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André Jouffé

A 40 años del golpe y la banalidad del mal

André Jouffé | Martes 7 de mayo 2013 16:39 hrs.


Cuando abundan quienes consideran  absurda la realización de actos ayuda memoria con motivo de los 40 años del golpe militar, quiero recordar que han transcurrido casi 68 del fin de la Segunda Guerra Mundial y el tema sigue tan vigente en Europa e Israel.

En estos días fue estrenado en Francia “Hannah Arendt*” de Margarethe von Trotta con Barbara Sukowa, antigua musa de Fassbinder, en el rol de la filósofa alemana.

El film aborda solo el aspecto cuando Arendt se ofrece a la revista “The New Yorker” a cubrir en Jerusalén lo que ella denominó el show mediático en torno al juicio a Adolf Eichmann. El inventor de los trenes y cámaras de gas fue secuestrado en Argentina por el servicio de inteligencia israelí, Mossad en 1960 y el juicio tan falso como el de Nuremberg, comenzó al año siguiente. Hanna hubiese encontrado más justo el asesinato a quemarropa del criminal en tierras argentinas que la faramalla posterior.

El hecho de que el alemán compareciera encerrado en una  capsula de cristal “para proteger a los presentes”, ya le cayó ácido a la filósofa nacida en Alemania y luego residente en Estados Unidos.

Al escuchar al asesino, a quien además ve como un viejo enclenque y resfriado, concluye que el hombre lejos de ser brillante era un burócrata, cuyo compromiso con Hitler fue cumplir la tarea encomendada a la perfección, sin siquiera reflexionar sobre el bien o el mal. Y así lo hizo. En una instancia uno de los jueces exasperado pregunta a Eichmann si pensó en el daño que estaba haciendo y el nazi asume que ni siquiera dio pábulo al pensamiento.

Escribe Hannah: “Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

Si la mitad de sus amistades le quitaron el saludo para siempre a esta ex alumna y amante de Martin Heidegger, por el hecho de no considerar asesino a Eichmann sino como un mediocre, el otro tanto lo hizo por meter el dedo en la yaga en un tema que aun duele.

Porque si bien es cierto que los judíos tuvieron mucha responsabilidad en el mercado negro posterior a la Primera Guerra y cuya hambruna incentivó el nacionalsocialismo, Hannah señala que en vez de realizar actos terroristas contra el nazismo naciente, los judíos alemanes y polacos optaron por rematar sus bienes al mejor  postor y conseguir visas para huir sin siquiera tratar de abortar las pretensiones hitlerianas. Las generaciones actuales israelíes les reprochan a sus antepasados, la cero resistencia física al nazismo y el no querer armar un ejercito judío existiendo en Europa en los años treinta varios millones de jóvenes.

Además de lo dicho, también se critica a Arendt el haber visto el papel de los consejos judíos de forma demasiado crítica. Eichmann había exigido la «cooperación» de los judíos y la había obtenido en «una medida realmente sorprendente». De camino a la muerte, los judíos habrían visto a pocos alemanes. Los miembros de los consejos judíos habrían obtenido de los nazis un «enorme poder sobre la vida y la muerte», «hasta que fueron deportados ellos mismos». Así, por ejemplo, las listas de transporte en el campo de concentración de Theresienstadt fueron realizadas por el consejo judío.

«Este papel de los dirigentes judíos en la destrucción de su propio pueblo es para los judíos sin duda el capítulo más oscuro en toda su oscura historia.», escribió la filosofa. En los campos de exterminio, «en general, las entregas directas de las víctimas para su ejecución [fueron] realizadas por los comandos judíos.» «Todo esto era espeluznante, pero no era un problema moral. La selección  de los trabajadores en los campos la realizaban las SS, que tenían una marcada preferencia por los elementos criminales. El problema moral fue la colaboración de granos [de arena] en la solución final.

Arendt después de la guerra visita a su maestro Heidegger quien justifica su militancia en el partido nacionalsocialista como un ª”acto de un pusilánime ignorante en materias políticas”

Gershom Scholem indicó, algunos meses después de la publicación del libro que escribió Hanna, que echaba de menos un juicio equilibrado. «En los campos se destruía la dignidad de las personas y, tal como dice usted misma, se las llevaba a colaborar en su propia destrucción, ayudando en la ejecución de los demás reclusos y otros actos similares. ¿Y por eso debe estar borrosa la frontera entre víctimas y verdugos? ¡Qué perversidad! Y nosotros debemos llegar y decir que los mismos judíos tuvieron su “participación” en el asesinato de judíos”.

Temas duros y dolorosos a tanto tiempo de los hechos, mientras en Chile, la vorágine electoral en ciernes, actuará como borrón amnésico una vez más para estas cuatro décadas de la noche negra de la historia de Chile.

*(1906-1975)