Estamos viviendo una época oscura, en la que luchar por la justicia y la libertad nos convierte en foco de amenazas, persecución y violencia por parte del Estado. La defensa de las memorias —de nuestras luchas y de la represión de la que hemos sido objeto— forma parte de aquello que incomoda al poder.
Desde el fin de la dictadura, ningún gobierno había omitido conmemorar el once; hoy, en cambio, el gobierno de Kast intenta reescribir nuestra historia, negando la legitimidad de esas luchas y el valor de quienes las han encarnado. Defiende con fuerza y convicción el Golpe cívico-militar y la violencia de la dictadura, y afirma entre risas burlonas que volverían a actuar de la misma manera si el pueblo se atreviera a levantarse.
A pesar de la oscuridad, este once de septiembre estuvo lleno de colores. Frente al negacionismo y las amenazas, el pueblo respondió con energía, creatividad y organización. A través de marchas, pasacalles, bailes, música, teatro, performances, actos políticos y debates académicos, se conmemoraron los 53 años del golpe que derrocó al gobierno de la Unidad Popular. Los actos fueron multitudinarios: calles, plazas y sitios de memoria se llenaron de personas de distintas generaciones que defendían su derecho a recordar.
Conmemorar es hacer memoria juntos/as, es recordar colectivamente, es formar parte de un cuerpo social. Cuando participamos en una conmemoración nos sumergimos en una experiencia afectiva que despliega en la escena pública aquello que pensamos y sentimos sobre el pasado evocado y sobre el presente en el que lo hacemos. Aunque cada once de septiembre recordemos el golpe de Estado de 1973, el proyecto y la experiencia de la Unidad Popular y los largos años de dictadura, no lo hacemos de la misma manera.
Los sentidos que construimos sobre el pasado son diversos y dependen de lo que somos y sentimos hoy. Por eso, observar las conmemoraciones de este once bajo el gobierno de la ultraderecha nos permite analizar cómo se está comprendiendo el presente y qué formas de organización social se están desarrollando frente al autoritarismo y la violencia represiva.
Como toda práctica de memoria, las conmemoraciones tienen un doble potencial. Por un lado, pueden repetir y consolidar una versión hegemónica del pasado. Pero también pueden tensionar ese relato dominante, abriendo otras formas de comprender el pasado y el presente.
Para que esto ocurra, los guiones de narración y actuación deben ser abiertos y dar espacio a la pluralidad de recuerdos, sujetos y acciones. La memoria es un campo de conflicto en el que coexisten —e incluso se contraponen— distintas versiones del pasado, y es en esa pugna donde radica su potencial de resistencia y transformación social. Esto es precisamente lo que ocurrió este once de 2026.
Los sitios de memoria abrieron sus puertas y, aunque organizaron múltiples actividades de acuerdo con sus propios guiones memoriales, se convirtieron en un espacio compartido para recordar. En un gesto de valentía y con enorme capacidad organizativa, funcionaron como un Tinkuy de memoria. Personas de distintos colores de piel, orígenes sociales, vestimentas y edades habitaron esos lugares hablando, cantando y actuando sus recuerdos. Las pancartas y los mensajes eran también diversos en forma, color, textura y contenido. Las memorias de la UP, el Golpe y la dictadura convivían con las de otras luchas y violencias del presente, mostrando sus hilos y continuidades.
No pretendo generalizar, pero me atrevo a aventurar que, al menos en los espacios en que participé y en los procesos que pude observar, hubo una gran ausencia: la revuelta popular de 2019. Varias cosas me recordaron esa primavera rebelde: el clima de camaradería, solidaridad y respeto; las distintas formas de actuación; los múltiples escenarios en los que se articulaban discursos y cantos; las performances de todo tipo; las articulaciones espontáneas; el encuentro intergeneracional; la diversidad cultural; y, en definitiva, una pluralidad de sensibilidades haciendo memoria en conjunto. Sin embargo, y pese a las similitudes de una lucha que no está agotada, me sorprendió el silencio en torno a ella, un silencio que queda como pregunta abierta.
En pocas semanas se cumplen siete años del 18 de octubre de 2019, y su conmemoración llegará también atravesada por la disputa: mientras el poder insiste en reducir la revuelta a un “estallido delictual”, las memorias que se levantan en las plazas y los territorios siguen afirmando que allí hubo un pueblo que se atrevió a imaginar otro país.
Recordar esa primavera rebelde bajo el mismo gobierno cuyos adherentes celebran el Golpe no es un gesto nostálgico: es volver a disputar el sentido de un pasado que no se ha cerrado. Y quizás sea en ese cruce —entre el once que evocamos y el dieciocho de octubre que se acerca— donde el silencio en este septiembre empiece a encontrar su voz.
Porque el silencio no es olvido, sino una memoria que todavía busca su lugar en el mosaico de recuerdos que nuestra sociedad construye. Las conmemoraciones de este once de septiembre de 2026 fueron un caleidoscopio de memorias que, vistas en conjunto, muestran la enorme capacidad de un pueblo para resistir al negacionismo y habitar su historia. Un pueblo que no cesa en su ímpetu por volver a abrir las grandes alamedas por donde transiten mujeres y hombres libres.
Isabel Piper Shafir, Programa de Psicología social de la Memoria, Universidad de Chile.






