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Año XVI, 23 de julio de 2024


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Confusión de identidad

Columna de opinión por Jaime Hales
Jueves 20 de noviembre 2014 9:14 hrs.


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La Democracia Cristiana nace del acuerdo entre la Falange Nacional y los social cristianos, tomando básicamente las posturas centrales del grupo que en 1937 se rebeló contra el Partido Conservador: ir más allá de las alternativas que ofrecían al mundo el marxismo y su modelo estatista y el liberalismo y su modelo capitalista. Las posturas políticas posteriores fueron agudizando la posición anticapitalista, lo que resultó de las nuevas modalidades del liberalismo en el mundo, que han ido conduciendo a los modelos de alta concentración y aguda injusticia que campean hoy en América Latina. No es posible para un demócrata cristiano ser partidario del capitalismo. Su modelo no es el estatismo ni el comunismo, sino el comunitarismo, es decir un sistema en el cual, desde el valor de la fraternidad se estructuras las relaciones políticas, sociales y económicas. Ello no significa erradicar ni la vida privada ni la libertad ni tampoco eliminar el Estado. Se trata de poner el Estado al servicio de las personas organizadas y canalizar la iniciativa privada en todos los campos hacia un beneficio no sólo de un inversionista sino de todos los involucrados en el proceso productivo. Sobre todo es una cuestión moral: la revolución, nos dijo Mounier, será moral o no será revolución.

Los demócrata cristianos somos “revolucionarios”, en el sentido de que queremos cambiar el modelo social imperante y la discusión entre “estatistas” y “capitalistas” y ésas han sido las propuestas de Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, Bernardo Leighton y Jaime Castillo Velasco. Ese cambio, ejecutado en forma gradual y sobre la base del respeto a los derechos humanos, debe ser profundo y sustancial, abarcando todas las áreas del quehacer humano.

En busca de ese eje y esa propuesta, algunos se instalan desde la realidad actual como si fuera intocable o una verdad revelada por algún dios politizado y construyen una iglesia nueva: la del sincretismo liberal cristiano, una manera de decir que se quiere ser demócrata cristiano pero adhiriendo al liberalismo capitalista y sus valores. Ser demócrata cristiano para esas personas es ser un liberal con sensibilidad social, ser buenito, no querer romper estructuras ni alterar la voz por las demandas urgentes de las mayorías que se sienten explotadas (palabra que no gusta mucho al mundo del desorden establecido). Ser demócrata cristiano es sentirse centrista, ni por el cambio profundo y sistemático, ni tampoco por la mantención de todo igual.

Cuando Walker y otros se declaran partidarios de un capitalismo moderado (que no es lo mismo que aceptar como mal menor moderar el capitalismo mientras avanzamos hacia el objetivo), cuando se repugna de la tesis de la unidad del pueblo, cuando se renuncia a ser un movimiento de vanguardia en la propuesta de transformación social, cuando – siguiendo esa línea – se quiere romper la actual alianza política para buscar una con la “centro derecha”, entonces se tiene una confusión: tal vez ellos sean social cristianos del estilo de los que se quedaron en el Partido Conservador en 1937, pero nada tienen que hacer en una organización política que no ha nacido para administrar un sistema, sino para transformarlo. Es bueno que repiensen su pertenencia y busquen aleros del estilo del PP español en movimientos de gente que quiere renovar a la derecha, como Fuerza Pública (no es el grupo especial de carabineros), Amplitud o Evópoli.

Cuando, para justificar sus dichos, el ex candidato a diputado por la Democracia Cristiana (2 veces y ambas derrotado) Iglesias Sichel formula declaraciones en esta radio, se afirma en la búsqueda de este acuerdo que sugiero en las líneas precedentes, pero quiere hacerlo con toda la DC. Está claro que él tiene una confusión de identidad grave, profunda, que puede terminar abarcando mucho espacio político. Lo peor es que para sostener la sinuosa línea con la quiere derechizar a la Democracia Cristiana ataca a Ricardo Hormazábal y el movimiento interno de la DC que ha iniciado: lo acusa de estatista y compara sus propuestas con las de la vía armada de los socialistas, el muro de Berlín y otras por ese estilo. Está bien: eso es lo que son capaces de entender las personas a las que está sirviendo de vocero, quienes no escuchan y no leen más que a sí mismos y los cantos de sirena que bajan desde la pre Cordillera santiaguina.

Confusión de identidad, carencia de ideas, defensa de intereses, reubicación en la sociedad. Eso quieren los que se han ido acomodando en los salones, creyendo que los toman en serio, contentos de que cierta prensa y la TV les dé tribuna.

La construcción de un nuevo orden social reclama más claridad en las opciones. Aunque eso demore llegar a la meta. No importa, cuando se tiene identidad clara, cada gesto, de cada día, es un acto de transformación del mundo.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.