Contrapesos y poder

  • 30-08-2026

Esta semana, el Ministerio Público y la PDI realizaron diligencias por cohecho, tráfico de influencias y fraude al Fisco que alcanzaron, en causas independientes entre sí, a dependencias de la Junaeb, oficinas del Congreso Nacional y un tribunal de Santiago. Tres poderes distintos, tres investigaciones separadas, y una misma pregunta de fondo: ¿son suficientes los controles que existen para prevenir la corrupción dentro del propio Estado? Distintos hechos de la coyuntura nacional han hecho renacer una pregunta más antigua todavía: quién vigila a nuestros vigilantes, y si dependemos únicamente de su ética y de su moral como funcionarios públicos.

Hay una frase latina que resume esa inquietud mejor que cualquier otra: Quis custodiet ipsos custodes, “¿quién vigilará a los vigilantes?”, o “¿quién guardará a los guardianes?”. Su significado original es distinto al que le damos hoy y escapa a nuestro contexto cultural, pero sigue vigente en una sociedad atravesada por intereses de distinto tipo y su relación con el poder. Plantea una pregunta legítima: cómo controlar a quienes tienen, precisamente, el poder de controlar a otros. La idea se remonta a la Roma antigua y encuentra eco en la filosofía política de Platón; hoy conserva toda su vigencia en el debate sobre el control del poder y la corrupción.

En las democracias, esa tarea se sostiene sobre mecanismos de control y rendición de cuentas: la separación de poderes entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, el estado de derecho, los sistemas de control interno y la participación ciudadana. La prensa libre cumple un rol central en esa arquitectura, cuestionando e interrogando al poder, y por eso mismo suele ser de las primeras en sufrir ataques, censura o intervención directa cuando el poder se siente incómodo. La teoría política tiene un nombre para esa clave, contrapesos, y Montesquieu lo formuló hace casi tres siglos con una frase que envejeció bien: solo el poder detiene al poder. Confiar en la buena voluntad de una autoridad rara vez alcanza como garantía; hace falta, además, otra autoridad capaz de frenarla, revisarla o corregirla cuando se exceda.

Un Ejecutivo sin Congreso que lo fiscalice, un Congreso sin tribunales que revisen la constitucionalidad de sus leyes, o un Poder Judicial sin controles externos sobre su propio funcionamiento interno son variantes de la misma falla, la concentración de poder sin nadie capaz de decirle que no. A veces se presenta a los contrapesos como un estorbo para la gestión pública, incluso desde el propio poder cuando le resultan incómodos. Su función real es la contraria: evitar que cualquier poder se vuelva absoluto, incluido el de quienes llegan con la mejor de las intenciones o el respaldo electoral más contundente.

En los gobiernos autoritarios, la crítica y la vigilancia ciudadana apenas se toleran, y con frecuencia se las descalifica como antipatriotas. Basta con mirar alrededor para comprobarlo. Los medios independientes, cuando logran sostenerse, funcionan como un contrapeso capaz de investigar y denunciar abusos que de otro modo quedarían sin luz.

La participación ciudadana —el voto, la protesta pacífica, otras formas de acción política— también responsabiliza a los líderes y exige transparencia. Las organizaciones de la sociedad civil, los grupos de defensa de derechos humanos y las agrupaciones ambientales, cada una desde su propio ámbito, actúan como observadores y colaboran en la fiscalización de las autoridades. A eso se suman las oficinas de ética y los órganos de control interno dentro de la propia administración pública, junto con auditorías externas e internas que ayudan a que los fondos públicos —la plata de todos— se usen de manera eficiente y transparente.

No hace falta ser desconfiado para interesarse en este tema, ni mirar con atención solo a los gobiernos del bando contrario. Es, al revés, una pregunta cada vez más legítima, que debiera obligar a cada funcionario con algún grado de poder a responder por sí mismo, ante sí mismo y, sobre todo, ante la ciudadanía. Aquí no caben los lavados de imagen por buena conducta anterior, como a veces argumentan los tribunales en fallos que sorprenden. Y parece evidente que esa obligación ética crece en la misma proporción que el poder de quien la porta.

Dada la naturaleza humana y su peso histórico, el control ético mutuo —sin caer en la vigilancia total de 1984— y los sistemas de contrapesos y rendición de cuentas siguen siendo indispensables para que quienes ocupan posiciones de poder actúen con responsabilidad. La regla debería aplicarse sin excepción, sea cual sea la magnitud del cargo.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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