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Vivir en Santiago: De mal en peor

Columna de opinión por Vivian Lavín A.
Domingo 10 de agosto 2014 13:18 hrs.


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A mediados de 1989, en el Instituto Japonés de Cultura, un especialista nipón ofreció una conferencia sobre lo que su país había hecho para terminar con la contaminación ambiental en Tokio. Si bien aún los niveles de polución no llegaban a lo que había sucedido en Londres años antes, cuando varias personas murieron debido a los altos índices de smog, lo de la capital japonesa iba claramente en esa dirección. Sin embargo, el gobierno de ese país decidió implementar un plan amplio que les permitiera detener cuanto antes una contaminación galopante debido al transporte y  a la actividad industrial.

Una de las primeras medidas que tomó el gobierno japonés fue terminar con la congestión vehicular que iba en ascenso en una ciudad que, como todas las del mundo, tenía un trazado vial que permitía hasta una cierta cantidad de automóviles transitando por ella. Así es como congeló el parque automotriz, de modo que quien quisiera comprar un automóvil de ahí en adelante debía primero adquirir una patente o permiso de circulación para luego adquirir el vehículo. La industria automotriz japonesa, una de las más importantes del mundo, aceptó una decisión que iba en contra de sus intereses. Esta fue una de las muchas medidas que se tomaron entonces, y hoy cuando ya han pasado más de 30 años, se comprende que Santiago debiera imitarla.

Los niveles de contaminación ambiental que se registran en Santiago cada invierno debido al fenómeno de la inversión térmica determinarán en pocos años que dentro de las causas de muerte de los santiaguinos debido a enfermedades como enfisemas, o muchos tipos de cáncer, como el pulmonar, tenían a nuestro aire como uno de los culpables. No es cuestión que el adivino esté trabajando hoy, sino de simple verificación con lo que pasa en otras latitudes y también, de sentido común.

Por cierto que los organismos de quienes viven bajo la nube de smog de la Región Metropolitana deben sufrir otras amenazas, como los rayos UV debido a nuestra delgada capa de ozono. Pero una de las mayores y crecientes agresiones es, sin duda, la calidad del aire y la calidad de vida que se ve afectada por el desplazamiento en nuestra ciudad.

Que las personas tarden dos horas en llegar a sus trabajos cada mañana y que al regresar a sus casas deban disponer de otras dos horas más, a nadie sorprende ya.

Los tacos, como los llamamos, están haciendo que la vida misma se haga imposible a ciertas horas en nuestra capital. Lo de la semana recién pasada cuando muchos de los habitantes de nuestra ciudad debieron permanecer hasta dos horas en medio de una congestión que atravesó al menos a seis comunas, y que no tuvo mayor explicación que la afluencia de automóviles, hace pensar que ya estamos en una situación límite. Ni los puntuales conductores radiales pudieron sustraerse a una fuerza que tenía a millares de personas detenidas, cuando varios de ellos llegaron tarde a los micrófonos en los que comienzan sus programas cada día. Ni qué decir de la cantidad de reuniones suspendidas ni emergencias que no pudieron ser atendidas.

La Costanera norte estaba colapsada y quien ya había ingresado a una de las vías pagadas de nuestra capital, no tendría cómo salir de ella sino hasta horas más tarde. Como ya se está haciendo habitual, de esto no se dijo mucho en los tradicionales medios de comunicación, en su mayoría silenciados por las empresas de relaciones públicas de las concesionarias capitalinas. Esfuerzo que no pudo acallar la indignación que manifestaban los automovilistas en las radios que les daban micrófono al aire y menos, en las redes sociales que estallaban en insultos hacia las empresas que seguían cobrando su tarifa más onerosa a quienes ni siquiera podían desplazarse a través de ella.

La calidad de vida en Santiago está sufriendo un cambio negativo acelerado. Eso se está traduciendo en personas que sufren dolencias mínimas, como dolores de cabeza constantes que las farmacias de cada esquina pueden solucionar, por ahora. Pero también niveles de tensión y nerviosismo ascendentes y que se traducen en un alto ausentismo laboral como también licencias médicas.

Autopistas concesionadas que colapsan y no dan el servicio prometido, a pesar de que siguen cobrando sus tarifas. Un sistema de transporte público deficiente con buses que no tienen un horario preestablecido. Ciclovías que no permiten a los ciclistas conducir con seguridad por las calles de la ciudad, a excepción de un par de ellas.

Se supone que quienes gobiernan debieran estar preocupados por la felicidad de su pueblo. Basta ver los rostros de quienes se desplazan por la ciudad, desde automovilistas imprudentes y groseros hasta tristes pasajeros que ni siquiera tienen espacio para abrir un libro de bolsillo, para darse cuenta que los santiaguinos no son felices. Ni qué decir de los sueldos, que no alcanzan a estirarse hasta fines de mes si no es por las múltiples tarjetas de crédito que permiten el endeudamiento irresponsable. Vaya uno a enfermarse…que si es grave, mejor que sea algo fulminante, sino la familia queda en la ruina.

Definitivamente, esto no es vida o no es la vida que queremos y, como una condena,  vamos de mal en peor.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.