El pasado fin de semana tuve una doble cita con Ibsen. El sábado fui al Teatro Finis Terrae a ver “Un enemigo del pueblo” y el domingo, a Centro para las artes Zoco a ver “Espectros”. Dos días seguidos de Ibsen, uno de los grandes dramaturgos del siglo XIX, un autor incisivo y polémico, capaz de poner en cuestión las certezas morales de su época. Casi siglo y medio después, sus preguntas siguen incomodando las nuestras, por lo que me parece notable que en espacios teatrales distintos y con propuestas muy diferentes volvamos sobre textos que nos invitan a reflexionar sobre nuestra resistencia a mirar lo que tenemos enfrente. Especialmente cuando reconocerlo amenaza aquello que hemos aprendido a defender.
“Espectros”, de 1881, y “Un enemigo del pueblo”, de 1882, están conectadas también por su historia. Ibsen escribió la segunda después de la hostilidad que recibió la primera, una obra que había incomodado profundamente al exponer el daño que podía esconderse detrás de la respetabilidad familiar. Entre quienes reaccionaron estaban sectores de la prensa liberal, cuya defensa de la libertad de pensamiento encontraba un límite cuando esa libertad contrariaba las convicciones de sus lectores. La experiencia alimentó una obra en que decir una verdad necesaria termina convirtiendo a quien la revela en una amenaza para su comunidad.
En Zoco, “Espectros” llegó bajo la dirección de Luis Ureta, en la adaptación contemporánea de Gary Owen, traducida por Pablo Schwarz. El elenco reúne a Claudia Cabezas, Guilherme Sepúlveda, Tito Bustamante, Ignacia Sepúlveda y Nicolás Alaluf. La historia comienza cuando Helena se prepara para inaugurar un hospital construido con la fortuna de su esposo fallecido. El regreso de su hijo y la visita de un antiguo amigo hacen aparecer aquello que la imagen ejemplar de esa familia había mantenido oculto.
Aunque situada en el presente, la puesta mantiene un registro más clásico. La intimidad familiar concentra el conflicto y nos permite reconocer esa voluntad de preservar un nombre, una reputación, una historia que pueda contarse sin demasiadas preguntas. El trabajo de los muy talentosos Claudia Cabezas, Guilherme Sepúlveda y Tito Bustamante es una de las razones para acercarse a esta versión. Sus personajes habitan una situación en que sostener lo conocido resulta cada vez más difícil, pero abandonarlo exige enfrentarse a lo que hicieron para mantenerlo. En ambos casos hay una pérdida y más de un dolor.
En el Teatro Finis Terrae, “Un enemigo del pueblo” propone un juego más explícito con el presente. La adaptación de Juan Pablo Troncoso, dirigida por Alexandra Von Hummel, traslada la acción a un balneario del litoral chileno. Actúan Rodrigo Soto, Paulina García, María Gracia Omegna, Germán Pinilla, Sofía Guiraldes y Laura Vila.
La obra comienza con una referencia a la película “Tiburón”: ese balneario donde reconocer un peligro implica cerrar las playas y poner en riesgo el negocio. La cita puede resultar un poco obvia, pero tiene algo juguetón que se agradece y permite entrar rápidamente en el problema. ¿Qué pasa cuando la evidencia amenaza la fuente de prosperidad de una comunidad? ¿Quién está dispuesto a escucharla y quién prefiere desacreditar a la persona que la trae?
La incorporación de las nuevas tecnologías acerca ese conflicto a nuestras formas actuales de construir reputaciones, instalar sospechas y convertir a alguien en enemigo. El trabajo de Rodrigo Soto está notable, especialmente en el extenso monólogo hacia el final, y la presencia de Paulina García y María Gracia Omegna suma razones para encontrarse con este montaje.
Más allá de las diferencias entre ambas propuestas, me interesa el gesto de estos dos espacios al volver a Ibsen. Sus textos siguen abriendo preguntas que cuesta sostener. En ellos podemos reconocer una forma de conservadurismo que atraviesa la vida familiar y la comunidad: el impulso de no tocar aquello que está instalado, incluso cuando se está pudriendo por dentro. Podemos entender el miedo. Revisar lo que nos sostiene puede implicar perder seguridad, pertenencia, reconocimiento. También puede obligarnos a admitir que nos equivocamos, que callamos, que defendimos algo sin querer mirar sus consecuencias. Reconocer la verdad amenaza el relato con que justificamos nuestra vida. Y, por lo tanto, nos incomoda a nosotros mismos.
En “Espectros”, la protección de la imagen familiar permite que el daño siga atravesando a quienes viven dentro de ella. En “Un enemigo del pueblo”, preservar la prosperidad exige negar que sus aguas están contaminadas. Las personas que piden mirar el problema parecen ponerlo todo en peligro. Resulta más fácil responsabilizarlas por la incomodidad que hacerse cargo de aquello que denuncian.
Esa reacción sigue siendo dolorosamente reconocible. Aparece cuando idealizamos el pasado sin preguntarnos para quiénes fue mejor, cuando defendemos una tradición sin mirar a quienes sufrieron bajo ella, cuando confundimos la ausencia de una conversación con la ausencia de un conflicto. Podemos pasar años diciéndonos que estamos bien como estamos. Mientras tanto, alguien paga el costo de esa tranquilidad.
Esa resistencia también aparece en los relatos sociales y políticos que hoy buscan instalarse como la única manera legítima de entender el mundo. Relatos sobre quiénes somos, cómo debemos vivir, qué pasado merece recuperarse y qué futuro podemos imaginar. Cuando se presentan como verdades que no admiten discusión, se vuelve difícil mirar las experiencias que dejan fuera, las contradicciones que esconden y el dolor que producen. Cuestionarlos puede poner en tensión nuestras pertenencias y nuestras propias certezas. Pero esa incomodidad también puede ayudarnos a movernos hacia un lugar más verdadero, donde podamos reconocer lo que ocurre, aunque no encaje en la historia que nos hemos contado. Ahí encuentro otra razón para volver a Ibsen: en esa invitación a mirar detrás del relato y hacernos cargo de lo que aparece.
Agradezco que Centro para las Artes Zoco y el Teatro Finis Terrae pongan estas obras nuevamente frente a nosotros. “Espectros” tiene sus últimas funciones este viernes 9 y sábado 10 de octubre a las 19:30, y el domingo 11 a las 18:00. “Un enemigo del pueblo” continúa hasta el 30 de octubre. Todavía podemos ir a escuchar esas preguntas en las voces y los cuerpos de quienes las traen al presente.
Ibsen nos recuerda que mirar honestamente puede obligarnos a movernos. Que la verdad tiene costos. Pero quedarnos quietos también los tiene: el daño continúa mientras nosotros cuidamos la apariencia de que nada ocurre. Hasta que un día aquello que nos negamos a mirar decide, por nosotros, cuándo hacerse visible.



