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Juan Pablo Cárdenas S.

La vara muy alta

Juan Pablo Cárdenas S. | Lunes 25 de enero 2010 11:58 hrs.

Lo más difícil para Sebastián Piñera y su gobierno será cumplir con lo prometido. Tan sólo crear un millón de empleos dignamente remunerados parece una tarea colosal y todavía más difícil puede ser bajar los índices de delincuencia, así como trancar esa “puerta giratoria” que, según denuncia, permite a...


Lo más difícil para Sebastián Piñera y su gobierno será cumplir con lo prometido. Tan sólo crear un millón de empleos dignamente remunerados parece una tarea colosal y todavía más difícil puede ser bajar los índices de delincuencia, así como trancar esa “puerta giratoria” que, según denuncia, permite a quienes delinquen caer a la cárcel y recuperar rápidamente la posibilidad de seguir atentando contra la vida y los bienes de los chilenos. Se propone también el nuevo Presidente aumentar los alicaídos índices de crecimiento económico y recaudar para el estado recursos para erradicar los campamentos, crear establecimientos educacionales de excelencia, mejorar la atención hospitalaria y cumplir con un sinfín de promesas planteadas en su campaña que le sumaron el voto masivo de los pobres.

Dinero tendrá, sin duda, a juzgar por la millonaria alcancía fiscal que le entregará la Presidenta Bachelet y el ministro de Hacienda. Fondos que se incrementaron notablemente por el buen precio del cobre y por la negativa del último gobierno de la Concertación a pagar la deuda histórica con los profesores, resolver le el problema a los deudores habitacionales, entregarle más recursos a la educación pública, incrementarle algo más el salario a los empleados públicos, demandas todas que, de ser satisfechas, difícilmente Piñera habría ganado. Tan sólo bastaría con gastarse parte de lo que ya hay en reservas para dejar contentos a millones de chilenos sin trabajo y con carencias de todo tipo. Es más, el gobierno que viene ya no tendrá que disponer de tantos recursos más para armas y gastos de defensa, después de que los últimos se prodigaron en atenciones con los militares. Armados hasta los dientes, podremos gozar por largos años de nuestra superioridad bélica en el vecindario y a nadie se le ocurre imaginar que las fuerzas castrenses pudieran conspirar contra un gobierno apoyado por los antiguos pinochetistas y los elementos más conservadores de nuestro espectro político.

Pero tal como le ocurrió a la Concertación, para Piñera será difícil conciliar sus ideas neoliberales y su modelo exportador con la posibilidad de un salario ético o digno. Para el  éxito de una economía perversa y concentradora, como la nuestra, ya se sabe que es preciso garantizarle al capital y a la inversión extranjera  severas ventajas comparativas. Es decir, sueldos y derechos laborales deprimidos, restricción en el gasto fiscal y mano dura con las demandas sociales. Pero en este aspecto, el nuevo mandatario podrá contar con la benignidad opositora en el Parlamento de demócrata cristianos, socialistas y otros que hace rato se olvidaron del rol rector del estado en la economía,  o de aquella “vía no capitalista” de desarrollo. Aunque no sería nada de raro que en el ánimo de recuperar el gobierno, tengamos en la calle a todos los ex presidentes y ministros marchando codo a codo con los trabajadores y estudiantes que, sin duda, exigirán el pago de las promesas y elevarán, esta vez, todavía más alta la vara de sus demandas.

Dura prueba para el futuro presidente si se asume que  parte importante de sus votos no fueron para él sino en contra de la Concertación. Si considera, asimismo, que los sectores recalcitrantes que lo apoyaron lo podrán severamente a prueba en sus ideas liberales y pecaminosas que tienen que ver con la forma en que hagan el amor los chilenos, más que en sus propuestas económico sociales. Deberá también Sebastián Piñera atemperar su carácter impulsivo, su voracidad incontinente por el dinero, como su despectiva relación con el prójimo. Rasgos de una personalidad caprichosa y avasalladora que no fue capaz de domesticar en sus largos años de brillante alumno en nuestro país como en la prestigiosa Universidad de Harvard. Porque, mal que mal, el presidente es el primer diplomático y embajador de nuestro país  y tendrá que relacionarse con caracteres muy difíciles y quisquillosos frente a las bravatas y menosprecios que ya se manifiestan en algunos de sus partidarios y eventuales colaboradores.

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