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Vivir en pobreza

Columna de opinión por Ignacia Fernández
Viernes 7 de septiembre 2018 10:18 hrs.


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A propósito de la reciente entrega de los resultados de la Encuesta CASEN 2017 y el debate en torno al salario mínimo, mucho se ha discutido sobre las cifras y montos de ingresos necesarios para que una familia supere su condición de pobreza. Poco nos detenemos, no obstante, a reflexionar sobre qué significa vivir en pobreza, sobre cómo se vive la pobreza.

Hace unos años tuve la oportunidad de entrevistar con un grupo de mujeres de distintas regiones del país (Metropolitana, Valparaíso y Los Ríos), madres de hijos en edad escolar, que viven en situación de pobreza. Nos reunimos cada seis meses durante dos años y medio para conversar sobre sus estrategias de sobrevivencia y sus proyectos de futuro.

Cada entrevistada tiene una historia única y particular, pero en sus relatos se repiten las mismas precariedades y dificultades. Casi todas han sido madres muy jóvenes, hijas de madres muy jóvenes y algunas, ya abuelas, una vez más, de sus hijas que repiten el mismo patrón intergeneracional. Muchas de ellas, por estas mismas razones, no terminaron sus estudios y enfrentan constante dificultades para encontrar trabajo. Ninguna tiene un empleo formal (con contrato de trabajo). La mayor parte de ellas tampoco lo ha tenido nunca. Viven en un contexto de extrema precariedad material, con pocos amigos, con mucha desconfianza de sus vecinos, de las instituciones, del Estado. Lo que es más complejo aún, no tienen sueños, proyectos, ni expectativas de un futuro mejor. Solo proyectan en sus hijos, lo que ellas no son capaces de imaginar ni construir para su propio futuro.

A pesar de su situación, todas ellas y sus familias son beneficiarias de programas sociales públicos, destinados justamente a apoyar a la población que aún vive en situación de pobreza extrema en nuestro país. Aunque llevan muchos años recibiendo “ayuda”, ellas perciben una abismante distancia entre sus aspiraciones y necesidades y el tipo de respuestas que les ofrece el Estado para satisfacerlas.

Urge hacer algo para ofrecer más y mejores oportunidades a mujeres con historias como las que acá referimos y sus familias. Necesitamos innovar en respuestas de política pública, porque las respuestas que hasta ahora hemos ofrecido, no están siendo suficientes. Hay muchas experiencias interesantes sin ir muy lejos en América Latina de las que podemos aprender, pero tenemos que comenzar por abrir los ojos a la existencia de un problema que Chile, con su buen comportamiento macro en el escenario regional, ha decidido invisibilizar.

 

Ignacia Fernández es Directora Ejecutiva Rimisp – Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.