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Al calor de Lollapalooza

La segunda jornada del festival congregó a más de 60 mil personas en el Parque O’Higgins, con actuaciones destacadas de Robert Plant y The Specials y la confirmación de la electrónica como el género de mayor convocatoria. Este es un recorrido bajo el sol de la tarde y el fervor de la noche.

Rodrigo Alarcón

  Lunes 16 de marzo 2015 3:20 hrs. 
Crédito Lotus.


La jornada había partido lenta, con el público llegando a cuentagotas y el calor ahogando a los primeros en asomarse por el Parque O’Higgins, así que cuando el rapero Portavoz irrumpió en uno de los escenarios secundarios, fue como si hubiese prendido las alarmas. “Ojalá nos grite algún cuico pa’ agarrarlo a patás” es la versión editada de uno de los primeros dardos que lanzó, acaso recordando el triste episodio que vivió Ana Tijoux en la anterior versión de Lollapalooza. Pocos segundos más tarde repasó a los auspiciadores del evento y antes había saludado a quienes lo veían por TV porque no pudieron pagar las costosas entradas. Todo eso, mientras soltaba canciones de su disco Rap con R de revolución y sumaba colegas sobre el escenario. Subverso, Matíah, Stailok y sus compañeros de Salvaje Decibel pasaron para apuntalar uno de los mejores conciertos de la jornada, repleto de alusiones poco amistosas a los protagonistas de la contingencia: los involucrados en el caso Penta, la familia Luksic y el actuar de la policía en Caimanes, todos pasaron por la lengua filosa de Portavoz.

A la misma hora, como si fuera un calculado cara y sello, Astro confirmaba su popularidad en uno de los escenarios centrales, el mismo que minutos más tarde acogió a The Specials, leyendas del ska y protagonistas del cruce entre punk y sonidos jamaiquinos, ocurrido en Gran Bretaña a fines de los ’70. Con el vocalista Terry Hall siempre aferrado al pedestal de su micrófono, el peso del show lo asumió el guitarrista Lynval Golding, tan diestro en las seis cuerdas como atento para arengar al público. “Seguro que sus padres están más atrás”, dijo en un momento hacia las primeras filas, pobladas por entusiastas fans nacidos mucho después que se editaran esas canciones que coreaban con fervor. “Monkey man”, “A message to you Rudy” y “Concrete jungle”, entre otras, se escucharon a esa hora de la tarde, cuando el calor se hacía sentir en la explanada del parque.

The Specials fue, además, una mínima muestra de diversidad racial para un festival dominado por el pop rock blanco, europeo y norteamericano. Si Portavoz había cantado contra el racismo en “Poblador del mundo”, The Specials respondieron más tarde con un reggae como “Doesn’t make it allright”, que dice “Solo porque eres negro / solo porque eres blanco / no significa que tienes que odiarlo / no significa que tienes que pelear”. Un sabor distinto prometía también la actuación de Tinariwen, pero los africanos cancelaron su participación a última hora.

Con el correr de las horas y la llegada de más público -67 mil personas, según la producción- la atención comenzó a disgregarse. Los ingleses Alt-J debutaron en Chile con una lánguida actuación en uno de los escenarios centrales, mientras RVSB, el dúo de los chilenos DJ Raff y Bitman, elevaba la temperatura en el Movistar Arena. Al otro lado del parque, el australiano Chet Faker cerraba su correcta presentación sentado al piano y más tarde los británicos Kasabian tenían también su postergado estreno en el país ante la primera multitud de la jornada.

Fue la antesala para el más avezado de los invitados dominicales. Pocos minutos después de las 19.30 saltaron al escenario Robert Plant y su banda, adecuadamente bautizada como los Sensational Space Shifters. La actuación del ex cantante de Led Zeppelin fue de menos a más en cuanto a decibeles, pero desde el comienzo dejó en claro que se trataba de un invitado de fuste. “Babe, I’m gonna leave you”, aquella versión de Anne Bredon que grabó Led Zeppelin, fue la primera canción de una secuencia en la que Robert Plant combinó composiciones del recomendable Lullaby… the ceaseless roar (2014) con algunos hits de su banda madre. Afortunadamente, no se trató solo de nostalgia: han pasado las décadas desde 1971 y así lo entiende Robert Plant, que suma instrumentos de raíz africana y deforma clásicos como “Black dog” (“Perro negro”, como la presentó) y “Whole lotta love” hasta hacerlas sonar contemporáneas. Entre medio se cuelan versiones de Howlin’ Wolf y el “I just wanna make love to you” popularizado por Muddy Waters, como para confirmar que todas esas canciones tienen su raíz fundamental en el blues de viejo cuño.

El final del día estaba para contrastes. Recién apagadas las guitarras de Robert Plant, en el otro escenario principal Calvin Harris desató una fiesta de música electrónica, efectos visuales, pantallas destellantes y rayos láser. Puede ser difícil entender cuál es el encanto de la predecible secuencia de crescendos y explosivos ritmos que presenta el DJ escocés, pero nada de eso le importa a los miles y miles de adolescentes y veinteañeros que vibraron con su actuación. Tal como había ocurrido el sábado con Skrillex, las postales masivas del domingo nuevamente fueron protagonizadas por la electrónica y los asistentes más jóvenes.

A la misma hora, Cypress Hill desplegaba una fiesta menos advertida pero más consistente, afirmada por 24 años de carrera y varios éxitos en el registro. Un Movistar Arena a medio llenar recibió una estupenda clase de rap que merecía más atención, tal como ocurrió hace un par de años con el norteamericano Nas.

El horario estelar tuvo a los estadounidenses Kings of Leon en uno de los escenarios centrales y a los neoyorquinos Interpol dando cuenta de su flemático post punk en uno de los espacios secundarios. La fiesta, sin embargo, estaba nuevamente en el Movistar Arena, donde una multitud vibraba -literalmente- al ritmo de Major Lazer. Ritmos frenéticos, serpentinas en el aire y bailarinas incansables, generosas en movimientos inauditos, contagiaron a una multitud dispuesta a seguir cada una de las indicaciones que salieron del escenario. Fue como si el calor de toda la jornada se hubiese concentrado en esos 90 minutos, porque el recinto hervía desde la cancha hasta las tribunas más lejanas. El festejo colectivo, otra vez, fue al ritmo de las máquinas.

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