de la revista Occidente, fue el que me lo comentó y fue una sorpresa grande, es más responsabilidad. Ahora hay que apechugar no más”, añade antes de estallar en unas carcajadas.

– Y va a tocar entre una obertura de Dvořák y la Sexta de Beethoven…

– ¡Sí! Casi no quería estar en el programa, porque dije: ¡¿qué hago entre medio de estos locos?! (risas). 

De Nogales al rock

Nelson Vinot podrá añadir el estreno de Tierra sagrada, junto a la Sinfónica Nacional, en el nutrido anecdotario que le ha entregado su vida musical, que incluye destacadas actuaciones en Alemania y su trabajo con el grupo de fusión Quitrú, que integra junto a varios de sus familiares.

Nacido hace 62 años en Nogales, al interior de la región de Valparaíso, su camino para convertirse en el primer fagot de la orquesta fue sinuoso y poco convencional. “Nací en un lugar aislado, fuera de las academias y escuelas artísticas. No había nada. Con suerte había un colegio”, recuerda. Cada día tomaba una micro para asistir a clases en el vecino pueblo de El Melón. “Tenía como siete años, estaba desfilando con los niños y me clavé con los pitos de las bandas. Me quedé pegado, me gustaba mirar cómo los tocaban”. Como aún era muy pequeño para integrar una banda, fue su tío “Goyo”, funcionario de la fábrica de Cementos Melón, quien actuó como improvisado luthier: “Obviamente él no sabía fabricar instrumentos, pero me hizo un pito que todavía tengo por ahí y lo hice sonar igual. Así empecé a tocar”.

Adiestrado en la música que se escuchaba en el cine mexicano (“veía películas de Cuco Sánchez, de Antonio Aguilar, de los Reynero, te los puedo nombrar a todos, la música mexicana me la sé entera”), su vida cambió luego del terremoto que en 1965 devastó la zona: “Fue terrible, murieron compañeros de curso. Decían que el epicentro fue en La Ligua, pero fue en Nogales, un pueblo que nadie conocía y desapareció. Ahí mis viejos dijeron ‘nos vamos de acá’ y llegamos a Los Andes”.

En esa ciudad, Nelson Vinot se reencontró con su abuela paterna, una dama argentina que cruzó la cordillera luego de casarse con el inmigrante francés José Vinot. “Ella tocaba el piano, piezas que a mí no me interesaban, y no alcanzó a cachar que después me metí en el mundo clásico, pero vio mi inclinación por el rock, me regaló una guitarra eléctrica y me cedió su casa, porque en la mía no me aguantaban”.

En esa vieja casona de adobe, Nelson Vinot y los amigos con los que formó sus primeras bandas (“todos loquillos”) hicieron sus primeros ensayos. Al mismo tiempo que se infiltraba para tocar en las quintas de recreo en las que se divertían los mineros, él descubría la electricidad de la época: “Tenía una familia ligada al folclor, pero después empecé a conectar con el rock. Deep Purple, Cream, Jimi Hendrix”.

Cuando acabó la enseñanza media y tuvo que escoger, Nelson Vinot optó por algo que indignó a su familia: “Me fui solo a Valparaíso y no quise estudiar nada, me dediqué a puro hippiar no más”, recuerda entre risas.

Fue la época en la que tocó con el grupo de jazz rock Luces, pero pronto llegaría a sus manos un vinilo que le movería el piso: Pictures at an exhibition (1971), el debut de Emerson Lake & Palmer, grabado a partir de la obra homónima del compositor ruso Modest Mussorgsky. “Un amigo mío que fue bajista de Congreso, Carlos Gana, me llevó Trilogy y Cuadros de una exposición”, relata utilizando la traducción que se acostumbraba en la época. “Ahí me empecé a acercar a la música docta, porque descubrí que el compositor original era Mussorgsky y dije ‘bueno, si tengo que estudiar algo, voy a estudiar música’”.

Así fue como se inscribió en Pedagogía en Música, en la Universidad Católica de Valparaíso, y así fue como encontró el instrumento que sigue tocando hasta hoy: “No quise estudiar algo tradicional, me gustó porque era un sonido distinto a todo. Empecé a tocar el fagot en Luces, porque cuando entré a la escuela había uno abandonado y me dijeron que lo había dejado un profesor, que estaba malo”.

A cambio de estudiarlo formalmente y hasta tocar con la orquesta de la escuela, Nelson Vinot obtuvo ese viejo instrumento como préstamo. Cuando la Orquesta Sinfónica visitaba Valparaíso, iba a los conciertos y pedía consejos a los músicos, pero sin acogida: “No me pescaba nadie, ¡porque yo tenía una pinta que te la regalo!”, relata riéndose y mostrando con sus manos hasta dónde llegaba el largo de su pelo.

Y cuando vino a Santiago para estudiar en el Conservatorio, le dijeron que ya era muy mayor para aprender. Pero insistió y en la siguiente audición logró aprobar, animado por un encuentro crucial: “Llegó un grupo, el Quinteto de Vientos de Dinamarca, y entendí que tenía que entregarme a esto. Fui a hablar con el danés que tocaba el fagot y no solo no me rechazó por la pinta, sino que me dio unas clases y hasta me ofreció irme a estudiar para allá”.

Ese maestro circunstancial, de hecho, hizo un presagio que a Nelson Vinot nunca se le olvidó:“Lo fui a dejar al aeropuerto, me dio un abrazo y me dijo: dile a quien te haya dicho que no podías estudiar por edad, que tú vas a ser el primer fagot de la Sinfónica. Nos cagamos de la risa y se fue, sin saber que resultó cierto”.

¿Cuándo y dónde?

La Orquesta Sinfónica Nacional se presentará a las 19:40 horas del sábado 24 de noviembre, en el Teatro U. de Chile (Providencia 043, Metro Baquedano). Además de Tierra sagrada, interpretará la obertura En el reino de la naturaleza, de Antonín Dvořák, y la Sinfonía No. 6 “Pastoral” de Ludwig van Beethoven.

El día anterior, a la misma hora, habrá una función especial para celebrar el aniversario de la Universidad de Chile, en la que se entregará la Medalla Rectoral a Joan Turner, viuda de Víctor Jara.

Las entradas tienen valores entre seis y 15 mil pesos, con descuentos para estudiantes, personas de la tercera edad y funcionarios de la U. de Chile, entre otros.

Más información en Sinfónica Nacional.

Foto: Facebook Nelson Vinot.