Hace algunos días, el Presidente José Antonio Kast señaló críticamente: “A veces 500 millones para una investigación que termina en un libro precioso en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”. La frase parece simple y pragmática. Sin embargo, revela una transformación cultural mucho más profunda: la creciente tendencia a evaluar el conocimiento exclusivamente bajo criterios de rentabilidad económica inmediata.
La afirmación expresa con claridad una lógica contemporánea donde el valor de una investigación ya no se mide por su capacidad de ampliar la comprensión humana, enriquecer la cultura o transformar la manera en que pensamos el mundo, sino únicamente por su retorno económico cuantificable. Bajo este paradigma, un libro, una teoría filosófica o una investigación básica aparecen como lujos improductivos frente a la exigencia de “generar empleo”, “innovación” o “crecimiento”.
Precisamente contra esta reducción instrumental del saber escribió Nuccio Ordine en su libro “La utilidad de lo inútil”. El autor sostiene que las dimensiones aparentemente “inútiles” de la cultura (la filosofía, el arte, la literatura, la ciencia básica) constituyen en realidad el núcleo de aquello que hace posible una sociedad verdaderamente humana. Lo inútil, en términos de mercado, puede ser esencial en términos civilizatorios.
Muchas de las transformaciones científicas y tecnológicas más decisivas no surgieron de investigaciones orientadas originalmente a producir ganancias inmediatas. La mecánica cuántica parecía una extravagancia abstracta en sus inicios; hoy sostiene toda la electrónica moderna. La teoría de números fue considerada durante siglos una curiosidad matemática sin aplicación; actualmente es la base de la criptografía digital. Cuando la ciencia se subordina exclusivamente a resultados rápidos y rentables, se sacrifica precisamente el ecosistema intelectual que hace posible la innovación profunda.
La pregunta “¿cuántos trabajos generó?” parece razonable desde una lógica empresarial, pero resulta insuficiente como criterio para pensar el valor del conocimiento. ¿Cuánto empleo produce un estudio sobre ética, democracia o lenguaje? ¿Cómo se cuantifica económicamente una obra literaria que modifica la sensibilidad de generaciones enteras? Existen bienes culturales cuyo impacto no puede medirse mediante indicadores de corto plazo porque operan sobre horizontes históricos, subjetivos y civilizatorios.
Esto no implica negar la importancia de orientar parte de la investigación hacia problemas concretos del desarrollo nacional. Chile necesita ciencia aplicada, innovación tecnológica y políticas de transferencia. Pero una sociedad madura comprende que la investigación básica, las artes y las humanidades no constituyen un lujo ornamental: son la reserva simbólica e intelectual desde donde emergen las ideas que, muchas veces décadas después, transforman radicalmente el mundo.
Tal vez la pregunta más importante no sea cuántos trabajos genera un libro en el corto plazo, sino qué tipo de sociedad produce una cultura incapaz de reconocer valor en aquello que no puede traducirse inmediatamente en ganancias.
Por Paulo Barraza Rodríguez, PhD., Profesor Asociado del Instituto de Estudios Avanzados en Educación de la Universidad de Chile; encargado del Laboratorio de Neurociencias, Cognición y Educación del CIAE-Universidad de Chile.


