Un café en Teherán

  • 13-10-2026

Las cafeterías de Teherán son un aspecto fundamental de la vida en esa mítica ciudad, capital de Irán, en la cual viví dos años, hasta julio de 2026. La mala suerte y el juego de las probabilidades me dejaron en medio de dos guerras: la Guerra de los 12 días, del año 2025; y la última guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, todavía en pleno desarrollo. Fue una experiencia con algo de dulce y algo de agraz, que me permitió conocer la vida de una sociedad milenaria, que deriva del antiguo imperio persa, pero que al mismo tiempo implicó pervivir en medio de severos bombardeos y una permanente sensación de aislamiento. La vida se transformó en un asunto bastante similar a las vivencias de la pandemia y su secuela de encierro y paranoia, pero esta vez el riesgo no era el coronavirus, sino las bombas y la severa vigilancia del régimen islámico.

En este casi total encierro, las cafeterías se transformaron en un sostén para la vida individual y social. Es poco conocido el refinamiento y variedad de las cafeterías iraníes y su europeizada repostería, en un contexto donde las reglas morales del islam prohíben la venta de alcohol y, desde luego, la existencia de bares. Asimismo, en los restaurantes no quedaba otra opción que comer un contundente y suculento trozo de cordero, acompañado de limonada o de un coctel de mohito, sin alcohol desde luego.

A medida que el conflicto bélico lo permitía, casi diariamente visitaba un café a tomar aire y ver gente (la extraordinaria amabilidad de la población iraní es otro aspecto desconocido), con música electrónica de fondo -o Pink Floyd o The Beatles-, con mujeres que cada vez usaban menos el vilipendiado hijab, y cuya vestimenta se diferencia poco de la usual moda occidental. Las cafeterías son un buen espacio para adentrarse en las costumbres de la sociedad iraní, bastante distinta de la imagen difundida por los medios de comunicación occidentales. Pocos conocen que en Irán las mujeres manejan, van a la universidad y, de hecho, llegan solas a las cafeterías, manejando sus scooters. También es cada vez más común verlas con sus brazos descubiertos, tatuajes y piercings.

Ir a un café en Teherán era un bálsamo en medio de la guerra, con los estruendos de los bombardeos sonando de fondo, primero al empezar la noche, luego al amanecer y, finalmente, esparcidos durante todo el día. Un café era un buen antídoto para el ataque de nervios o, simplemente, la depresión.

El regreso a Chile no estuvo carente de sobresaltos. Las sanciones sobre Irán implican el que las aerolíneas persas posean aviones antiguos y ruidosos, con cada vez mayores problemas de abastecimiento de repuestos. Pero ya de vuelta en Santiago puedo reflexionar sobre mis vivencias en Teherán, desde la distancia del tiempo y espacio. Y, sobre todo, pensar, más allá del café, sobre el futuro posible de Irán y del Medio Oriente en su conjunto ¿será factible la paz en esa zona caliente del mundo? La respuesta es difícil y está cargada más bien hacia el pesimismo. Se trata de una región que históricamente ha sufrido en carne propia las consecuencias de la búsqueda implacable de las potencias occidentales por alcanzar sus propios intereses, a costa de las realidades y el bienestar locales. Su posición estratégica entre oriente y occidente y la abundancia de recursos energéticos han actuado, más bien, en su contra. Medio Oriente es la demostración palmaria de “la maldición de los recursos”.

Y las acciones de la comunidad internacional han contribuido poco para la paz. Las resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre Medio Oriente no han pasado de ser una inocua muestra de buena voluntad. Individualmente, los países prominentes han tenido una mirada cargada de hipocresía, declarando su apoyo hacia una paz duradera, pero sin condenar de manera decidida los ataques de Israel sobre Palestina. No todos se han sumado a la condena de un genocidio en Gaza, palabra infame que vuelve a estar en boga en los debates internacionales. Y el actor prominente del sistema internacional, es decir, Estados Unidos, ha actuado en un rol disruptivo y belicoso, cuyo paraguas de seguridad lejos de traer estabilidad a la región, ha significado una pesada carga para los países que acogen sus bases militares, tal cual lo está demostrando la guerra en curso.

Tal vez, el mayor desafío para Medio Oriente sea repensar su futuro, reformular sus relaciones internacionales y construir un esquema de seguridad endógeno, sin Estados Unidos, y con la presencia de dos actores poco domesticados, como son Israel e Irán, en un escenario global definido por la carencia de un liderazgo estructurador de la convivencia internacional y por una severa crisis del multilateralismo y del derecho, como norma de convivencia. La presencia de Israel parece especialmente problemática, dada la impunidad que demuestra su accionar internacional, en medio de su pretendida búsqueda de lo que se ha dado en denominar como el “Gran Israel”, lo que podría involucrar la extensión de sus fronteras hasta territorios de Arabia Saudita, Egipto, Irak, Jordania, Líbano y Siria.

La guerra iniciada a fines de febrero de 2026 por Estados Unidos, como nunca antes, ha dado cuenta de que, lo que se consideraba el paraguas de seguridad auspiciado por la superpotencia, sustentado en bases militares en el área, cooperación bilateral y suministro de armamento, estaría demostrando una completa obsolescencia y escaza coherencia con los intereses de este espacio geográfico, considerado un Complejo de Seguridad Regional, en los términos de Barry Buzan. La presencia norteamericana ya no sería garantía de seguridad, en medio de la configuración de un escenario internacional post hegemónico, marcado por la guerra, la dispersión del poder y la incertidumbre estratégica. Mas aún, la presencia de Estados Unidos es fuente de riesgos y amenazas.

El establecimiento de una nueva arquitectura de seguridad resulta fundamental para avanzar hacia la estabilización del Medio Oriente. Debe ser una estructura basada en la cooperación endógena y sin la presencia de actores externos. El futuro de esta cooperación es, desde luego, incierto, pese a su necesidad imperativa. Se trata de una zona donde prima el Realismo y las políticas del poder y la disuasión, y donde aún la conducta, usualmente errática, de Estados Unidos, resulta determinante. Alcanzar un sistema de seguridad colectivo parece poco probable, en un contexto donde priman las desconfianzas y la inestabilidad, pero es indudable que los países de la región deben acercar posiciones en medio de las suspicacias, tal cual lo hicieron Alemania y Francia, tras la segunda guerra mundial, lo que les permitió construir el proyecto europeo, afianzar la paz y encaminar al continente en la senda del progreso.

Extraño las cafeterías de Teherán -pequeñas islas de alegría, muchas abarrotadas de libros, juegos de mesa y artesanías- pero no la guerra. Quiero volver al Medio Oriente, pero en una región distinta y pacífica. Esta realidad es posible con profundos cambios políticos, muy difíciles, pero no imposibles. Una nueva estructura de seguridad es una condición sine qua non. No obstante, el amenazante discurso de Donald Trump en la reciente apertura del 81° periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, señalando que aniquilará Irán, nos conduce otra vez hacia el pesimismo.

* El autor es Doctor en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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