El poder político de las mentiras: de Israel a Chile

  • 10-12-2025

En tiempos de desinformación digital solemos creer que las fake news son un invento reciente, propio de redes sociales y algoritmos inquietos. Pero hay ficciones mucho más antiguas, profundas y peligrosas que cualquier cadena de WhatsApp: aquellas que se instalan como verdades culturales, se enseñan durante generaciones y terminan justificando, con aire solemne, decisiones políticas devastadoras. 

Yuval Noaḥ Harari, en “Nexus”, recuerda un hecho incómodo: la identidad judía moderna —la misma que hoy sostiene buena parte del discurso oficial de la invasión de Israel en Palestina— se articuló a partir de relatos ficticios construidos a inicios del siglo XX, no de registros históricos verificables. 

Por un lado está Jaim Bialik, poeta judío ucraniano, quien en 1903 recopiló y publicó leyendas rabínicas y mitos dispersos en Sefer HaAggadá. Su objetivo era cultural: dar continuidad emocional a un pueblo fragmentado. No escribió historia; escribió poesía y, de paso, una memoria simbólica. Lo que produjo fue una narrativa cohesionadora, poderosa, pero esencialmente ficticia. 

Por otro lado, está Theodor Herzl, cuya obra El Estado Judío” (1896) transformó ese sustrato literario en un programa político. En su manifiesto, Herzl afirma que un pueblo moderno tiene derecho a un territorio porque sus antepasados lo habitaron hace milenios. No aporta pruebas arqueológicas ni análisis demográficos; propone una idea. Una convicción. Una ficción compartida elevada a fundamento territorial. 

La combinación fue decisiva: Bialik aportó el mito; Herzl, el proyecto; el siglo XX, las condiciones para convertir ambos en el Estado de Israel. 

Pero esa arquitectura simbólica, que alguna vez funcionó como ancla identitaria, hoy opera como justificación moral para una violencia que ha alcanzado dimensiones atroces. El 27 de noviembre de 2025, Amnistía Internacional denunció que el genocidio contra el pueblo palestino en Gaza continúa sin freno, pese al alto el fuego anunciado semanas antes. Según la organización, las fuerzas israelíes “mantienen condiciones letales sistemáticas”, impiden el ingreso suficiente de ayuda humanitaria y ejecutan ataques que siguen causando muertes masivas de civiles. La secretaria general, Agnès Callamard, lo afirmó sin eufemismos: “La maquinaria genocida continúa operando”. 

Nada de esto se sostiene en datos, ni en derecho internacional, ni en un análisis proporcional de los hechos. Se sostiene, nuevamente, en la fuerza de una narrativa: la idea mítica de “derechos ancestrales”, de un pueblo elegido, de una legitimidad histórica que debe imponerse incluso a costa de la vida de quienes hoy habitan Gaza. Lo que Harari llama “realidades intersubjetivas” —relatos que existen solo porque muchos los creen— se han transformado, en este caso, en un arma. Una ficción fundacional usada para legitimar un genocidio contemporáneo. 

Y conviene prestar atención, porque estas dinámicas no siempre quedan tan lejos.

Chile: cuando la ficción se vuelve campaña 

En plena segunda vuelta presidencial, Chile vive su propia disputa por el sentido común. El candidato José Antonio Kast despliega un mecanismo inquietantemente familiar: construir un país ficticio para justificar un proyecto real

En su relato, Chile está al borde del colapso; la democracia se desmorona; la economía se hunde; y solo un liderazgo fuerte puede “recuperar el orden”. La dictadura de Augusto Pinochet reaparece presentada como un éxito económico, los abusos del pasado se minimizan o se relativizan, y el miedo —otra vez— se utiliza como evidencia. Es, nuevamente, el poder de la ficción operando sobre el sentido común. 

No importa que los datos contradigan por completo ese diagnóstico: que el crecimiento económico supere el 3%, el más alto en quince años; que los delitos graves, incluidos los homicidios, hayan disminuido; que la inversión extranjera muestre un repunte sostenido; o que el sueldo mínimo haya alcanzado un aumento histórico. 

No importa tampoco que la democracia actual sea incomparablemente más estable, participativa y transparente que el periodo que Kast pretende reivindicar. Lo que importa es la narrativa: un país en ruinas que necesita autoridad. 

Ese mito político, si no se cuestiona con rigor, puede pavimentar decisiones graves. 

La historia enseña —y Gaza lo recuerda con urgencia— que cuando las ficciones se transforman en sentido común, quienes pagan las consecuencias son siempre los más vulnerables. Las fake news no son solo mentiras: son dispositivos de poder. Pueden inaugurar proyectos. Pueden destruir sociedades. Pueden abrir la puerta a tragedias que, como tantas veces, se lamentan demasiado tarde. 

En Chile, tanto el gobierno actual como los anteriores han hecho un trabajo de memoria insuficiente y disperso, incapaz de instalar un relato sólido sobre nuestra propia historia reciente. Esa falta de conducción política y pedagógica dejó terreno fértil para que sectores organizados reescribieran el pasado a su medida: una dictadura convertida en “orden”, un modelo económico que incrementa la desigualdad presentado como milagro y un país fracturado reconstruido como nostalgia autoritaria. Cuando la memoria institucional es débil, la ficción avanza sin resistencia. 

Chile todavía está a tiempo de distinguir entre análisis y propaganda, entre memoria y mito, entre datos y ficciones útiles. 

Pero el tiempo corre. Y la política no es un territorio inmune a las ilusiones. 

Cuando los relatos se imponen sobre la realidad, no solo se distorsiona el debate: se define el futuro. 

Y, como hemos aprendido una y otra vez, los países no se derrumban por falta de argumentos, sino por exceso de ficción.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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