Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 4 de octubre de 2022

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Proceso Constituyente

Plebiscito de salida: Dar vuelta el tablero

Columna de opinión por Camila Ríos Puebla, Fundación Plebeya
Viernes 26 de agosto 2022 11:02 hrs.


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A dos semanas del Plebiscito de Salida del Proceso Constituyente Chileno hay un clima enrarecido, y alta incertidumbre sobre el futuro. Se puede constatar que el flujo de energía que irrumpió el 18 de Octubre del 2019, que permeó a las instituciones y a las autoridades más conservadoras del país de una -circunstancial- “conciencia social” y de un aparente discurso de transformación política inusitado, se encuentra en una pausa que rápidamente fue aprovechada por los sectores del Rechazo: la instalación del discurso del miedo que poco a poco se ha tomado la agenda pública, fijando los medios de comunicación los temas que supuestamente más interesan a la gente y que “azarosamente” están directamente vinculados con una mirada reaccionaria sobre los cambios y con la agenda de la derecha chilena.

Por ejemplo, los defensores del Senado han regresado, sin complejos, de cara al país, los mismos senadores han dicho lo importante que es el Senado para la República de Chile. Usamos la fuerza pública para quitar los toldos azules y restablecimos el orden en el barrio Meiggs. Ante el conflicto en la Región de la Araucanía, extendimos el estado de excepción constitucional, condenamos la violencia y aplicamos la ley de seguridad del Estado.  En paralelo, el Ministro de Hacienda invitó a  confiar en el Banco Central y planteó que ante la crisis económica global y el período de estanflación debemos ser serios y responsables con los gastos y no despilfarrar los ahorros ni ingresos del Estado, por lo que se será austero con las ayudas sociales.

La convención constitucional ha pasado a engrosar la lista de las instituciones cuestionadas de nuestro país y con baja credibilidad y el plebiscito de salida, parece ser un hito electoral más de los que cotidianamente vivimos. Nadie sabe dónde están los convencionales constituyentes, los partidos políticos los dejaron caer hace un rato y se les acusa de ensuciar el proceso, incluso se les ha dicho públicamente que su imagen es perjudicial a la opción del Apruebo. Mientras, dicha campaña, está llena de senadores, diputados, diputadas y presidentes de partidos políticos en las franjas televisivas, y paseándose por los medios de comunicación defendiendo su opción, como si fuesen los paladines de la legitimidad política, la credibilidad y la confianza ciudadana. Por otro lado, el rol del mundo independiente ha sido sorpresivamente socavado, aparentemente, han pasado de ser los protagonistas de la renovación política en nuestro país, a convertirse en los seres más espurios de la sociedad.

Como consecuencia de todo esto, los partidos políticos de centro-izquierda acordaron las bases de aquellas materias que se deben aclarar -dicen ellos- en la nueva constitución si es que triunfa el Apruebo. Cabe decir que es la “aclaración” cupular más conservadora posible sobre materias como pensiones, salud, educación y plurinacionalidad, y por tanto, más parece la forma de sacar provecho político de una verdad que se ha construido por la elite, los medios de comunicación y las encuestas: que los indecisos son los moderados y que estarían esperando una señal desde el Apruebo que dé certidumbre del proceso, mirando hacia el centro político-electoral.

Este listado de hechos constata una realidad sobre la acción política institucional de los partidos políticos y las autoridades del país, que se han enfocado en la mera administración de las instituciones y no -todavía- en la conformación de un Gobierno de cambio. Por ello, se vuelve legítima la preocupación por desaprovechar la oportunidad que hoy día tenemos de realizar cambios profundos en nuestro país, de correr los límites de lo que se nos ha dicho que es posible, de iniciar este nuevo ciclo poniendo en el centro a la ciudadanía, a la gente común, que ha soñado y se ha movilizado por cambiar Chile, con una nueva forma de hacer política, una nueva institucionalidad, y un nuevo pacto social que estructure el orden que construiremos y redistribuya el poder.

El proceso constituyente no termina el 4 de septiembre con el Plebiscito de salida, sino que lo supera y no se ve a las autoridades, a los convencionales, al Gobierno, ni a las cúpulas de partidos políticos proponiendo una mirada de futuro para este camino. Más bien, se les ve preocupados de que, sea cual sea el resultado del Plebiscito de salida, nuevamente, en el peor de los casos, ganen perdiendo: es decir, se mantengan en el poder, sostengan sus privilegios y su capacidad de incidir sobre el futuro de Chile. Se encuentran ensimismados en la acumulación de fuerza propia, sin siquiera que sea necesario tener claro el para qué; en la estrategia del movimiento de fichas, sin entender que esas fichas, mañana podrían no significar nada, si cambia el tablero.

Están encerrados en la disputa de poder, en el ajedrez de la política, desaprovechando el momento histórico de comenzar a construir un nuevo Chile, sin darse cuenta que los supuestos movimientos que hacen en el tablero no tienen ninguna fuerza ni sentido, porque sus piezas no representan a nadie, sólo a ellos, lo hacen con solo una pieza: el rey, que perciben como ellos mismos y mientras estén en el tablero no importa nada más. Por eso, no hay forma de entender el protagonismo y desborde popular y ciudadano del proceso, sin dar vuelta el tablero, abrirlo y superarlo, de manera que el Rey sea el pueblo y su voluntad, nada más.

Esta lógica, me recuerda a Luciana Cadahia, académica y filósofa, quien plantea la posibilidad de la dialéctica hegeliana como expresión de lo femenino no totalizante, que entiende la dialéctica entre fuerzas que construyen una hegemonía y una contrahegemonía no como un cierre identitario desde sí y para sí mismo completo, sino que esa relación es posible porque nunca está cerrado completamente y se da una lógica del no-todo, lo que permite la existencia de una otredad. Esta lógica es contraria a la masculina y totalizante, que ha oprimido y excluido históricamente lo femenino de la política. Pero su importancia radica en la posibilidad contingente de construir un nuevo orden hegemónico y en la verificación de que la política no solamente se construye en la esfera institucional.

Hoy tenemos esa opción, pero para ello, debemos superar la lógica totalizante y suplantadora masculina que se encuentra operando en el debate público y que se constata con lo señalado anteriormente sobre la idea de cierre y exclusión a las demandas, las consignas, los actores y todo cuanto pudiese acercarse a encarnar las fuerzas del 18-O y su irrupción popular, pero hablando ellos -los mismos de siempre- a nombre de la gente y las demandas de dicho proceso. Sin embargo, a pesar de los intentos de cierre y suplantación, las fuerzas impugnadoras, el impulso de cambio profundo sigue allí latente, porque el proceso que vivimos es irreversible por la experiencia de fuerza en la acción colectiva de la gente común que profundizó la grieta en el orden establecido.

Para superar ese orden, no basta la crisis política y social, debemos hacer una propuesta de futuro que plantee un camino diferente -no totalizante, no suplantador ni del reemplazo político- una forma de hacer las cosas y de construir la política diferente al orden hegemónico, debemos emanciparnos del rol que se le ha asignado a lo femenino en nuestra sociedad para también emancipar al conjunto de la sociedad. Allí donde se ha relegado al ámbito privado “lo femenino” entendido como lo irracional, lo sensible, y el desorden, debemos perder el miedo y reivindicar la irrupción de esas energías que surgen desde nuestro fuero privado al ámbito público, no debemos temerle a que se apropien del proceso constituyente, desborden el proceso constituyente y lo doten de una nueva radicalidad. Hoy día, existe una fuerza que no se ha logrado controlar ni subordinar a los poderosos, que aún se encuentra latente, que no se puede sustituir y que es la única que puede salvar el proceso constituyente: el pueblo.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.