Mujica, el legado de lo esencial

  • 14-05-2025

En estos días, donde la política se parece cada vez más a un espectáculo ruidoso, pero sin mucho sentido, la figura y la partida de José “Pepe” Mujica nos han restituido con fuerza que la palabra puede tener peso, hondura y belleza. Mujica no fue un orador grandilocuente, pero cada vez que habló –con esa cadencia mansa y esa claridad casi campesina– lo hizo desde una ética que vuelve de ese modo a habitar en lo político, desde donde suele ser desalojada. En sus palabras no solo había propósitos de transformación social, sino también una cierta forma de estar en el mundo peculiar, donde lo sencillo y lo profundo no eran opuestos, sino aliados. Su discurso parecía no ser para ganar votos de modo oportunista, sino para despertar conciencias.

Pepe Mujica nunca negó su pasado guerrillero ni su historia de prisión durante 12 años en la dictadura en condiciones extremas, pero no usó ese legado para imponer verdades ni propiciar revanchas. Al contrario, desde ese dolor fundacional pareció aprender que hay que avanzar sin destruir, transformar sin humillar, y que la izquierda puede recorrer un camino donde su vocación de justicia vaya acompañada de una disposición a la convivencia. Ciertamente, el microclima político uruguayo, tan distinto al chileno, ayudó para tal efecto. Mujica encarnó algo difícil de conciliar en la política actual: la posibilidad de luchar por ideas transformadoras sin caer en el odio, sin avasallar al otro, sin adicción al conflicto como método. Su paso por la presidencia fue la expresión de un liderazgo sereno, que no trató de aparentar firmeza a través de la estridencia.

Adicionalmente, su vida misma fue su principal discurso. Vivir con austeridad no fue una pose ni una estrategia de imagen, sino una elección coherente con lo que pensaba y decía. Una forma de decir que el dinero y la política no deben ser buenos amigos. Desde tal lugar tuvo autoridad para cuestionar expresiones generalizadas de nuestro tiempo como la avaricia, la acumulación de la riqueza, la corrupción, el consumismo y la destrucción del medioambiente.

Así, en un continente tantas veces devastado por la ambición de personas y grupos, Mujica habló desde una chacra y no desde una mansión. Enseñó, con su escarabajo Wolskwagen como metáfora rodante, que se puede vivir con poco y ser un dirigente político de primera línea, en sociedades que confunden libertad con consumo y en donde el poder suele implicar acumulación personal de riqueza. Para Mujica, la política debe abrazar su sentido original: el de cuidar la casa común. La política, de hecho, es el arte de lograr, por muy difícil que parezca, que la casa llegue a ser común, sin que eso implique deponer diferencias e incluso contradicciones. Y en ese gesto, dejó un legado que excede las fronteras de Uruguay y nos interpela a todos, en una época donde se estila usar la política para promover el odio y la persecución a los otros.

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