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Año XII, 23 de febrero de 2020

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Dinero “fiat” vs Criptomonedas

Estos billetes, especialmente aquellos que tienen la cualidad de generar confianza mundial, tales como las llamadas “monedas duras” -como el dólar, euro, yen o yuan- no lo son sino por la fe que depositamos en los poderes nacionales emisores (EE.UU. Europa, Japón o China), y que nos dice, casi inconscientemente, que aquellos Estados validarán su soberanía inscrita en los billetes y, de alguna manera, aquel nos servirá, al menos, para pagar bienes y servicios que esos países ofrecen al mundo.

Roberto Meza

  Sábado 16 de septiembre 2017 12:46 hrs. 

Es bien sabido, o de sentido común, que el llamado dinero fiat que circula en las diversas naciones del mundo no tiene otro respaldo que el de la confianza que depositamos en sus emisores, es decir, en los bancos centrales o Gobiernos.

No hay tras el billete o monedas que recibimos y damos en nuestras operaciones diarias de compra y venta de bienes y servicios, ningún respaldo en metales preciosos u otros productos con valor de uso que pudieran resarcirnos de aquel eventual momento en que quisiéramos hacer valer su precio ante el emisor, que no sea otra moneda o billete de papel similar (en especial cuando aquellos están rotos, viejos o muy utilizados).

Así y todo, cada uno de nosotros, sin mucho cuestionamiento que no sea su decadente equivalencia, recibe y paga diariamente con esos instrumentos, símbolos de un determinado valor nominal que se expresa en números y palabras, y que recibimos o damos de vuelta por una cantidad “semejante” en valor, por el servicio o bien comerciado. De allí la relevancia que para los Bancos Centrales del mundo tiene la inflación, aquel fenómeno que hace subir los precios de los productos y servicios en un porcentaje que, en definitiva, disminuye el valor de cambio de las monedas acuñadas y billetes emitidos por éstos, respecto de lo que podíamos consumir el mes pasado.

Pero hay más. Estos billetes, especialmente aquellos que tienen la cualidad de generar confianza mundial, tales como las llamadas “monedas duras” -como el dólar, euro, yen o yuan- no lo son sino por la fé que depositamos en los poderes nacionales emisores (EE.UU. Europa, Japón o China), y que nos dice, casi inconscientemente, que aquellos Estados validarán su soberanía inscrita en los billetes y, de alguna manera, aquel nos servirá, al menos, para pagar bienes y servicios que esos países ofrecen al mundo. Como sabemos, desde la década de los 70, tras el Consenso de Washington, el dólar, por ejemplo, dejó de tener conversión de su valor nominal en oro, hecho que permitió la emisión de monedas sin más límites que los derivados de la correcta relación entre producción y masa monetaria.

Sin embargo, las nuevas tecnologías de imprenta y fortalecidas capacidades de reproducción de estos instrumentos de cambio nos sacuden cada cierto tiempo debido a que somos testigos o víctimas de la recepción de billetes falsos, es decir, aquellos que no son emitidos por una autoridad monetaria validada, sino por delincuentes que, con capacidad técnica y audacia, los imitan y hacen circular, afectando la confiabilidad de los usuarios en esas monedas. Así, los países han debido mejorar la emisión de monedas y billetes haciéndolas cada vez más difíciles de reproducir, sea por sus materiales, por sus sellos u otras características tecnológicas más complejas de imitar. Así y todo, periódicamente sabemos de masivas falsificaciones de divisas y/o monedas nacionales, de las cuales Chile, no obstante tener una capacidad emisora altamente segura, no escapa.

Un problema adicional de las monedas nacionales es que, por razones ajenas a la economía, muchas veces los bancos centrales emiten un mayor volumen de dinero fiat del que la producción y productividad de su economía aconseja, haciendo que, a mayor oferta, su valor de cambio se reduzca, generando inflación y pérdida de poder adquisitivo a las personas que los usan. Se agrega a dicho impacto el pésimo efecto sobre las tasas de interés que la abundancia inconsistente tiene para el ahorro, pues a mayor oferta, se reduce el premio al ahorro y se desestimula postergar el consumo presente, presionando aún más la demanda por bienes y servicios escasos e incrementando el fenómeno inflacionario.

Pero hace unos años, un ingeniero en computación propuso un algoritmo computacional que permite la generación de un instrumento de cambio digital que termina con todas las citadas debilidades de las monedas nacionales y que ha posibilitado el surgimiento de las llamadas “criptodivisas”. Desde su lanzamiento hasta hoy, dicha moneda virtual se ha ido valorizando gracias al uso y extensión de las confianzas que ha ido produciendo, y desde un valor de cambio inicial de unos US$ 100, hoy se transa en los mercados especializados en el orden de los US$ 4.100. Hemos dedicado al efecto algunas otras columnas, en la medida que se trata de un hecho emergente cuyas características amenazan con provocar, más temprano que tarde, una revolución mundial en las finanzas y el sistema monetario global.

En efecto, decíamos hace una semana que China emitió una prohibición para las Ofertas Iniciales de Monedas (ICO por su nombre en inglés), un tipo de financiamiento que se realiza a través de criptomonedas (bitcoin o ethereum). Esta semana, sin embargo, el gobierno de Moscú dio pasos en la dirección contraria y anuncio que planea regular las criptomonedas, en lugar de prohibirlas

Según Bloomberg, el anuncio lo realizó el propio el ministro de Finanzas, Anton Siluanov, el pasado viernes, lo que implica un radical cambio a la propuesta que el propio secretario de Estado había formulado el año pasado, en el sentido de castigar con hasta siete años de cárcel. a las personas que usaran monedas digitales.

Esta nueva estrategia político-económica -que impactará en los sistemas monetarios de todas las naciones- comenzó a crecer en Rusia luego que Putin se reuniera en junio pasado con el fundador de la segunda criptomoneda más grande del mundo después de bitcoin y luego autorizara a Rusia a desarrollar la “cadena de bloques” (blockchain), la tecnología subyacente del bitcoin. Según la agencia de noticias, un consorcio de bancos, incluyendo Sberbank PJSC, busca ahora usar la tecnología para reducir costos, mientras un asesor presidencial anunció el mes pasado planes para una ICO.

Siluanov dijo a los periodistas en Moscú que “el Estado ciertamente entiende que las criptomonedas son una realidad. No tiene sentido prohibirlas” y, más bien, añadió, “es posible regularlas, por lo que el Ministerio de Hacienda elaborará un proyecto de ley a finales de año”.

En EE.UU. y Europa varios grandes bancos ya han comenzado también a operar con divisas digitales, mientras el valor de estas emergente monedas que surgen de la “minería digital” sigue aumentando su tipo de cambio respecto de las monedas tradicionales, en paralelo con el crecimiento de quienes las ven como un instrumento que no está al arbitrio de ningún gobierno, ni banco central; que no sufre pérdida de valor por inflación, que su tenencia es difícilmente detectable por los servicios de impuestos de los Estados, que su seguridad de transacción encriptada es inigualable y su eventual falsificación, casi imposible.

Como dijéramos, cuando una nueva tecnología supera en eficiencia y efectividad a las anteriores, los esfuerzos del statu quo para sostener lo anterior son infructuosos. El tema de fondo es que la masificación mundial de las criptomonedas tendrá efectos políticos y económicos inimaginables. Pero ese es tema para otro comentario.