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Los Medicis en Chile

Columna de opinión por Patricio López
Martes 23 de febrero 2010 18:36 hrs.


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Aunque llueve torrencialmente en Montevideo, con truenos y relámpagos, de los muros y ventanas de la ciudad aún no se despegan las orgullosas banderas tricolores del Frente Amplio y las pancartas de Pepe Mujica, el Presidente que recibirá la banda el lunes 1 de marzo.

Es cierto que hay una minoría de uruguayos que resienten al nuevo jefe de Estado (“nada bueno se puede esperar de un gobierno de ex terroristas”, me dijo Wilmar, mesero del Mercado de la Abundancia). Sin embargo, el principal problema de Mujica por estos días es su decisión de financiar un gran acto de celebración, luego del cambio de mando, con donaciones privadas. El fundamento de la medida -no sacar dinero de las arcas fiscales para un acto no oficial- ha sido blanco de críticas generalizadas, al punto que el propio Tabaré Vásquez se ha desmarcado de su compañero.

A contrapelo de la indignación de Mujica, quien dice que “es ridículo suponer que nos vendemos” y que “es justo que el Estado no meta las manos al bolsillo”, lo que impera en el sentido común uruguayo es que las acciones de interés colectivo no pueden pagarse con capitales privados, puesto que ahí asecha el germen de la corrupción. El financiamiento del Estado es garante de todos y todas, tal como se observa en la inversión del imponente Teatro Solís -alguna vez recinto privado- o en la acción del SODRE, cuya orquesta sinfónica es dirigida por un chileno y realiza durante el verano conciertos gratuitos y masivos en las iglesias de Montevideo.

El problema que hoy enfrenta Mujica problematiza la influencia del dinero en la política y la relación entre interés público y financiamiento privado. Cuando los votos se mezclan con el capital pueden comprarse y con ello torcer el interés general, algunas veces antes y otras después de las elecciones. Si en Estados Unidos, una de las democracias más avanzadas del mundo, existe una correlación directa entre dinero recaudado para las campañas y éxitos electorales, la situación es más conflictiva aún en las democracias latinoamericanas.

Un argumento en la lógica usada por  Mujica, criticado en Uruguay, sería de muy buen gusto para el paradigma político chileno, donde ya sabemos quienes son los grandes ganadores con derechos como la salud y la educación. De hecho ya se usó en las últimas elecciones, cuando se minimizó la relación entre el Presidente electo y los negocios, o a propósito del último cambio de gabinete, para defender a quienes tienen conflictos de interés en varios gabinetes sectoriales.

Es muy peligrosa para el ideal democrático la idea oligárquica de que aquellos que tienen las riquezas son los más aptos para gobernar, cuyo aterrizaje en la voz popular es que “tienen tanto dinero que no necesitan favorecerse”. Con ella, corremos el riesgo de instalar en Chile una suerte de nueva y criolla época de los Medicis, donde el poder del Mecenas es incluso capaz de elegir como Papa a alguien de la casta. Eso sí, en el caso nuestro, sin Rafael, Leonardo ni Miguel Ángel.

Desde ese poder, que controla también la producción de sentido, es incluso posible crear artificialmente un clima de consenso, que en este caso dé viabilidad política a la idea de gobierno de unidad nacional. Con un ministro y un subsecretario concertacionistas, más la concentración mediática que elige cuñas, fuentes y bloquea las discrepancias, es suficiente para instalar la sensación de que estamos en general de acuerdo. Pero basta con revisar la desigualdad existente para comprobar que, en el seno de la sociedad chilena, es ridículo sostener la idea de consenso.

Para contrarrestar la tentación de hacerse al mismo tiempo del poder y de los beneficios, la única acción eficaz, que si suena anticuada entonces será elegante, es la de politizar la discusión pública y reponer las bondades de la ideología, para que actúe pedagógicamente mostrando a cada cual la relación entre su vida diaria, la política y sus sueños e intereses. Sólo de este modo el interés privado ve cerrados los sofisticados caminos que lo llevan a parecer el interés general.

En Uruguay, clarísimo lo tiene quien rayó en una pared de Montevideo, criticando a sus líderes, que “en Chile ganó una derecha sin complejos. ¡Unidad y acción!”.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.