Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 16 de agosto de 2022

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Pena por el país


Jueves 21 de enero 2010 12:37 hrs.


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El domingo por la tarde, luego de que fuera inminente el triunfo de Piñera por sobre la Concertación en la segunda vuelta electoral, me encontraba pesando pan en el supermercado. Un "hola" amable y sonriente de parte del pesador del pan me sorprendió...


Señor director:

El domingo por la tarde, luego de que fuera inminente el triunfo de Piñera por sobre la Concertación en la segunda vuelta electoral, me encontraba pesando pan en el supermercado. Un "hola" amable y sonriente de parte del pesador del pan me sorprendió, y cuál no fuera mi sorpresa al reconocer a un chico que había sido alumno mío hace dos años, en tercero y cuarto medio en el liceo Elena Rojas. Aún tristemente sorprendida e indignada por el resultado electoral, cuando me preguntó que cómo me encontraba no pude más que decir que mal, triste por el resultado. ¿"Y tu cómo has estado?"; le pregunté yo. Y me respondió "Bien, yo salí favorecido"-aludiendo al resultado electoral. No pude más que esbozar una triste sonrisa y responderle, "Ojalá".

El comentario y alegría de este chico me ha llenado aún más de preguntas sobre las causas que explican este indignante triunfo de la derecha, una de las cuales no deja de rondar en mi cabeza: ¿qué hace que una persona, salida de un colegio técnico profesional con la especialidad de Técnico en Contabilidad, de clase social baja, se encuentre trabajando un día Domingo, a las 9 de la noche, por un sueldo seguramente mísero, y crea que votar por un candidato que representa al empresariado le hace salir favorecido? ¿es posible que el logro de la derecha sea tan escalofriante como haber logrado no sólo el triunfo en las urnas sino borrar cualquier rastro de conciencia o reconocimiento del lugar que se ocupa en la sociedad, al punto de no entender los intereses y poderes en juego?

Esto es lo que me preocupa. Que finalmente, como en el 1984 de Orwell, el manejo de los medios vaya más allá de mera manipulación y haya mellado aquello que está en nuestro más íntimo ser, nuestra indentidad. Que finalmente tener conciencia de quiénes somos y el lugar que ocupamos en la sociedad, para a partir de alí decidir por lo que consideramos correcto, ya no sea posible.

Quienes estudiamos currículum sabemos que todo trayecto formativo que recorra un sujeto le conforma una identidad, es decir, una forma de (re)conocerse, de ser y hacer en el mundo. Y ello es lo que nos vuelca nuestra atención hacia los sistemas formativos como altamente responsables del tipo de sujeto que se forma en las escuelas: un sujeto que ha sido formado bajo una racionalidad instrumental, es decir, de hacerle creer que los conocimientos son valiosos sólo si responden a una lógica de medios-fines, como si dominar el medio fuera lo único importante, y el interés de comprenderlo o transformarlo no existiera y fueran inútiles. Si a esto le sumamos lógicas de convivencia llevadas a cabo en las instituciones formativas (cuestión que también es parte del curriculum (oculto) por cuanto también configura una forma de ser y de relacionarse con otros), lógicas basadas en la desconfianza, la imposición, la falta de autonomía, entonces tenemos por resultado sujetos que no son capaces de participar del espacio público, de plantear sus ideas y necesidades, sino de individuos que forman en conjunto una masa atomizada, formados sólo para el mundo del trabajo, obedientes y resignados a la realidad que les tocó vivir, como si la esfera laboral fuera la única dimensión válida de la vida humana. Si a todo lo anterior le sumamos que tenemos, en nuestra sociedad, un "currículum" cultural -representado por los medios de comunicación- que ha seleccionado sólo contenidos para alienar a las masas, y un contexto neoliberal que ha transformado la vida política sólo en un mercado electoral, en el que las personas responden a una oferta política marketera, entonces tenemos los ingredientes perfectos para tener a una sociedad que olvida que detrás de las ideas y las capacidades hay  intereses que orientan las acciones, y, por lo tanto, no son neutrales.

Claro que es tristemente lógico que el chico del pan vote por la derecha. Formado en un colegio que le hizo pensar que estudiar sólo sirve para insertarse en el mundo del trabajo, que nunca desarrolló en él su dimensión cívica -ya que le hicieron pensar que dicha responsabilidad sólo se limita a votar-, que le anuló sus posibilidades de transformar la realidad desde ideas, proyectos, inquietudes propias…lo transformó en espectador del circo que vivimos, maleable, dócil, instrumento de las voluntades de otros, de una elite que piensa el país por todos, arrogándose el derecho de decidir lo que es mejor para todos, pero desde sus propios intereses, sin dejar espacio para un diálogo compartido que permita abrir miradas distintas, diversas, olvidadas.

Qué pena nuestro sistema escolar, que no educa. Un artículo publicado en el centro de investigación neoliberal por antonomasia, el CEP, titula “La obligación de los colegios no es educar” (Heinzpeter, Ximena (2000), en: http://www.cepchile.cl/dms/lang_1/doc_1911.html). Es decir, olvidémonos de que la función de la escuela es ésa, y concentrémonos en instruir. Como si el aprendizaje de la convivencia, de la ciudadanía, del aprender a tener voz, no fuera importante (¿o conveniente?), y sólo debieran abordarse el alfabetizar, aunque políticamente nuestro país sea un eterno analfabeto.

Qué pena nuestra industria cultural, que violenta las consciencias de nuestros niños y jóvenes, solos en casa por estar los padres absorbidos por la vida moderna que vivimos. Qué pena que la Concertación se haya hecho cómplice de todo esto, queriendo jugar el juego de la derecha fomentando toda esta alienación de masas. Es justo que le haya pasado la cuenta. Es justo, pero triste. Radicalizaron el fomento de una educación con un currículum racio técnico, dejaron que los medios jugaran libremente en el mercado de las opiniones. Ante un pueblo sin categorías de análisis mínimas, propias, para leer la realidad, cualquier ofertón tendría éxito, como lo tuvo tristemente ayer.

Es justo que la Concertación haya perdido y es triste, no porque Frei representara una esperanza ingenua, pero sí la tranquilidad de que no retrocederíamos en nuestros derechos más básicos. Si la derecha fue capaz de hacerse cómplice de violentar nuestros Derechos Humanos con tal de imponer su visión de sociedad -encarnada en su sistema de libre mercado implementado en la dictadura- entonces no hay ética que valga para ellos para excluir las voces disonantes e imponenrnos sus miradas, pero ahora de un modo más inteligente: sin violencia, con sonrisas ensayadas, con condescendencias disfrazadas, poniendo al que no está de acuerdo como el equivocado por el sólo hecho de estarlo. Éste es el triunfo más importante de la derecha: haber consagrado, en el imaginario público, la idea de que discutir es malo, inútil. Estemos de acuerdo, digamos a todo que sí, no seamos mala onda. La victoria radica en que, aún cuando los perjudicados están siendo defendidos por unos pocos, esos pocos son vilipendiados por esos mismos perjudicados, como si estar en desacuerdo estuviera mal por el sólo hecho de estarlo. Nuestro pueblo se acostumbró a que unos pocos piensen por muchos, ésa es la victoria de ayer que me apena, me indigna, me desconsuela.

Es por ello que siento pena, mucha pena por mi país…
Por su ignorancia, al creer que nuestros profundos problemas sociales se resuelven con medidas a corto plazo, y no entender que los problemas sociales que aún tenemos no tienen que ver con el gobierno de turno, sino con el sistema económico en el que nos han sumido, el que ahora se recrudecerá más.
Por su ingenuidad, al creer que el empresariado defenderá sus intereses (cuando han sido los mismos que nos han sucumbido en una vida de esfuerzo e injusticia incesante).
Por su desclase, al haber perdido su identidad, al creer que porque pueden disfrazar la pobreza con acceso al crédito han dejado de ser pobres.
Por su indignidad, al aceptar migajas cuando se entusiasman con bonos y nimiedades.
Por su ingratitud, al olvidar los derechos sociales reconquistados por los gobiernos de la Concertación, y en particular por los últimos.
Por su estupidez, al poner en riesgo los avances sociales recuperados desde la dictadura.
Por su desmemoria, al olvidar que los problemas sociales que la derecha propone solucionar son los mismos que ellos propulsaron al implementar el modelo neoliberal del modo más salvaje en la dictadura.
Por su condición de víctima, al ser manejados incansablemente por un sistema educacional, político, cultural, comunicacional, a favor de la enajenación, alienación, falta de consciencia.
Por su individualismo, al pensar sólo en su condición y no entender un proyecto de país que debería mirar por todos y no por unos pocos.
Por todo eso y más, me apeno, me indigno, me asusto, me espanto.

Priscilla Echeverría De la Iglesia
Profesora

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