Diario y Radio U Chile

Año XII, 23 de septiembre de 2020

Escritorio MENÚ
Yolanda Acevedo

Educación, dignidad y patrimonio

Yolanda Acevedo | Miércoles 11 de diciembre 2019 14:04 hrs.


“Para acceder a la reflexión, será necesario primero atravesar las zonas de desolación en las que la cotidianeidad más bien parece atascarse o perderse.”[1]

La educación, sustantivo femenino, es la acción o el conjunto de ellas destinadas a desarrollar en la persona su capacidad intelectual, una determinada facultad o el carácter. También se define como conocimiento de las costumbres y buenos modales conforme a ciertas normas y costumbres de la sociedad, por lo que antiguamente, en tiempos de una buena educación pública se decía “persona sin educación”, cuando se percibía un mal comportamiento. La educación es función del hogar, de la familia, del jardín infantil, del Colegio y de la Universidad, porque como dicen por ahí “Todos educamos”.

La dignidad, sustantivo femenino, proviene del latín dignitas, esto es cualidad de digno. Digno o digna, dignus en latín, quiere decir que merece lo que se expresa. Que se comporta con responsabilidad, seriedad y respeto o que inspira respeto. Decente, no humillante: una cosa digna. ¿Qué situaciones, qué vida tan indigna tienen que soportar nuestros conciudadanos, los jubilados, los niños del Sename, los profesores del Sistema Municipal, los profesionales del sistema de Salud Pública, los profesionales en general desde que los Colegios Profesionales dejaron de tener tuición ética?

El patrimonio, sustantivo masculino proveniente del latín patrimonium, es el conjunto de bienes que una persona hereda de sus ascendentes o por cualquier otro procedimiento. En Derecho, es el conjunto de los bienes, derechos y cargas de una persona. ¿Cuándo nuestros niños han recibido formalmente la posesión de su patrimonio histórico, cultural? ¿Dónde y cuando hemos transmitido  la posesión de los bienes y derechos de la nación?

Qué dolor reviene a mi alma al recordar la década de los ochenta, período en el que se destruyó el sistema universitario. Un testimonio periodístico de ese plan es un artículo publicado en el diario Fortín Mapocho de lunes 25 de enero de 1988, titulado “Comunidad Científica se pondrá de pie contra el Plan destructor de Universidades”. En ella, el Vicepresidente de la Sociedad Chilena de Matemáticas  Dr. Rolando Rebolledo da cuenta del Plan de defensa del Desarrollo Científico que la Sociedad de Matemáticos propondría a las 25 sociedades científicas de Chile ante la embestida del plan Federicci.

Años mas tarde, enfrentada ya la desazón y gracias hoy al ágil relato periodístico presentado por María Olivia Monckeberg en “El mayo de los Pingüinos” de las periodistas Andrea Domedel y Macarena Peña y Lillo (premiado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura con la beca Creación Literaria 2007) rememoramos las batallas de nuestros estudiantes.

Qué vergonzante episodio de la democracia, del Gobierno y del Estado fue el que nuestros estudiantes en las calles expusieran sus vidas por no disponer de un patrimonio que los protegiera, cuidara y velara por su futuro.

Más adelante, en mayo de 2011, vivimos el año de las movilizaciones estudiantiles, que durante casi siete meses remeció las conciencias de nuestra sociedad y las bases de la misma institucionalidad en demanda de cambios profundos en las políticas educativas en el país.  “Para la historia, este movimiento estudiantil es recordado –a diferencia del movimiento contestatario de los años sesenta-, como un movimiento propositivo. Así los estudiantes, no obstante las diferencias al interior de su organización a nivel nacional, provenientes de diversos planteles -estatales y privados- y orígenes culturales, lograron exponer al país con una visión integral y holística una propuesta sólida y concreta basada en doce puntos esenciales para una nueva educación”.

Producto de la sólida convicción de la propuesta estudiantil, es hoy un consenso para todos que la educación es un derecho que el Estado debe no solo garantizar, sino que promover y asegurar. Como éste, los movimientos ciudadanos que han despertado a nuestra sociedad solo deben ser entendidos como un buen síntoma del nivel de conciencia de nuestros jóvenes y de gran parte de la ciudadanía. Como bien lo explica el historiador Gabriel Salazar, para quien estos movimientos sociales no serían de naturaleza intrínsecamente violenta, como si lo sería una revolución. Los hechos nos han vuelto a interrogar acerca del estado general de nuestra república, sobre las transformaciones que sería necesario introducir responsablemente para ir fijando y proyectando con ecuanimidad nuestro destino y dar un salto significativo hacia la equidad y hacia un nuevo estadio de desarrollo humano como país. “Como académicos, y como universitarios y ciudadanos, nos queda claro que cambiar las estructuras para una mejor convivencia en sociedad, en cualquier nivel, parte por una transformación profunda en la conciencia en las personas. Y esto se va a ir dando en la medida en que todas las necesidades básicas de subsistencia, de afecto y de educación vayan siendo cubiertas”, señalan Rodrigo Lagos y Leonardo Seguel con fecha 25 de diciembre de 2011 en El Mostrador.

Finalmente, considero que una ciudadanía bien educada, en consecuencia digna, es capaz de responder por su patrimonio y de reconocerse en su patria.

“Patria es el amor a mi hogar, mi mujer y mis hijos. Es amor a la tierra que me ha ayudado a vivir; es el amor a la educación y al trabajo; es amor a los demás que trabajan por el bienestar común; es amor a la justicia como instrumento del equilibrio para la dignidad del hombre; es el amor a la paz para gozar de la vida; el amor a la libertad, no al libre albedrío, no a la libertad de unos para vivir de otros; sino la libertad de todos. La libertad para que yo exista y existan mis  hijos, y mi hogar y el barrio y la ciudad y los pueblos y todos los contornos donde nos ha correspondido forjar nuestro destino. Sin yugos propios ni yugos extranjeros.” Víctor Jara en la Revista Ritmo del 25 de Septiembre de 1973, bajo el título “Los folkloristas hablan de los valores patrios”.

[1]Paul Ricoeur en Humberto GIANNINI: “La reflexión cotidiana”. Ed. Universidad Diego Portales 2013