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Crisis estructural, corrupción e inflación: las razones de la nueva revuelta en Haití

Desde el jueves siete de febrero, el país antillano ha sido escenario de masivas protestas que ya cobran heridos y víctimas fatales. Uno de los detonantes para las actuales manifestaciones es el dinero que por años el Gobierno de Venezuela aportó para el desarrollo del país y que, sin embargo, las autoridades haitianas habrían desviado.

Camilo Villa J.

  Lunes 11 de febrero 2019 18:01 hrs. 
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Haití, el país más pobre de la región, nuevamente es escenario de violentas protestas en contra del gobierno de turno, esta vez, encabezado por el presidente Jovenel Moise.

Son dos las situaciones que tienen a gran parte de la población haitiana descontenta: la alta inflación -que ya llega a un 15 por ciento-, y la corrupción en que se han visto envueltas distintas autoridades, incluyendo al actual mandatario.

La cosa es la siguiente: para enfrentar la crisis económica, el gobierno anunció la reducción en el costo de los bienes básicos y el incremento del acceso a créditos para pequeñas empresas, medidas que la población considera insuficientes.

Además, estas medidas se anunciaron a la par en que el Tribunal de Cuentas presentara una auditoría que reveló irregularidades en el Programa Petrocaribe, instancia desde la cual Venezuela suministra petróleo al país a bajísimos precios.

El informe emitido por la justicia involucra a ex ministros y actuales funcionarios del gobierno, incluido el presidente Moise, quienes habrían desviado recursos sin ningún tipo de justificación.

Carl Abilhomme es vocero de la comunidad haitiana residente en Chile, se encontraba en Haití cuando estallaron las protestas y se sumó a la revuelta que, según dijo, ha sido fuertemente reprimida por la policía. Para él es indignante que la ayuda enviada por el gobierno de Venezuela sea malversada por las autoridades haitianas.

“Venezuela entregó más de cuatro mil millones de dólares a Haití entre petróleo y plata para que se desarrolle la isla y, sin embargo, un grupito de la burguesía haitiana y unos corruptos del gobierno consumieron toda la plata, no hicieron nada productivo, nada positivo. Estamos ‘chatos’, enojados. Eso es lo que está pasando con nosotros”.

El jueves 7 de febrero se cumplieron 33 años del fin de la dictadura de François Duvalier, efeméride que la población haitiana aprovechó para salir a las calles y exigir la renuncia del presidente Moise.

Las manifestaciones han sido violentas y consecutivas. Desde que iniciaron, se han registrado corte de carreteras, vehículos quemados y un número indeterminado de heridos y fallecidos. En varias ciudades del país –incluyendo la capital, Puerto Príncipe- la situación se ha salido de las manos.

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De hecho, debido a las protestas, la Conferencia Episcopal de Haití canceló un encuentro con los obispos dominicanos que iba a tener lugar entre este lunes y miércoles.

Por su parte, la Embajada de Argentina en el país caribeño cerró provisoriamente sus puertas para proteger a los funcionarios que allí trabajan. En conversación con medios trasandinos, el embajador argentino en Haití, Von Eyken, declaró que la situación en aquella nación está “desbordada y fuera de control”.

Si bien el presidente Moise manifestó su intención de negociar con la oposición, esta parece no ceder con sus exigencias.

“Continuaremos hasta derrocar al presidente. Si Jovenel Moise no renuncia, nombraremos a un presidente interino los próximos días”, aseguró entre aplausos el líder opositor Moise Jean Charles.

“La gente no aguanta más, hemos conversado con él (Jovenel Moise) pero no entiende. Hay inflación y el dólar sube. La situación es insoportable, estamos decididos a llegar hasta el final. Habrá una revolución”, continuó el opositor en medio de una protesta.

Para el analista internacional venezolano, Sergio Rodríguez Gelfenstein, la realidad haitiana no puede entenderse si no se analiza en términos históricos. En ese sentido recordó que la nación caribeña fue la primera República independiente de América Latina y, hasta hoy, se le hace pagar aquella osadía a través de políticas neoliberales impuestas por los gobiernos de turno.

Por tanto, las protestas que actualmente se desarrollan en aquella nación son síntoma de un problema estructural que no ha podido ser superado, pese a que hace algunos años se había logrado cierta estabilidad.

Estabilidad que, sin embargo, se rompió en 2004 cuando fue derrocado el presidente Jean-Bertrand Aristide y Estados Unidos junto a sus aliados intervinieron militarmente la nación con la excusa de la ayuda humanitaria.

El actual mandatario, Jovenel Moise, ha tenido especial acercamiento al gobierno de Donald Trump, implementando “medidas neoliberales a ultranza” que, según Rodríguez Gelfenstein, han agravado la situación local.

Por lo mismo, la desconfianza que genera el presidente Moise en la población hace difícil una negociación la que, además, muy probablemente estaría subordinada a intereses foráneos.

“Suponer que se producirán negociaciones entre haitianos sin la injerencia extranjera a partir de intereses exógenos se ve muy difícil y, en esa medida, las posiciones lejos de acercarse son posiciones que se extreman, que se alejan y que veo difícil que haya una solución de corto plazo. Seguramente se producirá –como ha ocurrido otras veces- una gran represión con decenas y centenares de muertos”.

Este año ha sido especialmente difícil para la población haitiana, pues debido a la escasez de gasolina los cortes de energía eléctrica se han hecho constantes.

Por otra parte, la moneda local, el gourde, ha sufrido una fuerte depreciación que ha conllevado un aumento de precios en el mercado local.

Como si fuera poco, el presupuesto nacional para este año, consistente en 1.650 millones de dólares, fue rechazado por la Cámara de Diputados por no encontrarlo “satisfactorio”.

Ante la actual situación, el Core Group -compuesto por el representante especial del Secretario General de las Naciones Unidas, embajadores de países europeos y el representante especial de la OEA- llamó al diálogo para encontrar una posible solución a la crisis económica y política que atraviesa el país.

Diálogo que está lejos de concretarse, en un país pobre y ocupado por militares extranjeros con el fin de garantizar una cuestionada seguridad.