Diario y Radio U Chile

Año XI, 13 de diciembre de 2019

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Matías Marchant

¿Qué tornos dejaron de girar con los estudiantes secundarios?

Matías Marchant | Lunes 25 de noviembre 2019 16:36 hrs.

¿Qué nos está sucediendo?[1] Esta pregunta no solo aborda las causas de la situación en Chile iniciada en octubre de 2019, sino que nos lleva a pensar sobre aquello que está pasando, es una pregunta sobre nuestra actualidad[2].

La mayoría de los esfuerzos han estado concentrados en conocer las causas del estallido social, como si aquello pudiera dar, no solo con la razón de la expresión de tanto malestar, sino que además podría dar lugar a implementar la solución que permita acabar con el motor y fuerza que anima a miles de ciudadanos a volcarse a las calles para manifestarse y expresar sus esperanzas, frustraciones y odios.

Para intentar entender lo que nos está sucediendo se construyen relatos asociados a la idea de injusticia. Otras narrativas hablan del despertar de un letargo inducido por la anestesia del consumo interminable y la angustia en cuotas paralizantes del pensar. Todo se consumió (educación, salud, el transporte, etc.) y despertamos bajo el sudor y la sofocación de lo que ahora acordamos ver como una pesadilla opresiva.

¿Cuál puede ser la clave para entender lo que está sucediendo? Desde mi punto de vista no basta con conocer o enumerar las necesidades y ordenar las demandas ciudadanas[3], sino más bien tomar atención de aquello que encendió la expresión popular.

Volvamos al origen, pues ahí puede que se halle la razón de esta quema, de esta revuelta, de esta toma de los espacios públicos para interrumpir el flujo de buses, automóviles y el tren subterráneo.

Es posible señalar –como la mayoría de los análisis lo hacen- que todo partió con un grupo de estudiantes que decidió hacer una evasión masiva del pago del costo del pasaje en el metro de Santiago. Las autoridades del transporte y de gobierno abordaron la situación por medio de un refuerzo de personal de la empresa para evitar la evasión, pero además se incluyó a la policía de carabineros para esta misión haciendo uso de la fuerza.

La persecución policial se grabó[1] y se difundió lo que estimuló tanto más la coordinación evasiva. Este conflicto en el subterráneo se convirtió en la antesala (y metáfora) de las grandes marchas: la consigna fue “¡evadir, no pagar, otra forma de luchar!” La represión difundida por redes sociales inscribió la evasión como una forma de protesta que fue llevada a su paroxismo con la destrucción de los torniquetes frente a un gran auditorio donde las escalas del metro la volvieron escenario. Este fue el primer acto de una manifestación de impredecible magnitud así como la reunión de un sentir compartido por una inmensa cantidad de chilenos.

Esta es mi hipótesis de lectura: todo el problema estuvo en la lectura equivocada (¡profundamente equivocada!) que le dieron las autoridades a esta manifestación coordinada de los estudiantes. La interpretación oficial de la protesta estudiantil fue una nueva forma de negar el crónico malestar que atraviesa las venas de las ciudades del país. Lo que partió siendo un acto de significación simbólica, se convirtió en objeto de la represión real. Y no solo eso, además se hizo una operación de infantilización[2] del gesto estudiantil por parte de los gobernantes de turno. En primer lugar, se cuestionó que los secundarios protestaran pues a ellos no se les subió el costo del pasaje. Más aún, ¿Por qué aquellos que tienen gratuidad (los de básica) hacen el esfuerzo de saltar las barreras de ingreso al metro si el torno gira gratuitamente para ellos? Les pareció tan insensata esta conducta que el expresidente del metro en el mismo tono dijo: “cabros, esto no prendió”. Será triste y eternamente recordado como alguien que no tuvo la menor capacidad para ser sensible a la situación que en el país se estaba gestando. Una brutal muestra de desconexión de la clase dirigente con un sentir ciudadano. Lo peor de esta frase -que quedará, sin duda, en la historia- proviene de la descalificación del acto evasivo, al tratar a los estudiantes como “cabros” o sea como ovejas que solo les hace falta el orden. Esta incomprensión les impidió entender el por qué, un grupo de estudiantes que no les afecta directamente en sus finanzas una “modesta” alza del pasaje del metro, comenzaron a evadir. En la ideología conservadora, autoritaria e individualista carece de todo sentido protestar por los derechos de los otros, solo tendría lugar oponerse a aquello que te afecta directa y personalmente. La defensa del otro es una ética que no entiende ni podrá comprender jamás el individualismo neoliberal, que, por lo demás, gracias a ello, mantiene a cada uno en la esclavitud solitaria de su cuota mensual.

En la misma semana en que se estaba incubando la revuelta social (miércoles 16/10) el parlamento aprobó el control de identidad para mayores de 16 años, dando una señal contradictoria, pues ahora los jóvenes (los cabros) podrán ser objetos del control policial, es decir serán sujetos de sospecha cuando circulen por la vía pública y carabineros estará autorizados a exigir el reconocimiento de su identidad de manera “preventiva”. ¿Preventiva de qué? Añadamos otro hecho de gran importancia para este análisis: una semana antes, la cámara de diputados rechazó el proyecto de reforma constitucional en materia de garantías de los niños, niñas y adolescentes que contemplaba la autonomía progresiva, es decir, el principio a partir del cual un menor de 18 años podría tomar decisiones y participar de aquello que le concierne en todos los temas referidos a sus derechos: educación, salud, justicia, etc. Una mayoritaria votación parlamentaria afirmó que la autonomía progresiva iba en desmedro del derecho preferente de los padres de educar a sus hijos, es decir, vemos redoblada la maniobra infantilizadora de la niñez, el intento de controlar su voz en su sujeción a la autoridad en el núcleo familiar, quedando fuera de la participación social y política.

Se dio una señal contradictoria pues, por un lado, se consideraba que la evasión del pago del metro era un acto sin sentido, que carecía de toda razón de ser, una especie de ello revolucionario y sin freno, presos de sus pulsiones, según las desafortunadas opiniones del rector de la Universidad Diego Portales Carlos Peña[1]. No podría haber ningún altruismo posible en dicho acto, era solo la expresión de un afán egoísta e individualista, que solo debía ser reconducido por medio de la fuerza, por medio de su control o cauce de canales artificiales. Por otro lado, las leyes del gobierno apuntaban a la incapacidad de los jóvenes para conducirse a sí mismos. Pero en el caso que fueran objeto de sospecha debieran ser controlados por la policía de carabineros. Dicho en corto: potenciales delincuentes, pero no ciudadanos de pleno derecho. De su identidad ante la autoridad sí tendrían que dar cuenta al igual que los adultos, pero no pueden participar ni opinar sobre el derecho propio ni de los otros. Esta contradicción se entiende bien cuando se criminaliza a la juventud en sus afanes de romper lo establecido y se infantiliza cuando no se los entiende. Así, se le quita el carácter político que tiene y ha tenido la juventud. Todo dentro de la lógica que lo establecido por los adultos está bien y la juventud debe aprender a acatar lo que los adultos han impuesto, sea esto injusto o no, sea absurdo o no. Ellos deben sumarse sin más a la institucionalidad de los viejos.

Los frutos de este análisis pueden encontrarse entonces en hacer los esfuerzos necesarios por comprender e interpretar lo que hicieron los estudiantes al saltar el torno. Dicho en otros términos, si fueron los secundarios que han iniciado una serie de revueltas, lo que más se echa de menos en las semanas que han seguido las intensas y continúas manifestaciones ciudadanas es precisamente su voz. Con su acto hicieron algo tan sencillo y tan simbólico a la vez: atreverse a dejar de girar el torno y saltarlo. ¡Cuánto echamos de menos la falta de participación de la voz de los jóvenes en todo aquello que concierte a la discusión política actual! La política represiva, que sigue tocando de manera especial a los jóvenes[2] redobla ese gesto que está a la base del problema que se originó por un acto simple y colectivo como fue dejar de darle una vuelta más al sistema. El Sistema protesta[3], porque quiere que siga girando ese torno, pero ya nadie está dispuesto a hacerlo.

No se trata de idealizar la voz de los jóvenes, se trata de darle un lugar en la ciudad. Permitir y reconocer su participación política, ya no como sujetos de sospecha, ya no infantilizados, sino como ciudadanos de pleno derecho. La voz de los jóvenes revela muchas veces los secretos que los adultos no le quisieron contar o la información que le fue censurada. Mi propuesta es comenzar a hablar precisamente de esa transmisión generacional oscurecida en el silencio, pero evidenciada en el acto de la revuelta.

 

[1] Esta es la pregunta que encabeza una muy interesante reflexión de Sergio Rojas  https://radio.uchile.cl/2019/10/25/que-nos-esta-sucediendo/

[2] La pregunta por el hoy es una reflexión que es propia de la modernidad y tiene una expresión destacada en los textos de Kant y Foucault. Al respecto, el pensador francés señala que esta búsqueda debe hacerse arqueología en su método y genealógica en su finalidad. Ejercicio que se pretende realizar aquí.

[3] En otro momento será necesario desarrollar la razón por la que la enumeración de las demandas no será suficiente para controlar el malestar social, pero se puede adelantar (como incitación a pensar) que las demandas solicitan más que lo que piden y así toda respuesta quedará corta.

[4] Esta es otra característica esencial del fenómeno social que ha emergido: ahora frente a la violencia policial existe el imperativo categórico “¡graba!” “te estoy grabando”. Esto merecerá un análisis por sí solo.

[5] En el sentido equivocado de infantil, es decir, como sin tener derecho a la palabra. Será materia de otro lugar de entender por qué el mundo adulto reduce la voz política de los niños y niñas arrebatándole la posibilidad de enunciar la palabra en la mesa y ser escuchados igualmente.

[6] Otro intelectual desconectado del sentir colectivo que reforzó la infantilización de los estudiantes y le quitó expresamente su carácter heroico para que su tesis quedara en terreno seguro. Claramente su voz fue parte del problema y encendió más vivamente las fuerzas populares que le contestaron que no es un problema del momento sino un malestar generalizado permanente y estructural de la anhelada sociedad liberal que suele defender.

[7] Un tema gravísimo tiene relación con que una importante cantidad de afectados por la acción represiva son jóvenes, lo que ha llamado a muchos a alertar que sus derechos fundamentales están siendo transgredidos de manera generalizada.

[8] Queda más claro si decimos aquí, los viejos protestan y asustados hacen uso de la fuerza.

 

*El autor es académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.