Lo preocupante no es la baja participación, sino que esta no impida que igual se empoderen coaliciones gobernantes aunque no sean representativas. En otras palabras, nuestra democracia –al menos en términos formales– puede funcionar con o sin el voto de la mayoría de los ciudadanos.
En la marcha del jueves hubo al menos unos veinte mil manifestantes encapuchados. Casi todos cubrían sus caras para protegerse de los venenosos efectos de los gases lacrimógenos –armas químicas versión mini-Irak– que las fuerzas especiales esparcían violentamente por la Alameda. ¿Se van todos presos?
¿Por qué Bachelet se querelló en contra de Qué Pasa y no en contra de Juan Díaz? Hay tres posibles razones para ello y las tres muestran cuán poco sofisticada es la actual conducción política de La Moneda.
Un escáner a esos conglomerados y una revisión de los últimos hechos políticos muestra que, pese a todo el malestar y las movilizaciones sociales, el estado de salud de los partidos progresistas es delicado.
¿Qué puede pasar en el Chile post discurso del 21 de mayo de 2016? Lo más probable es que nada. O, peor que nada, tal vez el país termine coronando nuevamente a Sebastián Piñera como presidente. Sería la victoria de los cínicos, de aquellos que piensan que nada cambia aunque todo cambia. Pero sería también el país que esta generación de chilenos ha avalado.
La mentalidad de nuestros dirigentes sigue siendo aquella de las “elites perfumadas” de 1910. De aquellos que prefieren representar a Chile haciendo cabalgatas frente a la Reina de Inglaterra, que poner la cara a sus compatriotas en Chiloé.
Apelar a la austeridad fiscal ante esta tragedia es un chiste de mal gusto. Sobre todo cuando el país conoce detalles de cómo el Ejército malgastó millones de dólares del erario público en fiestas y enriquecimiento ilícito. Lo que diferencia al movimiento social de Chiloé no es la movilización en sí misma, sino que el contexto histórico en el que se manifiesta.
Todo indica que la falta de seguridad jurídica que menciona Hernán Büchi se refiere a que ya no podrá hacer negocios como antes y que tendrá que pagar más impuestos. Porque el modelo económico que él contribuyó a moldear está resguardado por los amarres institucionales y la complicidad de poderosos sectores concertacionistas de la Nueva Mayoría.
La actual administración está tan interesada en ocultar los secretos de la transición chilena como El Mercurio y la derecha. ¿Qué es lo que temen si se revelaran las actas del Cosena? Lo más probable es que vengan a confirmar lo que muchos sospechamos: que durante 20 años se bajaron los pantalones ante la más mínima presión.
¿Qué tiene que ver con Chile la votación de anoche en Brasil? Mucho más de lo que se piensa. Cuando en 1964 los militares brasileños sacaron al mandatario socialdemócrata Joao Goulart del poder mediante un golpe de Estado, la derecha chilena lo celebró y lo tomó como un ejemplo de lo que había que hacer.
Los recientes escándalos demuestran que el gobierno de Sebastián Piñera fue tal vez el más corrupto de las últimas tres décadas. Basta con repasar la lista de sus colaboradores y ver en qué situación judicial se encuentran ahora.
Bachelet parece incapaz de generar liderazgos políticos más allá de su propia persona. Y el hecho de que ahora suene el nombre de Ricardo Lagos es una clara demostración que a nuestra mandataria le falta visión de futuro político.
Salvar el pellejo propio, amenazas de la derecha de recurrir al TC para frenar las reformas clave, propaganda para instalar a Ricardo Lagos como el próximo candidato de la Nueva Mayoría forman parte del movimiento restaurador criollo.
Pese a todo su poder económico, mediático, político y social, los Matte, los Edwards y tantas otras familias de la oligarquía chilena que han dictado el destino histórico de este país están en decadencia. Y lo están porque se volvieron predecibles en su conservadurismo, autosuficientes en sus éxitos y obvios en su temor a la sociedad.
La prensa chilena, al menos la oficial, nunca ha querido ser un “cuarto poder”, nunca ha querido investigar mucho. Es más, los medios tradicionales son pro-modelo económico, conservadores y derechistas. Han estado históricamente alineados con los Longueira, los Ominami, los Matte y los Luksic y con las grandes empresas en general. Incluso en estos últimos meses, han sido la punta de lanza de la candidatura de Ricardo Lagos.
El problema no es la edad del candidato Lagos, sino lo que representa. Y eso es algo que lo diferencia de otros viejos que están en el ruedo político, como el líder del Partido Laborista británico Jeremy Corbyn (65 años) o el pre-candidato estadounidense Bernie Sanders (74 años). Ambos generan un gran entusiasmo entre los jóvenes. Ricardo Lagos, en cambio, sólo parece entusiasmar a una elite poderosa, pero decadente.
¿Cuál es el escándalo de este verano? Algunos tratan de magnificar la incestuosa relación entre Pablo Longueira y Soquimich. Pero, en verdad, no constituye novedad alguna. ¿O existe ciudadano informado que se haya sorprendido por ello?