Los grandes empresarios chilenos son especialistas en convertir sus problemas gremiales en temas-país, en equiparar su bienestar con la supervivencia misma de toda la patria.
Muchos se quieren ir del gobierno, mientras los que quedan están en una encarnada lucha por mantener y ampliar sus parcelas del poder. Y para las vacantes que quedan, no existen apenas postulantes. En otras palabras, estamos vivenciando una masiva fuga de cerebros, y casi nadie se percata de ello.
Lo que estamos viviendo hoy es una farsa histórica: La agenda de reformas del gobierno está lejos, de la radicalidad del programa de la Unidad Popular. Mientras la derecha, comandada por El Mercurio, hace creer que lo importante para el país son 13 camiones, es decir aquellas cosas que afectan su billetera.
Michelle Bachelet da palos de ciego. Mientras en Chile promete gradualidad, dejando contentos a los grandes empresarios y a la derecha, en su gira por Centroamérica habla de Salvador Allende y el Estado de bienestar de la República Democrática Alemana.
No es casualidad que en los últimos meses el sector empresarial haya levantado artificialmente la potencial candidatura presidencial del ex mandatario Ricardo Lagos. Después de todo, la presidencia de Lagos fue el Jardín de Edén para ellos: férreamente pro-empresarial y al mismo tiempo capaz de contener a la izquierda y las reivindicaciones sociales.
Una clara señal de la confusión ideológica del gobierno fue la entrevista que Michelle Bachelet concedió al diario La Tercera y que fue publicado el domingo pasado. En pocas palabras, la Presidenta trata de “nunca quedar mal con nadie”.
Mientras la derecha piensa que el retorno del tema es un salvavidas desesperado de un gobierno sitiado por la baja aprobación, lo cierto es que es un asunto que incomoda a La Moneda. Porque, guardando las proporciones, muestra que ha desempeñado un papel secundario, ciertamente menor, en el gran pacto de silencio que encubre la historia contemporánea de Chile.
Mientras que el gobierno trata de recuperar con cierto desespero la “cariñocracia” que ha marcado la relación entre Michelle Bachelet y el pueblo, La Moneda ha ejecutado en paralelo una estrategia comunicacional desesperada: lanzar frases y conceptos que cada uno puede interpretar a su antojo.
Cuando se habla de la necesidad de reactivar las inversiones, que el país se está desmoronando porque no hay garantías para los empresarios, uno no puedo olvidarse de la historia. Sean sinceros y digan que, una vez más, la “fronda” les ganó la mano. Y que siempre optarán por complacer a los poderosos.
Finalmente, los escándalos políticos acabaron con la “cariñocracia” de la ciudadanía a la Presidenta. Esto, más el discurso de crisis económica, crean un nuevo escenario en el que una facción de la DC defiende las ideas conservadoras impulsadas desde la derecha y se convierte en oposición frenando iniciativas de su propio gobierno.
“Mayor gloria es mandar a los que mandan”, escribió en 1858 el co-fundador de El Mercurio. Hoy parece ser Andrónico Luksic quien goza de esa posición, pues pese a todos los escándalos en los que sale mencionado, el empresario invariablemente termina de pie. Y más firme que nunca.
Nada hace pensar que su último enroque palaciego no sea también víctima de una autodestrucción anunciada. Nicolás Eyzaguirre, el ex ministro de Hacienda de Ricardo Lagos, será la nueva carta para llevar adelante la agenda de reformas de la Presidenta la que, a estas alturas, ya está completamente diluida para acomodarse a las exigencias y quejas de la derecha permanente de este país.
El hecho de que Michelle Bachelet diga que no estaba enterada de nada lleva a tres posibles explicaciones, y todas de ellas son deprimentes. La primera es que esté tratando de embaucar a los chilenos. La segunda, que sea una de las jefas de Estado más ingenuas y peor informadas en la historia chilena. Y la tercera es que las redes de asesores e informantes que la rodean son completamente ineptas.
Las crisis de los últimos meses, las presiones de la derecha y las zancadillas de sus propios aliados han llevado a la Presidenta Bachelet ha optar por el camino de la moderación política. Un camino que antes funcionaba, pero que ahora, probablemente, no sea así.
La crisis política que estamos viviendo hoy no es el resultado de lo que ocurrió ayer domingo, o el lunes de la semana pasada, y ni siquiera del inicio de los escándalos actuales hace algunos meses. En algún momento tendremos que preguntarnos seriamente: ¿en qué momento nos jodimos”.
Desde el retorno a la democracia en 1990, los dos gobiernos de Bachelet son los que menos han empujado por esclarecer y sancionar las violaciones cometidas durante la dictadura. Parece una paradoja considerando que la mandataria y su familia fueron víctimas de ese régimen y defensoras de los derechos humanos en los años 80.
En la transición chilena hay un concepto que permeó profundamente la cultura política y empresarial de nuestro país, se trata de “en la medida de lo posible”. Y ese concepto, más que ser un saludable afán de moderación, se convirtió en una excusa para empujar las fronteras éticas hasta el límite. Julio Ponce Lerou, Giorgio Martelli, Enrique Correa, Sebastián Piñera, el Choclo Délano y tantos más son los actores que dan vida a esta obra criolla. Y ahora también se ha sumado la propia Presidenta.