Quiero agradecer a quienes han hecho posible este seminario en homenaje a Bernardo Leighton a 50 años del atentado que sufrieron él y su esposa Anita Fresno aquí en Roma. Recordar este crimen nos evoca un tiempo aterrador y la forma de operar de la dictadura. Sin embargo, a la vez nos hace revivir un tiempo conmovedor: la infinita generosidad y solidaridad de Italia para con el sufrimiento que tantos chilenos padecieron entonces, así como la profunda similitud entre Italia y Chile en el pensamiento y el debate políticos, en ese momento en el que tantos caminos que llevarían a una vida más feliz y a un orden social más justo resultaban tan verosímiles.
Quiero hablar como alguien que, habiendo vivido esa época, hoy debe ofrecer un testimonio, que entiende que su vida y la de su generación se vieron profundamente afectadas por lo que entonces ocurrió, y cuyo dolor por la pérdida de amigos entrañables y por la suerte de la sociedad chilena nunca se atenuará. Permítanme comenzar este homenaje a Bernardo Leighton diciendo algo sobre el devenir político que llevó a la dictadura porque solo así se entienden su lucidez e integridad. Lo hago hablando de esa época como se puede ver ahora, no como se sentía entonces.
Chile fue el primer y único país en llevar a cabo una idea que se discutía en todo el mundo: una transición al socialismo mediante elecciones y preservando el orden democrático representativo. Quizás para Chile el proyecto de Allende de transición en democracia al socialismo era, apenas exagerando, casi inevitable, por lo que respecta tanto al socialismo como a la democracia.
Era casi inevitable en cuanto al socialismo porque de una u otra forma la Unidad Popular y la Democracia Cristiana proclamaban valores de equidad, participación y justicia social, y ambos sectores en conjunto representaban la gran mayoría de los ciudadanos. Era notable el compromiso político y tradición organizativa de trabajadores, estudiantes, intelectuales, campesinos, profesionales. Por su parte, el sistema público, base del igualitarismo, en Chile era confiable y bien estructurado, notablemente en educación y salud. Sin embargo, la muy marcada inequidad en la distribución de la riqueza se traducía en una cotidianeidad de niños desnutridos o viviendas de pobreza extrema, ante cuya presencia que era difícil ser insensible.
Era casi inevitable en cuanto a la democracia, porque Chile prácticamente no había conocido golpes de estado y porque la idea de los procesos electorales como mecanismos para validar opciones era indiscutido: desde los ocho años los niños chilenos votábamos para elegir el presidente del consejo de curso. Digamos de paso que Allende jamás se apartó ni podría haberse apartado, del camino democrático.
Pero, por otra parte, si lo vemos desde la lógica de la política global de esa época, el proyecto de transición al socialismo por vía electoral era, apenas exagerando, casi imposible. No se podía permitir que la experiencia chilena influyera decisivamente en países como Italia y Francia. Un muy importante estadista, quizás el político más determinante del mundo en esos años, así lo señala explícitamente en sus memorias.
Por lo tanto, para Chile, la transición al socialismo en democracia era al mismo tiempo casi inevitable y casi imposible. Casi inevitable por la política chilena, casi imposible por la política mundial.
Y en ese contexto, en ese camino estrecho y tortuoso, es donde la trayectoria y posicionamientos de Bernardo Leighton resultan admirables. A continuación expongo tres considerandos.
Pareciera que en 1973 era difícil asumir como principio de realidad que se iba cuesta abajo hacia un golpe de Estado, y que esa rodada se aceleraba con el distanciamiento entre izquierda y Democracia Cristiana. La importancia de mantenerlos separados para facilitar el golpe se evidencia, por ejemplo, en el insólito y equívoco asesinato de una gran figura democristiana, Edmundo Pérez-Zujovic. Tampoco se supo valorar que para que Allende llegara a la presidencia en 1970, la Democracia Cristiana había votado por él contra el candidato de la derecha en un balotaje que según la ley chilena del momento era parlamentario.
En ese momento se generó una tensión inédita en el país pues mientras hacia la izquierda radicalizada había tentaciones maximalistas, hacia la derecha radicalizada se promovió un boicot a la producción y al abastecimiento buscando un clima en el que la ciudadanía amedrentada quisiera retornar al orden y la seguridad a cualquier precio. Peor aún, con tal de no volver a sentirse amenazados, tolerarían después los excesos de la dictadura.
Dos percepciones equivocadas de políticos democráticos resultaron críticas. De un lado, quienes parecieron no comprender que lo más importante era impedir que potenciales dictadores y torturadores, que los habrá siempre, llegaren a expresarse como tales mediante un golpe. De otro lado, quienes cayeron en un autoengaño peor: la ilusión de que, si bien deponer a Allende era inevitable y había que apoyar ese golpe, rápidamente se volvería a la democracia.
No quiero minimizar las diferencias entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, no quiero afirmar, ironizo medio siglo después, como no entendimos que éramos tan parecidos. Por el contrario, quiero enfatizar que las diferencias eran reales y muy profundas, y que involucraban desde la economía al ethos de la sociedad. Y no quiero minimizar esas diferencias porque lo que quiero afirmar con la mayor fuerza posible es que esas diferencias enormes, no eran nada, no eran absolutamente nada, en comparación con las diferencias entre cualquiera de esos dos modelos de sociedad buscados respectivamente por la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, contrastados con aquél que impondría el régimen dictatorial que sobrevendría. Son órdenes de magnitud.
Y ahora llego en pleno a Bernardo Leighton. Leighton tuvo la lucidez extraordinaria de no caer en esas tantas percepciones erradas a las que hemos aludido.
Primero, el error de no asumir que había un golpe en marcha y que había que hacer cuanto fuere posible por evitarlo, y que eso requería un entendimiento entre la Democracia Cristiana y el gobierno. Debo mencionar aquí, junto a Leighton, al Cardenal Raúl Silva Henríquez, quien lideró esos esfuerzos, y quien fue un valiente defensor de la democracia y posteriormente figura principal en enfrentar al régimen.
Segundo, el error de no asumir que el régimen que sobrevendría al golpe sería terrible, y así fue, pues trajo el cierre del congreso, el fin de la de la democracia, y una cotidianeidad de tortura y de detenidos desaparecidos. Digamos que Leighton, inmediatamente después del golpe de Estado, firmó con otros doce democristianos una carta de rechazo al golpe y a la disolución del congreso, lo que le valió el exilio.
Tercero, el error de no asumir que era un autoengaño pensar que el Golpe sería rápidamente reversible, autoengaño en el que Leighton nunca cayó. En retrospectiva, eso era imposible, en parte porque quienes habían actuado con tanta crueldad no devolverían el control a quienes podrían cobrar venganza; pero fundamentalmente porque, en el caso de Chile, la dictadura cívico-militar, y enfatizo no la parte militar sino la parte civil, los economistas de Chicago, se propuso cambiar la estructura socioeconómica y cultural del país, lo que requeriría de años.
Cuarto, el error de no asumir que una vez ocurrido el golpe de estado había que, de nuevo, intentar unir a todas las fuerzas que se oponían a la dictadura para poder generar una estrategia exitosa y recuperar la democracia. Leighton fue uno de los principales impulsores del acuerdo entre quienes querían poner fin a la dictadura.
Quiero terminar leyendo, en homenaje a Bernardo Leighton, una cita de uno de los libros cuya lectura a mí más me ha conmovido. Se trata de La Jornada de un Escrutador de Ítalo Calvino. El libro trata de un militante de izquierda, apoderado de mesa durante las elecciones parlamentarias italianas de 1953, que observa atentamente el proceso de votación, de ahí el juego de palabras en el título. La cita que dedico a Leighton describe la reflexión que el escrutador hace al constatar la precariedad física de mesas, cámaras secretas, lápices, cuadernos y cédulas:
«La democracia se presentaba a los ciudadanos bajo esta apariencia humilde, gris y desnuda. A ratos, a Amerigo esto le parecía sublime… le parecía ser la lección de una moral honesta y austera, y una perpetua y silenciosa revancha sobre los fascistas, sobre los que habían creído poder despreciar a la democracia precisamente por esta sordidez externa, por esta humilde contabilidad, y habían mordido el polvo, envueltos en bandas y lazos, mientras ella, la democracia, con su desnudo ceremonial de pedazos de papel doblado como telegramas, de lápices confiados a manos callosas o inseguras, seguía su camino.»
Hoy rendimos homenaje a Bernardo Leighton, un hombre que durante toda su vida defendió la democracia ejercida por esas manos callosas y temblorosas. Contra Bernardo Leighton dispararon otras manos, las de quienes creen que son ellos quienes han de imponer por la fuerza y la muerte sus propias voluntades. A Leighton quisieron matarlo precisamente porque él pretendía que fueran las manos de chilenas y chilenos, mediante el voto, las que volvieran a decidir el mejor futuro para ellos, su familia y su país.
Ese es el legado que deja Bernardo Leighton: preservar o recuperar la democracia y la paz, las que siempre están en un equilibrio frágil. Quizás en el momento que estamos viviendo, cincuenta años después, el mensaje de Leighton resulte más dramático que nunca: que a través de la democracia y la paz seamos todos nosotros quienes decidamos un futuro colectivo.
Gracias.

