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Vivian Lavín A.

Ópera para todos

Vivian Lavín A. | Martes 18 de mayo 2010 16:26 hrs.


No deja de llamar la atención que quienes llevan la batuta de la ópera en Santiago y en este tema, hay que decir, por tanto, Chile, como son la Corporación Cultural de Santiago y quienes dirigen el Teatro Municipal,  hayan persistido  en la idea de mantener sus estrenos a pesar de que su tradicional edificio de calle Agustinas  se encuentra en reparaciones.  Llama la atención porque se adaptaron a una sala que fue facilitada por Carabineros de Chile y que tuvo una abrupta inauguración con motivo de esta coyuntura.  Y aunque los gestores tuvieron que facilitar algunos recursos para que el foso fuese agrandado de modo que la ya escuálida Orquesta Filarmónica tuviera cabida, pero sobre todo, aceptar que el público debía ser reducido a la mitad por cuestión de capacidad, siguieron adelante bajo la consigna :“El show debe continuar”, a pesar de todo. Claro que es encomiable la seriedad con que enfrentaron las consecuencias del terremoto y debiera ser destacado en nuestro medio.

Sin embargo, como ya sabemos, esto será el comentario  obligado de cuanto aperitivo o sobremesa se desarrolle en los muy escasos hogares santiaguinos y de extramuros donde la ópera es tema de conversación, pero de ahí no va a salir.

A pesar de los múltiples problemas e incomodidades que ha significado este cambio de sala, tanto para los gestores como para los artistas, hay consenso por parte de la crítica de que ésta ha respondido espléndidamente a las altas exigencias a las que fue sometida de un día para otro. Una muy buena acústica y butacas espléndidamente dispuestas que permiten tener a los cantantes más cerca que nunca, han sido algunos de los beneficios a primera vista. Sin embargo, y aquí viene lo interesante, es que se trata de una sala recientemente construida por parte de Carabineros, que tenía como finalidad cumplir un importante rol en representaciones  y actos reservados para la gran familia de esta rama de las Fuerzas de Orden, pero que ahora en adelante se hace más claro que nunca su importante valor en una ciudad, o mejor dicho, en una capital que cuenta con escasos escenarios que pueden albergar espectáculos de este nivel.

Mientras contemplaba a Verónica Villarroel en su dramático rol de Santuzza en la Ópera Cavalleria Rusticana pensaba en lo maravilloso que sería que este tipo de representaciones pudiera ser vistas por muchas más personas que las cerca de 600 que puede albergar el Teatro de Carabineros.

Para una neófita en temas operáticos, fue más que una  suerte tener como compañera de asiento a la soprano estadounidense Kristin Sampson, la intérprete de Nedda  de la versión estelar de Pagliacci, quien explicaba que ambas obras era algo así como “baby operas”, ya que no son excesivamente largas como otras. “Con mayor razón”, me decía, para que este tipo de representaciones artísticas pudieran ser la puerta de entrada a un público que recién se inicia en este arte y que no puede o no quiere, por ahora, cancelar por ella aunque no se trate de grandes sumas de dinero. La idea es mostrarlas una y otra vez, en el Teatro de Carabineros o en el espléndido Teatro de la Escuela Militar, con un elenco de jóvenes voces nacionales, por ejemplo, para reducir costos, como una manera de compartir con el resto de la población un arte que hasta ahora sólo está reservado para iniciados, como una manera de que la familia uniformada demuestre su vocación de servicio a la comunidad.

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