Ted Lasso y la amabilidad como refugio

  • 09-08-2026

Me hace muy feliz que la serie “Ted Lasso” esté de regreso. Cuando apareció por primera vez, en plena pandemia, fue para muchas personas -incluyéndome- un lugar de refugio. Mientras el mundo parecía cada día un poco más hostil, había algo profundamente reconfortante en volver una vez por semana a Richmond y encontrarse con personajes que, pese a equivocarse una y otra vez, seguían creyendo que las personas podían cambiar para mejor. En 2023 y con tres exitosas temporadas, el equipo creativo de la serie dio por cerrada la historia, pero los fans mantuvimos la esperanza de que ese grupo de personajes aún tenían mucha historias para contarnos, manteniendo el humor y la ternura que les conocemos.

 

Seis años después el mundo es otro. Ya no estamos encerrados en nuestras casas, pero cuesta no pensar que seguimos necesitando esos refugios. Vivimos tiempos en que pareciera que desconfiar del otro es una forma de inteligencia. Que el cinismo es sinónimo de lucidez y que quien cree en la posibilidad de cambiar siempre será un ingenuo. Por eso el regreso de “Ted Lasso” – que esta semana estrenó su cuarta temporada en Apple TV- parece tan oportuno.  Vivimos en una época que suele confundir profundidad con oscuridad. Pareciera que las únicas historias capaces de describir nuestro tiempo fueran aquellas donde reina el desencanto, la ironía o la crueldad. Como si la bondad fuera ingenua y la empatía un defecto narrativo. Los creadores de “Ted Lasso” siempre discutieron esa idea.

 

Para quienes aún no han visto la serie porque -como yo- sospecharon que se trataba del mundo futbolístico, déjenme decirles que “Ted Lasso” nunca se trató sobre fútbol. El fútbol es apenas el escenario donde se despliega algo mucho más complejo: personas intentando convertirse en versiones un poco mejores de sí mismas. Un entrenador que entiende que dirigir un equipo significa, antes que nada, cuidar a quienes lo integran. Un grupo de adultos aprendiendo a pedir perdón, a poner límites, a reconocer sus miedos, a hacerse responsables del daño que causan y también del cariño que reciben. Es una serie que también se atrevió a cuestionar una cierta idea de masculinidad. Esa que les dice a los hombres que liderar es imponer, que sentir es una debilidad y que pedir ayuda equivale a fracasar. A lo largo de sus temporadas vimos a personajes aprender a llorar, a pedir perdón, a ir a terapia, a hacerse cargo de sus heridas y descubrir que la fortaleza también puede construirse desde el cuidado. No deja de ser significativo que la segunda temporada pusiera la salud mental en el centro de la historia. En una comedia, además. Los ataques de pánico de su protagonista no aparecían para volverlo más interesante como personaje, sino para recordarnos que la amabilidad no reemplaza el dolor. Que cuidar a otros también implica aprender a cuidarse uno mismo.

Lo notable es que esa apuesta, que en el papel parecía pequeña, terminó convirtiéndose en un fenómeno global. La serie ganó 13 premios Emmy —incluyendo dos años consecutivos como Mejor Serie de Comedia— y Jason Sudeikis, su protagonista y co creador, obtuvo dos veces el Emmy como Mejor Actor. También acumuló reconocimientos en los premios SAG, Critics Choice y Peabody, convirtiéndose en una de las producciones más premiadas de Apple TV+.

Pero los premios cuentan solo una parte de la historia. Durante sus primeras temporadas, “Ted Lasso” fue una de las series que impulsó el crecimiento de Apple TV+, convirtiéndose en un fenómeno de conversación y fidelización para una plataforma que entonces recién comenzaba a competir con gigantes del streaming. El propio servicio la define como uno de sus mayores éxitos globales y una producción decisiva para consolidar la identidad de la plataforma. Eso desarma una idea que escuchamos con frecuencia: que las historias sobre el cuidado no venden. Claro que venden. Muchas veces los creadores de contenidos suelen subestimar el hambre de ternura de las personas.

Para mí una de las bellezas de la serie fue negarse a convertir la amabilidad en ingenuidad. “Ted Lasso” nunca plantea que basta con ser buena persona para que todo salga bien. Sus personajes -todos los secundarios tienen muy interesantes procesos a lo largo de las temporadas- fracasan, se deprimen, traicionan, sienten envidia, experimentan ataques de pánico o toman malas decisiones. La diferencia es que nunca los reduce a esos momentos. Siempre existe la posibilidad de reparar. Y esa posibilidad, especialmente en estos tiempos hostiles, resulta poderosamente política.

En una cultura donde el algoritmo premia la humillación pública, donde las redes sociales convierten cada error en una identidad permanente y donde el cinismo suele confundirse con inteligencia, imaginar que alguien puede cambiar parece casi un acto de rebeldía. Por eso el regreso de “Ted Lasso” se siente menos como una operación nostálgica y más como una necesidad cultural. Porque cuando la conversación pública parece organizada alrededor del enojo, la sospecha y la polarización, encontrarse con una ficción que insiste en la escucha, la comunidad y el crecimiento personal deja de ser un simple entretenimiento para convertirse en un refugio.

Y quizás esa sea la lección más inesperada de la serie. Que las historias sobre vínculos no son pequeñas. Que reconocerse y crecer, a cualquier edad, sigue siendo una aventura apasionante. Nos hace bien que esta serie y sus personajes estén de regreso, nos hace bien que se nos recuerde – aunque sea durante cuarenta minutos a la semana-, que la amabilidad no es ingenuidad. Que la empatía sigue siendo una forma de valentía. Y que confiar en que las personas pueden convertirse en una mejor versión de sí mismas sigue siendo una apuesta que vale la pena hacer.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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