Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 29 de septiembre de 2022

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Pelotas otra vez

Columna de opinión por Argos Jeria
Domingo 27 de diciembre 2009 22:17 hrs.


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Y el comercial llamaba a terminar con estos regalos tan vulgares, promoviendo el regalo de un celular de la compañía respectiva. Quedé perplejo; no debido a la promoción de un producto en Navidad (todos los comerciales hacen eso) sino al evidente desprecio por el regalo sencillo ...


Fue a comienzos de los ochenta cuando conocí esta historia navideña que he contado tantas veces desde entonces. Preparábamos una pequeña celebración en la oficina como suelen hacerlo en todos los lugares de trabajo. Mientras conversábamos acerca de la dificultad de encontrar regalos adecuados para los niños, uno de los muchachos que apoyaba profesionalmente en los proyectos nos miraba sonriente. Cuando le hicimos notar que ya sabría de esas cosas cuando tuviera hijos, nos dijo que su papá nunca había tenido problemas con él. Ante nuestra mirada interrogadora continuó, recordándonos primero que venía de una familia de ingresos más bien bajos. “Todos en el barrio éramos fanáticos del fútbol”, nos dijo, “y la pelota de cuero que yo recibía en Navidades era la única del lote de amigos; la usábamos todo el año en las pichangas de la calle”. Nos contó que el partido del 24 de Diciembre se jugaba con mucha moderación ya que la pelota de la Navidad anterior estaba en las últimas, y que el 25 en la mañana todos estaban esperando en la puerta de su casa a que él apareciera con la pelota nueva. Y así – durante muchos años – él y su padre fueron los héroes-proveedores de la sana diversión de la patota vecinal.

Hace una semana estábamos en similares preparaciones para comenzar el tradicional “amigo secreto”, que nosotros jugamos en una entretenida versión probabilística, descrita en una crónica anterior (ver http://www.radio.uchile.cl/notas2.asp?idNota=42869). Uno de los muchachos preguntó si habíamos visto en la tele el reciente comercial de una compañía de telefonía celular. Expliqué – una vez más – que no podría haberlo hecho ya que no veía televisión. Cuando me describieron – muy críticamente – el contenido del comercial, les dije que me resultaba difícil creerlo, a pesar de los tiempos que corren. Al día siguiente el mismo muchacho me envió a mi correo electrónico el comercial de marras, que resultó ser tal como lo habían descrito: dos niños reciben una pelota de fútbol cada Navidad, la que aceptan con una aparente sonrisa de felicidad que resulta ser una máscara. Y el comercial llamaba a terminar con estos regalos tan vulgares, promoviendo el regalo de un celular de la compañía respectiva. Quedé perplejo; no debido a la promoción de un producto en Navidad (todos los comerciales hacen eso) sino al evidente desprecio por el regalo sencillo que muchas veces esconde historias tan reales como la que describí al comienzo de esta crónica o la que me tocó protagonizar cuando mis chicos estaban en el colegio y me pidieron un Atari, el primer juego de consola. Cuando indagué por la razón de tal pedido me dijeron que era muy entretenido y que todos sus compañeros tenían uno, lo que los obligaría a estar permanentemente en las casas de los amigos. Cuando les dije que no teníamos por qué hacer lo que los demás hacían, me contestaron astutamente que tampoco era sensato dejar de hacerlo siempre. Hice notar que había muchas cosas que hacíamos como los demás: comer, ir al cine, conversar, cantar, leer, y así. No quedaron convencidos y vi que la situación no era sencilla de enfrentar. Y se me ocurrió una de las buenas ideas que he tenido: les regalamos un sencillo taca-taca, lo que provocó una avalancha de compañeros de curso en nuestra casa por las tardes y en fin de semana. Y cuando se rompió, pues hubo que reemplazarlo… por otro. 

Tal vez ese comercial – que manifiesta abiertamente el desprecio por el regalo de una pelota y el aprecio por el engaño mediante una falsa sonrisa – fue concebido por alguien con algún tipo de trauma infantil. O tal vez fue la forma en que el publicista pudo convencer al ejecutivo que lo encargó y que lo encontró genial. Y tal vez al contarle esta historia estoy contribuyendo a que ese ejecutivo se congratule pensando que ha tenido gran impacto. Pero usted y yo sabemos que la búsqueda del Bello Sino está llena de pelotas de todo tipo. No claudique. Que tenga usted un hermoso 2010.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.