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Alicia Vega: Escuchar la voz de una maestra

Han pasado más de diez años desde que Alicia Vega dictó su último taller de cine, un trabajo intenso que comenzó tímidamente en 1985 y que fue registrado por Ignacio Agüero en el documental “Cien niños esperando un tren”. Hoy la investigadora, que acaba de cumplir los 86, recuerda aquellos primeros encuentros realizados en unos años marcados por la pobreza, el trabajo infantil y la dictadura.

Abril Becerra

  Sábado 2 de septiembre 2017 18:27 hrs. 
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Ya no hay niños a en torno a Alicia Vega. Nadie le pregunta qué es un zoótropo, quien fue Thomas Edison o cuál fue la primera película en la historia del cine. Su casa, aquella en la que ha vivido por más de 30 años en Ñuñoa, está vacía. Su esposo, Eduardo Vilches, acaba de salir. Su hijo vive y trabaja como profesor de música en Argentina y su hija, hace clases, como todos los de la familia.

Y es que tampoco hay mucho que hacer. Lo primero es preparar el viaje que realizará en unos días a Chiloé, donde se quedará hasta febrero del próximo año. De ahí en adelante Alicia, que acaba de cumplir 86, se concentrará en una exposición que se inaugurará en mayo de 2018. Allí dará a conocer algunos de los trabajos realizados en el marco del Taller de Cine para Niños que efectuó entre 1985 y 2005 en las poblaciones más vulnerables de Santiago. Es que todo está guardado: cada dibujo, cada actividad. “Esta muestra será una selección, porque cada taller está archivado con los trabajos creativos que hicieron los más de 6 mil 500 niños que pasaron por los 35 talleres que realizamos”, dice Alicia Vega, cuya voz, disciplinada y tranquila, mantiene la fuerza que en 1988 dio a conocer Ignacio Agüero en el documental Cien niños esperando un tren.

¿De dónde surge el proyecto de los Talleres de Cine para niños?

Después del Golpe de Estado se cerró la Escuela de Artes de la Comunicación de la Universidad Católica y, entonces, empecé a hacer clases en la Universidad de Chile para los alumnos de la Escuela de Teatro. Simultáneamente, la Iglesia Católica me pidió que me hiciera cargo de la oficina nacional de cine que ellos tenían. En ese tiempo, pensé que lo mejor era empezar con los niños y elaboré un programa que se llamó Cineforo Escolar en el que durante cinco años participaron 40 mil niños de colegios privados y públicos. Ahí tomé la experiencia de lo debilitados que estaban los niños pobres en relación a los niños que tenían medios económicos superiores. Así, decidí hacer un trabajo nada más que con los pobres. En esos años me fui a una capilla que estaba en la comuna de Renca, hablé con el párroco que era canadiense y le dije: ¿qué le parece que haga un taller de cine para los niños de la población? Esto será absolutamente gratuito para los niños. Así comenzó todo.

Luego, empecé a ir a las poblaciones con un grupo de cinco monitores que habían tenido clases conmigo y que además eran pagados por participar en el taller. A ellos les cayó muy bien esto, porque era un trabajo. Así les podía exigir responsabilidad para la asistencia y para que lo hicieran de una manera seria. Para ello, elaboré un programa que duraría cinco meses para niños de entre cinco y 12 años. Finalmente, confeccioné el programa completo y ese proyecto es el que yo repetí después en los 35 talleres que hice durante 30 años.

Según el documental Cien niños esperando un tren, los niños con que usted trabajó eran muy despiertos que aprendían fácilmente los conceptos, pese a lo alejado que era para ellos el cine… 

Eso lo fui percibiendo semana a semana. Rápidamente me fui dando cuenta de que para ellos esto era un espacio de libertad y alegría, porque lo estaban pasando muy mal en las poblaciones en esa época. Además, ellos no tenían ninguna relevancia en la escuela, porque no eran los alumnos más aventajados en sus cursos y en cada taller todos lo hacían bien. Luego, ellos llegaban a su casa y contaban lo que habían hecho. En sus hogares, entonces, comenzaron a tener voz.

Y, ¿nunca tuvieron problemas con los militares para efectuar los talleres?

No tenía ninguna importancia para nadie el trabajo que hacíamos en las poblaciones. Siempre nos dejaron tranquilos. A veces se cortaba la luz en la población, pero esas eran represiones que había regularmente. Pero nosotros estábamos precavidos: teníamos un cable enorme de muchos metros para sacar luz de la población vecina.

Nunca dejamos de cumplir. Nunca dejamos de hacer lo que estaba programado y eso fue importante para los niños. Es decir, si teníamos que hacer 25 sesiones, se hacían las 25 sesiones lloviera o pasara lo que pasara. Por ejemplo, teníamos repuestos de ampolletas para que funcionara el proyector.

En los talleres también participó toda su familia. ¿Cómo fue ese proceso para incluirlos como monitores?

Nosotros teníamos una claridad de lo que era el trabajo propio, pero también la función de la familia. Siempre tuve el apoyo de Eduardo. A él le mostraba los trabajos de los niños y me decía que eran valiosos. También me daba ideas de cómo podía ponerles un trabajo especial. Se daba sus vueltas por el taller para sacarles fotografías a los niños incluso. En los primeros talleres también tuve a mis dos hijos de monitores. Ellos invitaron, por su parte, a otros compañeros de la universidad a trabajar en los talleres.

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Fotografía que apareció en El Mercurio en abril de 1990. La imagen acompañó al artículo “Censura, cine y destape”. Fuente: Memoria Chilena.

Alicia guarda infinitos recuerdos de esos años: los días de lluvia, las veces en que los recursos escaseaban y las risas de los niños. Sin embargo, hay un evento que desde el principio marcó el curso de los talleres: el extravío de uno de los alumnos.

Durante el tercer taller, el equipo liderado por Vega organizó una visita a un cine. En la actividad participarían dos poblaciones, por lo que debieron arrendarse dos transportes que movilizarían a los chicos desde la población al centro de Santiago y viceversa. Sin embargo, una vez de regreso, Alicia se percató de que faltaba un alumno.

¿Qué pasó entonces? ¿Pudieron encontrar al niño?  

En esa época no había celulares y las parroquias no tenían teléfono, porque los curas habían decidido suprimirlos ya que los vecinos los molestaban toda la noche con que necesitaban llamar. Entonces, se produjo una escena terrible, pero yo le dije a la madre del chico: Señora, yo no me voy a ir de aquí hasta que aparezca el niño. Esa fue una cosa impresionante, porque estábamos en la época de los detenidos desaparecidos y nunca nadie había hablado así, dando una respuesta de este tipo, diciendo yo me quedo aquí porque alguien desapareció. Luego, en la tarde, tipo 19:00 horas, apareció mi hijo que había ido a dejar a los niños de la otra población. Él traía al chiquillo que se había extraviado. Nosotros le vimos una responsabilidad a este hecho, por eso no repetimos más las visitas al cine.

¿Y qué fue de todos estos niños? ¿Volvió a saber de ellos?

Las noticias que teníamos de ellos provenían de lo que nos decían sus familiares. A veces nos decían: mi primo, que tuvo clases con ustedes, les manda saludos. Una vez una señora llevó a sus dos hijos a un taller también. Ella nos dijo que cuando niña había sido alumna de nosotros. Pero en general, yo lo establecí así: no daba mi dirección ni mi número de teléfono, porque entonces se pasaba a otra cosa el asunto y siempre la ley del taller fue que todos fueran iguales. Uno no podía encariñarse. No había ningún caso especia en el que uno pudiese colocarle más atención a un grupo que a otros. Pero una vez a Ignacio Agüero lo llamó un niño que había tomado los talleres y que sale en Cien niños esperando un tren. El joven le dijo que se iba a casar y que quería que él y yo fuéramos sus padrinos en el matrimonio. Y así fue. Durante la ceremonia, la madre del muchacho me agradeció mucho que estuviéramos presentes. Ella me contó que el muchacho, cuando era niño, le dijo que quería que la tía Alicia y el tío Ignacio  fueran sus padrinos en su boda. A nosotros nos causó mucha gracia que él, ya en esa época, estuviera pensando en su matrimonio.

Y respecto del 11 de septiembre, ¿cómo fue para usted?

Estaba con Eduardo haciendo clases en la UC en el Campus Oriente. Fue muy duro porque persiguieron a algunos de nuestros alumnos. A uno de ellos se lo llevaron preso y nunca más se supimos de él. En ese tiempo pasaron cosas terribles de las que nadie hablaba, es decir, existió un silencio y eso fue trágico para el país. Fuimos heridos y mientras no se sepa el destino de los detenidos desaparecidos va a continuar esta herida. Es una maldad muy grande estos pactos de silencio que funcionan hasta hoy, son inadmisibles en un país que espera el crecimiento. Ese es un gran error, porque el crecimiento también es interior.

¿Cuál es su opinión respecto de cómo hoy están operando los curriculum escolares, donde se ha cuestionado el tiempo que se dedica a materias artísticas o de las ciencias sociales?

El arte es muy importante en la forma en que se desarrolla el ser humano. No sólo somos cifras. Hay que estar pensando en el joven que va a ser adulto, en su sensibilidad, el tener una percepción del otro. Es terrible lo que está pasando. Estamos criando monstruos. Uno como adulto tiene que impulsar al niño a que vaya pensando en su grupo y en su país, que vea que nosotros no somos solo individuos, sino que somos un grupo. Ahora se está inculcando el hacer zancadillas a las personas desde chicos diciendo cosas como no le ayudes a tu compañero, no le soples, porque en diez años más él va a ser tu competidor. Eso es sucio: meterle cizaña a un niño desde chico. Lo que debemos hacer es cultivar en él la confianza en el otro.  A nosotros, desde la dictadura nos metieron esta cosa de la desconfianza, que no se podía decir nada porque te podían llevar preso y eso no puede ser. Lentamente hemos ido recuperándonos, pero tenemos que recuperarnos totalmente. Esto debe partir por la escuela.