Día del Migrante en el Chile de 2025

  • 18-12-2025

Hay conmemoraciones que adquieren un carácter especialmente contingente. Ocurre con el Día del Migrante, que en el país actual no es una fecha más. Naciones Unidas, en este contexto, nos recuerda que “los conflictos, las catástrofes climáticas y las presiones económicas siguen empujando a millones de personas a abandonar sus hogares en busca de seguridad o, simplemente, de oportunidades”. Sorprende que se olvide que lo que sucede en Chile no es porque sí, sino consecuencia de lo recién descrito.

Sobre la deriva que ha seguido este debate en el ámbito nacional, y sin minimizar las dificultades que produce una migración masiva y desordenada, además de los choques culturales, debemos sin embargo decir que muchas reacciones nos devuelven una imagen incómoda del espejo Chile, porque revela hasta qué punto nuestra democracia, pensada no solamente como un sistema o un grupo de normas sino también como una forma de convivir, se sostiene o se desmorona en la vida cotidiana según a qué valores se adhiere. Además de las leyes, los discursos para ganar réditos electorales y los controles fronterizos, hay algo más profundo, aunque no se resalte: la disposición real de una sociedad a reconocer derechos allí donde aparecen personas vulnerables. Cuando la deshumanización de grupos de personas lleva a que los derechos se vuelvan relativos según el origen o el acento, estamos procediendo individual y colectivamente contra la democracia.

A propósito de comentarios que escuchamos a dirigentes políticos y, lamentablemente, a muchas otras personas, Chile parece haber olvidado demasiado rápido su propia historia. Fuimos país de exilio, de expulsión y de sobrevivencia en tierras ajenas. Miles de chilenos y chilenas dependieron de la hospitalidad de otros pueblos cuando aquí no había futuro ni garantías. Al revés, solo la muerte violenta. Recordar esta parte dolorosa de nuestra historia no solo vale para repudiar el negacionismo, sino también es un acto político respecto a la migración. La forma en que hoy tratamos a quienes llegan habla también de nuestra relación y de nuestra fidelidad con esas memorias.

Dejando aparte lo obvio sobre lo indeseable e inaceptable que haya personas que vienen a delinquir y a sumarse al crimen organizado, que en todo caso son un porcentaje muy menor de la comunidad migrante, podemos constatar que en un país marcado por la frustración social, la precariedad y los efectos indeseables y sin embargo aun vigentes del modelo, la figura del migrante ha sido convertida en un chivo expiatorio conveniente. Se le atribuyen problemas que son estructurales: el colapso de servicios, la inseguridad, la falta de oportunidades. Pero culpar al migrante, ya lo sabemos, es una operación vieja y conocida: permite evitar la discusión de fondo sobre un sistema que suele precarizar derechos y luego necesita desviar el malestar hacia los más débiles, en vez de hacia los poderosos.

El debate sobre seguridad ha profundizado esta deriva. Se nos presenta una falsa dicotomía entre orden y derechos humanos, como si no pudiéramos hacer ambas cosas a la vez o como si procurar dignidad fuera un obstáculo y no una condición para la convivencia. Sin embargo, la experiencia histórica muestra que no hay seguridad sostenible cuando se normaliza la deshumanización. Un Estado que responde al miedo con exclusión no produce orden, sino fragmentación, resentimiento y violencia latente, todo lo cual nos hará pagar costos mayores no hoy, pero sí mañana.

Finalmente, el Día del Migrante también obliga a reconocer una evidencia convenientemente omitida por muchos: Chile se sostiene hoy, en buena medida, sobre el trabajo migrante. En la salud, en los cuidados, en la construcción, en el comercio, en los servicios, en la agricultura. Invisibles, precarizados, pero indispensables. Reconocerlo es una mínima exigencia de realismo para todos quienes se suman con sus palabras y con sus votos a la idea de que hay que expulsarlos a todos. La pregunta de fondo no requiere una respuesta en blanco y negro, sino poder abordar estos desafíos con la complejidad que ameritan, partiendo por alejarnos de las promesas imposibles de cumplir y las caricaturas.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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