Diario y Radio Universidad Chile

Año XVI, 18 de junio de 2024


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El intelectual y la pandemia

Columna de opinión por Grínor Rojo
Martes 2 de febrero 2021 9:15 hrs.


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¿En qué circunstancias se lleva a cabo la labor del intelectual? Mi respuesta es que esta es una labor que se lleva a cabo en una oscilación permanente entre la soledad y la sociabilidad. Quiero decir que el intelectual necesita estar en contacto con el mundo de afuera, porque ahí es donde están muchos de (si es que no todos) los insumos que alimentan su trabajo, pero que también debe saber replegarse y aislarse cuando le llega la hora de hacerlo. Porque la soledad le es indispensable cuando procede a la elaboración de sus materias. Es el estado en que se efectúa la reflexión, cuando las materias se amarran y potencian.

En este marco, ¿qué ha significado la pandemia para los que son de mi oficio? Una eliminación considerable –no completa, pero muy significativa– de la sociabilidad. Nos ha impuesto un régimen de enclaustramiento que o hace imposible o entorpece nuestra circulación en el mundo de afuera y, por consiguiente, corta o disminuye nuestra recopilación allí de los insumos que necesitamos para hacer lo que hacemos. También la pandemia nos veda el acceso a los recursos a que estamos acostumbrados para el desempeño de nuestro métier (bibliotecas, archivos, museos, los variados instrumentos que proporciona la universidad). Y, sobre todo, nos dificulta el intercambio con los pares.

 En cuanto a lo primero, la circulación en el mundo y el acceso a los recursos, yo debo confesar de entrada que me considero a mí mismo como una mezcla de intelectual público con intelectual académico. Cuando me disgusto con uno, me voy a la casa del otro o a la inversa. En tanto que intelectual público, me doy cuenta de que puedo funcionar, por lo menos hasta algún punto, con el material existente en línea y con el archivo que tengo instalado en mi memoria, con la acumulación de experiencias que allí guardo (en todo mi cuerpo, en realidad) y que constituye el fondo de reserva que dentro de mí han ido dejando los más de cincuenta años que llevo dedicado a estas tareas. En tanto intelectual académico, en cambio, mi primera constatación es que en lo que sea que imagino y pienso no hay, no puede haber, novedad absoluta. Que ha existido gente que ha pensado o imaginado las mismas cosas, u otras parecidas, antes que yo, y que la primera obligación que me impone mi ética profesional consiste en conocer y discutir lo que ellos/ellas han dicho. Como no tengo un trato directo con la mayoría de esas personas (algunos/as están muertos/as desde hace veinticinco siglos), me encuentro con ellos en sus libros. Voy a la biblioteca. Y eso, precisamente, es lo que no puedo hacer ahora. Puedo usar lo mucho que me ofrece ese depósito inmenso que es internet, de acuerdo. Gracias a internet mi labor en este sentido no se ha parado enteramente. Es un depósito inmenso, claro, pero en el que aun con eso no encuentro todo lo que necesito para que mi producción académica posea la solidez que se espera de ella. Tampoco mi biblioteca personal, que es muy grande y muy buena, me basta.

 En cuanto al segundo de los dos aspectos que mencioné más arriba, y ahora me refiero al del intercambio con los pares, este no sólo es enriquecedor, sino que suele comportarse como una instancia realmente crucial en el proceso generador del conocimiento. En mi caso, yo soy profesor en el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile, un espacio en el que, en nuestros veinticinco años de existencia, quienes lo formamos hemos desarrollado un estilo de trabajo solidario. Nos juntamos para resolver problemas, y no únicamente problemas de carácter burocrático. Participamos también, a menudo, como invitados, en los seminarios y en los cursos que dictan los colegas. Así enseñamos y aprendemos. Y así, durante el trajín del día a día, conversamos como los amigos que somos, y esa amistad y esa confianza son ambos factores que nos inducen a contarnos acerca de lo que estamos pensando, a mostrarnos eso que acabamos de escribir y a pedirnos la opinión. Son muchas las oportunidades en que yo modifiqué sustancialmente algo que tenía escrito debido a las observaciones que mis amigos del CECLA me hicieron. Hoy, con la pandemia, eso se ha reducido inevitablemente.

Por último, quiero recordar aquí una anécdota que me parece una excelente metáfora de cuanto acabo de decir. Tiene que ver con Mímesis, que, como el lector probablemente sabe, es uno de los cuatro o cinco libros de crítica literaria más importantes entre todos los que se escribieron en el Occidente del mundo durante el siglo XX, y con la biografía de su autor, el profesor alemán Erich Auerbach. El caso es que Auerbach, como tantos otros intelectuales eminentes de su país, tuvo que exiliarse debido al odio que contra el saber y la racionalidad tenía, tiene el nazismo. Lo hizo en 1935, y el lugar que eligió fue Estambul. En esa ciudad vivió y trabajó durante los diez años siguientes de su vida, y en esa ciudad, entre 1943 y 1945, escribió Mímesis. Escribió su libro basándose en lo que ya sabía, sin biblioteca o, para ser más exacto, sin otra biblioteca que la pública de Estambul. 

Y el resultado fue uno de los grandes libros de la crítica literaria mundial del siglo XX, más importante que otras cosas que Auerbach escribió, que son muy buenas también, pero no tan buenas o no tan útiles como Mímesis. ¿Y cómo fue que Mímesis, habiéndose producido en condiciones de una tan grande insuficiencia, habiendo recurrido Auerbach, para escribirlo mayormente al archivo instalado ya en su memoria, devino en un clásico de los estudios literarios? Debido a su densidad, diría yo. La escasez del aparataje académico, perjudicial en cuanto dejó ciertas afirmaciones suyas sin la documentación que a los lectores especializados nos hubiese gustado ver y perseguir, resultó beneficiosa desde otro punto de vista, en la medida en que hizo posible que el escritor sintetizara, concentrara, densificara, un puñado de ideas seminales y que han tenido una tremenda influencia sobre muchos de nosotros hasta el día de hoy. Pienso, por ejemplo, en la influencia que el pensamiento de Auerbach tiene en las reflexiones de Jacques Rancière sobre el mismo tema. Me refiero a El hilo perdido. Ensayos sobre la ficción moderna (2014).

Concluyo: la malhadada pandemia que hoy nos azota y que podría matarnos mañana, ha sido para el intelectual, en buena medida, lo que el nazismo fue para Auerbach. Si a él no lo mató, lo obligó a escapar, a aislarse, a trabajar en solitario, en condiciones de extrema precariedad, y a producir a causa de ello –y en esto no hay una paradoja y menos podría haber una insinuación de conveniencia–, un pensamiento denso y rico. Pienso que sería esperable que a nosotros nos ocurriera lo mismo. 

 

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.