A Enrique Paris Roa

  • 10-09-2026

* El texto de María Eugenia Paris Horvitz corresponde a las palabras que entregó en la inauguración de la Plaza de la Memoria, Campus Juan Gómez Millas, el pasado miércoles 9 de septiembre de 2026.

Me han pedido que dedique unas breves palabras sobre mi padre Enrique Paris Roa, no es tarea fácil.

Al inicio de sus estudios secundarios en el Instituto Nacional, fue allí donde nacieron sus inquietudes por la política y el servicio público.

Cursó sus estudios de medicina en esta universidad, a la cual le dedicó gran parte de su vida.

Fue Vicepresidente del Centro de Alumnos de Medicina y secretario general de la Federación de Estudiantes, la FECH, en la época del segundo gobierno de Ibáñez, que aún regía la “Ley Maldita”, ley que buscó controlar la actividad política y sindical y que le valió ser detenido y encarcelado. Partió a Argentina. A su retorno, vivía clandestinamente, pero continuó con sus estudios gracias a la lucha de los estudiantes. La universidad era un bastión de la democracia.

En el transcurso de sus años de estudios en la universidad, conoció a mi madre: profesora María Eugenia Horvitz Vasquez. Quisiera permitirme unas breves palabras para rendir homenaje a una mujer inteligente, bella, incansablemente luchadora y que tuvo la fuerza de salir adelante en medio del exilio, de la tristeza, la represión y la adversidad, pero que siempre nos señaló, a mis hermanos y a mí, el rumbo hacia el optimismo, la dignidad y lo trascendental que es el compromiso con la democracia.

Mi padre fue médico psiquiatra, precursor del Hospital Diurno, cuyo propósito central era cambiar el tratamiento de los enfermos mentales y más bien integrar al enfermo a su grupo familiar y a la sociedad; hace muy poco se inauguró el Hospital de Día en el Instituto Psiquiátrico Dr. José Horwitz Barak, donde homenajearon sus ideas pioneras.

Era un hombre deportista, amante de la poesía y el teatro, amante de las artes.

Fue Profesor de Filosofía y Letras, Presidente de los Plenarios Nacionales de Reforma, miembro del Consejo Normativo Superior de la Universidad, Asesor en Educación Superior, Ciencias y Tecnología del Presidente de la República Dr. Salvador Allende. Fue militante, miembro del Comité Central del Partido Comunista. Y padre de tres hijos.

En 1973, tenía tan solo 40 años.

El 11 de septiembre de 1973, desde horas muy tempranas de la mañana, mi padre se dirigió a la Casa de Gobierno, el Palacio de La Moneda, cumpliendo con su compromiso y deber político: estar junto a sus compañeros y compañeras, colaboradores, y junto al Presidente Salvador Allende.

Esa mañana fatídica donde se bombardeó y acribilló la democracia, el grupo de asesores y colaboradores salió por la puerta de calle Morandé 80; puerta que quedó sellada. En el año 2003, treinta años después, en un acto solemne y simbólico, el entonces Presidente Ricardo Lagos la volvió a abrir.

En la puerta de calle Morandé 80, los detuvieron, los golpearon, los mantuvieron horas tendidos, manos en la nuca. Desde ahí los llevaron al Regimiento Tacna.

Desde ese día, el día del Golpe de Estado, perpetrado por la traición y la deslealtad, se inició la dictadura militar y comenzaron en nuestra patria el terror, la persecución, la represión, la tortura, el crimen, la ejecución y la desaparición forzada.

Desde ese día 11 de septiembre de 1973, nunca más volví a ver a mi amado padre. No vio crecer a sus hijos y no pudo conocer a sus hermosos nietos.

Desde esa fecha se desconoció su paradero: un Detenido Desaparecido.

Años de búsqueda. Mi madre, mi familia, amigas y amigos, abogados —saludo a nuestro abogado Nelson Caucoto por su incansable compromiso y labor—, el apoyo desde la Vicaría de la Solidaridad, muchas personas, trabajaron en esta búsqueda para esclarecer su paradero. Se presentaron múltiples denuncias, querellas, procesos, se interrogaron testigos para alcanzar algo de verdad y justicia. Y, de vuelta en democracia, a inicios del año 1991, se plasmaron, en el Informe Rettig, Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación, los miles de nombres de seres humanos que fueron víctimas de la represión, sus derechos humanos violentados con consecuencia de muerte y desaparición forzada. Uno de ellos era mi padre.

Por más de tres décadas, supimos con mayor certeza su destino; permaneció en el Regimiento Tacna donde los verdugos lo torturaron hasta el día 13 de septiembre.

Ese día, estando en muy mal estado, y junto a sus compañeros, fueron amarrados de pies y manos y arrojados en un camión militar con destino a los campos militares de Peldehue, en Colina.

Ahí, en el Fuerte Arteaga, agentes del Estado los acribillaron, los fusilaron, los asesinaron y los lanzaron a un foso.

Es difícil escuchar lo sucedido, pero es la verdad de los hechos ocurridos.

A 53 años de lo sucedido, y viendo que el autoritarismo se va instalando en nuestro país y en otros países del mundo, creo que es primordial repetir, una y otra vez, que en nuestra patria se cometieron crímenes inhumanos, crímenes de lesa humanidad. Y que debemos estar siempre alertas en el resguardo de nuestra democracia.

Debemos resguardar que el Estado de Chile se comprometa con nuestros sitios de memoria que tenemos a lo largo de nuestro país, que con mucha dificultad mantienen los familiares de nuestras víctimas. Debemos resguardar que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, impulsado y construido en el año 2010 durante el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet Jeria, tenga todas las herramientas para que prosiga en la tarea de resguardar nuestra memoria. Debemos resguardar que el Plan Nacional de Búsqueda de Verdad y Justicia, establecido durante el gobierno del Presidente Gabriel Boric, continúe con su misión de esclarecer las circunstancias de desaparición forzada y apoyar a las familias de las víctimas.

Y la plaza que hoy se inaugura, Plaza de la Memoria, debemos resguardarla y cuidarla para que el día de mañana las nuevas generaciones de estudiantes se detengan en ella y tengan momentos de reflexión y entendimiento. Un lugar de encuentro.

Rindo homenaje en este día a mi padre y a todas y todos aquellos que ya no están con nosotros.

Rindo homenaje a todas y todos aquellos que seguimos buscando.

Rindo homenaje a todos los familiares que han dedicado su vida sin claudicar en la búsqueda de sus seres queridos.

Rindo homenaje a todas y todos aquellos sobrevivientes, exiliados y relegados que hoy siguen luchando en búsqueda de verdad y justicia.

¿Estamos a la altura de aquellos que ya no están? Es la pregunta que nos debiera acompañar cada día.

Estos gigantes de la vida nos dejaron un legado imperecedero. Su ejemplo es una lección de vida: Amor, Rectitud, Pluralidad, Lealtad y Coraje.

Es fundamental preservar nuestra memoria, preservar la dignidad de las personas y los derechos humanos, solo así lograremos fortalecer nuestro presente y futuro.

Al término de estas palabras quisiera compartir con ustedes unos breves versos* del poeta Miguel Hernández, uno de los poetas predilectos de mi padre:

“El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.

Donde voy, con las mujeres
y con los hombres me encuentro,
malheridos por la ausencia,
desgastados por el tiempo.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.”

(*poema “Carta”)

Nunca más. Verdad y Justicia. No al olvido. No a la impunidad.

Muchas gracias.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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