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[Crónica] El antifuneral de Nicanor

Aplausos, cantos y proclamas. ¡Viva Nicanor!¡Hasta siempre poeta! Así fue el funeral de Nicanor Parra, quien falleció el pasado martes a los 103 años. Casi no hubo cabida para el llanto, por el contrario, no faltó la cueca chora que puso el acento festivo. Sin duda, la despedida fue coherente. Un antifuneral para un antipoeta.

Abril Becerra

  Jueves 25 de enero 2018 19:36 hrs. 
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El balneario Las Cruces aún no despierta. Son las 9:00 de la mañana de este jueves, pero, pese a la hora, bazares y kioskos permanecen cerrados. El único movimiento proviene de los funcionarios de seguridad de la Municipalidad del Tabo que informan sobre los preparativos de lo que será el funeral del antipoeta.

A eso de las 9:15 la gente ya comienza a reunirse en las puertas de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción. Hay vecinos, amigos, periodistas, jóvenes, niños, adultos mayores. Incluso, desde una de las casas cercanas al templo han adornado su balcón para presenciar, de manera privilegiada, la despedida del poeta.

Pero entre el grupo, resalta una mujer de pelo negro y piel morena. Ella es la única que en vez de guitarra ha decidido cargar un bombo legüero. De pronto, su voz se alza por sobre las demás: “Mas van pasando los años/ las cosas son muy distintas:/lo que fue vino, hoy es tinta,/ lo que fue piel, hoy es paño,/lo que fue cierto, hoy engaño”. Se trata, en definitiva, de una de las décimas de Violeta.

Unos minutos después llega la carroza fúnebre desde la Catedral de Santiago y las aclamaciones surgen enseguida: ¡que viva el poeta!¡Que viva Nicanor!¡Hasta siempre! El féretro va cubierto con una manta realizada por Rosa Clarisa Sandoval, madre del escritor. Sobre el ataúd también está un cartel que dice: “Voy y vuelvo”.

Dentro de la parroquia el ambiente es similar. De fondo suena Violeta Parra con todo su repertorio: Gracias a la Vida, Volver a los 17, El guillatún. La música sigue así hasta que inicia la eucaristía. El padre, un hombre de edad, dice que pese a que se trata de un funeral vestirá de blanco. Para él esta ceremonia no es algo fúnebre. Según comenta, esta es una fiesta, en otras palabras, un antifuneral: “Celebremos la resurrección de Nicanor que era un hombre que siempre buscaba la vida y la amistad”.

A la ceremonia también se integra la Presidenta Michelle Bachelet. Y los vecinos se alegran y la aplauden. Pero también aplauden a otros: Raúl Zurita, por ejemplo, que de traje blanco ha llegado hasta la parroquia para la despedida. ¡Viva Zurita!, gritan afuera y de pronto, se desencadena otro vitoreo: ¡Viva Nicanor! ¡Viva Violeta! ¡Viva!

Pero a esa altura la gente también ha entrado a la capilla. Avanzan, se acomodan como pueden en el estrecho espacio. Todos quieren estar presentes. “Estar aquí para mí es un regalo. Es algo histórico”, dice una mujer de edad que se ha instalado en la parroquia, pese a la cantidad de gente que ha acudido y el reducido espacio del lugar.

Una vez terminada la ceremonia, todos se disponen en las puertas del templo para despedir a Nicanor y de nuevo las proclamas: ¡Hasta siempre!¡Que viva el poeta! Y los aplausos se repiten una y otra vez pero con un detalle: siempre con Violeta de fondo. Entonces, todos, como pueden, siguen la carroza rumbo a la casa de Nicanor.

A esa hora Las Cruces está despierta y desde las ventanas y balcones, niños, mujeres y hombres se asoman: ¡Adiós poeta! ¡Chao Nica! ¡Voy y vuelvo!

Una vez en la casa del poeta el acceso es restringido. Sólo la familia logra atravesar las vallas para ingresar a la actividad privada que allí le rendirán al poeta.  La seguridad también es alta. Pero, sin duda, eso da lo mismo. Afuera la despedida también continúa, por lo que en un pequeño escenario improvisado comienzan las cuecas.

Nicanor Parra, hijo de Hilda, decide quedarse afuera, “con el pueblo”. Ahí, toca canciones de su tía Violeta. Él viene llegando desde Canadá para la despedida. Pero de pronto, se le suma su hermano, Fernando “Nano” Parra, y el antifuneral sigue entre cantos, poemas, cuecas choras y guitarras traspuestas. Mauricio Redolés también camina entre la multitud.

Pasado el mediodía, la familia comienza a retirarse. La primera en marcharse es Catalina, una de las hijas mayores del poeta. Luego se retiran sobrinos, nietos. Pero con ello, también viene otra despedida: la de la gente, quienes por fin pueden ingresar a la casa del poeta, donde ha sido sepultado. Pero hay un problema: todos quieren despedirse.

Una vez dentro y luego de múltiples escaleras, la tumba de Nicanor está ahí. Tapada con la manta de su madre. De inmediato, Cristóbal “Tololo” Ugarte, su sobrino, aclara: la casa se transformará en museo, al igual que la propiedad de La Reina. Ese era el deseo de su abuelo. También, comenta, vendrá otra discusión. Según señala ahora deberá decidirse qué pasará con el patrimonio del escritor. Esto, será algo que deberán resolver los hijos de Parra. Él no tiene más detalles.

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Con las horas, la gente comienza a retirarse. Ya ha pasado rato. Las puertas estarán abiertas hasta que ya no haya gente. Esa es la información. Afuera, en tanto, los cantos continúan. ¡Viva Nicanor! ¡Viva el poeta! ¡Hasta siempre! La fiesta se extiende. Sin duda no es un funeral cualquiera.