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Análisis semanal

Donald Trump y la centro-izquierda global

Víctor Herrero |Lunes 7 de noviembre 2016 7:11 hrs.

donald trump

Los líderes de ultra-derecha occidentales comparten un discurso similar: están en contra de la globalización, la que en las últimas décadas ha pauperizado a las clases medias trabajadoras. Curiosamente, se trata de una visión que originalmente fue concebida por la izquierda. Entonces, ¿qué ha sucedido en los últimos años para que una causa “progresista” se transformara en una bandera electoral de la extrema derecha?

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Las elites progresistas del mundo están espantadas con la candidatura presidencial de Donald Trump en Estados Unidos. Y también un grupo importante de la dirigencia de derecha y empresarial global.

Y no es para menos. Sus discursos racistas, homofóbicos y de un populismo para-fascista, simplón y lleno de odiosidades, no son lo que uno espera de un candidato a la Casa Blanca. Ni siquiera Ronald Reagan fue tan radical. Incluso George W. Bush, el presidente que inventó la Guerra de Irak que ha desestabilizado aún más el Medio Oriente por ya casi una década y media, hoy parece ser casi del ala izquierdista del Partido Republicano, si se compara con el magnate inmobiliario que, pese a lo que muchos piensan, no utiliza una peluca rubia.

El fenómeno derechista de Trump ha llegado para instalarse en la política de Occidente. Basta con recordar el reciente Brexit, cuando los británicos votaron por salirse de la Unión Europea, el rápido ascenso electoral de Alternativa para Alemania (AfD, un partido euroescéptico, anti-inmigrante y ultra-derechista), o la pole position que detenta Marie Le Pen del Frente Nacional francés para las próximas elecciones generales en ese país.

Todos estos líderes de ultra-derecha comparten un discurso similar: están en contra de la globalización, la que en las últimas décadas ha pauperizado a las clases medias trabajadoras de esos países a medida que los puestos de trabajo se han ido a naciones con mano de obra más barata. Curiosamente, se trata de una visión que originalmente fue concebida por la izquierda y que se cristalizó por primera vez en los movimientos anti-globalización que se manifestaron en Seattle en 1999 a raíz de una conferencia mundial de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Entonces, ¿qué ha sucedido en los últimos 17 años para que una causa “progresista” se transformara en una bandera electoral de la extrema derecha que está avanzando a pasos raudos por Occidente?

Dos cosas. La primera es que la centro-izquierda abrazó a partir de los años 90 plenamente el modelo neoliberal. La segunda es que esa misma fuerza política agachó el moño ante la crisis financiera global que se desencadenó a partir de 2008, actuando acorde al paradigma turbo-capitalista de “privatizar las ganancias, y socializar las pérdidas”.

Vamos por partes. En los años 90 en varios países llegaron al poder líderes de centro-izquierda que, reconociendo el triunfo capitalista tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991, aceptaron el cambio de época prometiendo administrar de manera más social el capitalismo financiero inaugurado a fines de los años 70 e inicios de los 80 por Margaret Thatcher en el Reino Unido, Ronald Reagan en Estados Unidos y el dictador Augusto Pinochet en Chile. Se hablaba de la “tercera vía” y sus máximos representantes eran Bill Clinton, Felipe González, Fernando Henrique Cardoso, Gerhard Schröder en Alemania y la Concertación en nuestro país.

En esos años hubo intelectuales, como el académico estadounidense Francis Fukuyama, que proclamaron “el fin de la historia”; es decir, presagiaron la marcha triunfante del capitalismo en todo el mundo. Y la centro-izquierda creyó en ello y actuó de manera acorde.

Así, Blair, Schröder, Lagos y Cardoso se convirtieron en los administradores “benévolos” de un modelo económico y social que, supuestamente, era la parada final del tren de la historia.

Sin embargo, la crisis financiera de 2008 fue, guardando las proporciones, como la de 1929: debido a su avaricia, el modelo del capitalismo liberal y desenfrenado había chocado contra una pared.

En Chile sus efectos concretos se sintieron menos, ya que el gobierno aplicó políticas contra-cíclicas; vale decir, abrió la billetera fiscal engordada durante los años de bonanza anteriores, para contrarrestar la contracción económica. Pero los efectos psicológicos e ideológicos no fueron muy distintos al resto del mundo.

En la mayoría de los países, los gobiernos de centro-izquierda, convencidos ya del fin de la historia y del triunfo del capitalismo neoliberal implantado desde los años 80, aplicaron remedios de centro-derecha. Y eso significó que el Estado, es decir los contribuyentes, asumieran las pérdidas del mundo irresponsable de las finanzas. O sea, las pérdidas de los bancos se socializaron. Sus ganancias anteriores y posteriores, en cambio, fueron privatizadas, es decir, quedaron para los dueños del capital.

¿Y cómo se relaciona todo ello con la debacle de la centro-izquierda? Fueron ellos los que implementaron el mecanismo de salvataje para los grandes dueños del capital, traspasando los costos al ciudadano común.

Así, buscando la estabilidad macroeconómica y tratando de mantener el equilibrio financiero, la centro-izquierda se volvió el mayor defensor del sistema capitalista. Por ello, a nadie le debía extrañar que Ricardo Lagos sea el presidenciable favorito de la elite chilena, proclamado diariamente por El Mercurio y el CEP.

Entonces, cerrando el círculo, ¿por qué la ultra derecha ha avanzado mientras que la centro-izquierda retrocede? Porque la centro-izquierda se ha olvidado e incluso ninguneado a su electorado tradicional: las clases medias-bajas y trabajadoras.

Por ello, ante el espanto que genera Donald Trump, los sectores progresistas deberían mirarse al espejo antes de poner el grito al cielo. Por ejemplo, la ex alcaldesa de Santiago Carolina Tohá debería cuestionarse seriamente por qué perdió casi la mitad de su votación, unos 20.000 ciudadanos, en sólo cuatro años.

La debacle progresista está a la vista. En Chile, por ejemplo, cuya centro-izquierda fue pionera en adscribir al modelo neoliberal, sólo un 13% de los votantes habilitados en las recientes elecciones municipales sufragó por la Nueva Mayoría. En total, 1,7 millones de personas votaron por ese conglomerado. En 1992, la entonces Concertación obtuvo poco más de 50% de todo el universo apto para votar, lo que se tradujo en 3,4 millones de votos. Es decir, la centro izquierda chilena perdió la mitad de sus votantes en dos décadas y eso que el universo de habilitados para votar se duplicó.

Pero no se trata sólo de un fenómeno local. La socialdemocracia alemana obtuvo casi 41% de los votos en 1998 cuando salió electo Gerhard Schröder, uno de los representantes de la llamada “tercera vía”. En las últimas elecciones generales en 2013, ese partido se desplomó a 25,7%.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) pasó de 43,9% en 2008, cuando fue electo José Luis Rodríguez Zapatero, a un mínimo histórico de 22,6% en las elecciones generales de junio de 2016. Todo ello muy lejos del 48,1% que el PSOE obtuvo en 1982 cuando Felipe González accedió a la primera magistratura del gobierno.

En Inglaterra, en tanto, el llamado “nuevo laborismo” llevó a Tony Blair al gobierno en 1997 con 43,2% de los votos, la mayor votación para los laboristas desde 1945. Pero en las últimas elecciones en 2015 sólo obtuvieron 30%, cediendo el gobierno a los conservadores. De paso, fue el peor resultado de la centro-izquierda británica desde el triunfo electoral de Margaret Thatcher en 1983.

Aunque la centro-izquierda cómoda con la globalización financiera y espantada con las fuerzas anti-globalización ahora encarnadas por la ultra derecha, está perdiendo terreno, aún no está electoralmente derrotada. Ahí están Hillary Clinton y Ricardo Lagos. Pero Jeremy Corbyn y Bernie Sanders han sido el primer aviso. El mundo está cambiando, para bien o para mal.