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Jonás Chnaiderman

No se ven muchos caminos

Jonás Chnaiderman | Lunes 22 de agosto 2011 8:10 hrs.


No importa si en el Parque O’Higgins fuimos 1,2 millones, 700 mil o 250 mil.  Mucha gente lleva mucho rato protestando.  Por eso, lo que hace un mes parecía un imposible de aceptar, hoy se vislumbra como la opción menos catastrófica para la derecha política chilena: deben comprometer luego la ejecución de un plebiscito para resolver el conflicto educacional antes de fin de año.  Voy a procurar justificar mi afirmación partiendo por algunas premisas.
Premisa 1: Aceptemos por un momento que ni en la derecha ni en la Concertación el conflicto de interés por el negocio de la educación sea gravitante, que efectivamente lo preconizado por  Felipe Bulnes, Harald Bayer y José Joaquín Brunner (“los tres B”) sea pensamiento encarnado: es prioritario favorecer la diversidad de Educación por medio de la iniciativa privada aunque ello implique que parte de los recursos del Estado termine alimentando un negocio.
Premisa 2: La mayoría de chilenos (inclusive la derecha política) no quiere una interrupción del “proceso democrático” (o del remedo de democracia que tenemos).  Eso a pesar de dos datos: una parte importante de la población no se siente representada por las autoridades, aunque hayan sido electas por medio de una normativa vigente; además, la mayoría de jóvenes no votó en las últimas elecciones.
Premisa 3: Aunque para la derecha política sería intolerable pasar otros cincuenta años sin elegir otro presidente, para la derecha económica no es un dato crítico, puesto que el modelo económico se muestra lo suficientemente estable aunque lo administre la oposición institucional (recordar que hay otra oposición a la que no se le ha permitido administrar nada…).
Premisa 4: Los grandes magnates del planeta ya lo detectaron: el flujo de información en el mundo globalizado, por mucho que tienda a confundir, ha facilitado que la gente más humilde tome conciencia de AQUELLO QUE NO TIENE Y QUE OTROS SÍ.  La estabilidad social es inversamente proporcional a ese diferencial (graficado por ejemplo, por el famoso coeficiente GINI).
En la situación actual, sólo un miope político en el gobierno (pocos, creo yo) podría imaginar que el escenario dorado es posible: se mantiene el lucro en educación, la movilización se desgasta y el 2014 todo se ha olvidado y con una buena campaña Piñera le entrega la banda a un correligionario.  Es más fácil creer en el viejo pascuero.
Entonces, vamos viendo los escenarios posibles (algunos más “soft” que otros).
Escenario 1: De acuerdo al análisis del “2° piso”, el gobierno se habitúa a convivir con el conflicto sin ofertar ningún cambio estructural que justifique un repliegue de los estudiantes. Veremos qué pasa durante el próximo Paro Nacional, pero todo sugiere que el malestar con la educación va a ir “contaminando” otras esferas y convertir al país en un hervidero.
En el mejor de los casos (para la derecha), la Concertación capitalizaría ese malestar y retomaría el poder a pesar de su complicidad de los últimos veinte años.  Aunque a los de izquierda eso no nos gusta, a la derecha política tampoco.
Sabiendo que el “amarre electoral” impide el surgimiento de nuevas fuerzas políticas organizadas, el peor de los casos para la derecha podría implicar que algún caudillo populista logre enardecer a las masas hasta desestabilizar al gobierno o simplemente ganar la próxima presidencial.
Dejo fuera la hipótesis de que organizaciones populares logren estructurar una suerte de “revolución” a lo Sandinista, porque creo que no hay tiempo para que eso ocurra antes de la próxima presidencial.
Escenario 2: El gobierno logra encontrar ese “mínimo” de concesiones que aunque le duelen a concho, terminan presionando a los movilizados a aceptar una nueva propuesta.  El mensaje es concluyente: si logras sacar cien mil a la calle durante un par de meses, el gobierno termina cediendo.  No demorarán en saltar nuevas manifestaciones por temas que siguen marcados por la inequidad: la salud de los “cota mil” es muy distinta a la de “abajo de Plaza Italia”, huelgan los ejemplos en la TV todos los días.  El sistema de pensiones cumplió el ciclo de experimentación (30 años) y hasta ahora los pocos humildes que jubilaron están en la ruina, ahora se vienen las jubilaciones masivas con el nuevo sistema y esa será una nueva fuente de conflictos.  Por último, si el capitalismo mundial entra efectivamente en una de las crisis cíclicas, el ambiente se caldeará aún más y será más fácil juntar centenas de miles en las calles con una nueva bandera.
La otra desventaja de este escenario es que el gobierno tendría que asumir el costo económico de esas concesiones, que probablemente le aguarán el negocio a una parte de la derecha económica: no creo que la derecha tenga un capital para seguir resistiendo quiebres internos, por esa vía pierden la próxima elección.
Escenario 3: Sin entendimiento, muere un joven en huelga de hambre o la movilización se polariza con iniciativas más agresivas tales como enfrentamientos con Carabineros, atentados con bombas, autoinmolaciones con fuego, etc…  Este es el “cuco” que manejan algunos en la derecha y por el que llaman “a no ser intransigentes”.  Cualquiera que sea su forma de pensar, lector, es un hecho que es más fácil ordenar a una jerarquía de gobierno que a una heterogeneidad de indignados sociales.  Imaginen el mensaje internacional: el “ejemplo de América” convertida en un descontrol ya sea porque la derecha política no sabe gobernar o porque el “modelito de sociedad” favorece el caos social.  Poco puede preverse de este escenario, desde una dictadura a lo Pinochet hasta un polvorín tipo Libia.
Así  las cosas, el plebiscito podría ser el menor de los males para la derecha.  Está la opción de anunciarlo y terminar postergándolo hasta quién sabe cuándo (igual feo).  Está la opción de hacerlo pero con preguntas menos polarizadas.  Finalmente está la opción de hacerlo y argumentando las bondades del sistema, ganarlo! (de todo se ha visto en materia de campañas para plebiscitos!).
Demás está decir que desde la izquierda trataremos de convencer a los votantes de que el lucro es pernicioso para la educación (no la educación privada per se), pero alinear a los votantes en un plebiscito es más difícil que sacarlos a la calle a protestar, puesto que siempre es más fácil aunar concordancias en lo malo (la educación vigente) que en propuestas (cómo queremos que sea el sistema de educación del futuro).  De ahí que la derecha pueda tener esperanzas con el plebiscito.
Sí, sé que mi raciocinio peca de un simplismo poco aplicable en ciencias sociales, pero nadie aún ha podido justificarme una salida “viable” para la derecha.
Evidentemente, las premisas iniciales pueden ser falsas, pero si así fuera para cualquiera de ellas, el escenario se pone más feo aún para la derecha, casi todas las negativas de mis premisas conducen al caos social: si la derecha está corrompida por sus intereses, si la derecha prefiere interrumpir la “vida democrática”, si el modelo económico no está garantizado ó si ni con una mayor equidad social se puede estabilizar a las sociedades, entonces el futuro simplemente se ve malo.  Yo quiero creer otra cosa.
Jonás Chnaiderman es biólogo Ph.D, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y senador universitario.