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Matías Bosch

Educación y Hegemonía

Matías Bosch | Jueves 20 de octubre 2011 11:19 hrs.


Si de educación se trata, Chile ha sido algo así como el laboratorio perfecto de la “hegemonía” de la derecha, entendiéndola desde la perspectiva de Antonio Gramsci.

Según el académico argentino Mario Cortés, la hegemonía sería el arte de lograr consensos generales a través de organizaciones privadas (como las universidades y los medios de comunicación) “que difunden todo un sistema de valores, creencias y actitudes con el objeto de lograr una incorporación subordinada, mediante una aceptación activa, de los clases populares al orden social establecido”.

A partir de los ochenta, Chile logró la incorporación masiva de las más numerosas capas sociales a la economía del consumo, siendo la deuda familiar el motor cada vez más determinante en esa actividad. Eso incluye incorporarlas al pago de la industria educacional, idealizada bajo el lema laguista de que “el 70% de los estudiantes provienen de familias que nunca fueron a la universidad”.

A la vez, el país se convirtió en academia neoliberal. El colonialismo del poder -que se instaló en el saqueo del cobre, los recursos naturales y la plata de los trabajadores- actuó desalojando la crítica de las escuelas universitarias, constituyéndose también en colonialismo del saber.

Así, acríticamente, casi con orgullosa ignorancia, los dogmas de las escuelas norteamericanas sobre el  comportamiento político (los jóvenes han oído de public choice, conductismo, neoinstitucionalismo) tomaron control de las aulas. En el país de Allende, del golpe y la postdictadura –con olor a pólvora por todos lados- el pobre clásico Adam Smith, sin saberlo, se volvió sumo sacerdote de la ortodoxia más banal y perversa.

Modeladas con ecuaciones y gráficos, varias reglas “demostradas científicamente” sobre los seres humanos se sacralizaron en las cátedras de ingeniería comercial o sociología: 1) Somos “agentes racionales” y egoístas, homos economicus que maximizan su utilidad. Nadie se mueve por razones solidarias ni por compromisos extra-individuales; hasta el altruismo es engañoso; 2) Somos agentes “atomizados” y con información perfecta: productores y consumidores que entre el beneficio y el costo podemos fijarle a todo precio y la cantidad, alcanzando el equilibrio y el máximo de bienestar; 3) No existen las relaciones de poder ni de dominación, nadie explota a nadie. Todos somos iguales, con la misma capacidad de presión, sahuezos tras la misma presa del beneficio individual. Si algo no funciona, dicen los expertos, son “fallas de mercado”.

La investigación se hizo crecientemente “aplicada”. En rigor, ya no haría falta ciencia para explicar la realidad: el mundo es uno, sólo hay que entender sus detalles y aprender a administrarlo. Su gran esfuerzo es, contra Marx, hacer que la apariencia y la esencia de los hechos sean absolutamente idénticas a nuestros ojos. Lo que vemos en el shopping-center o en el rating es lo que existe. Competimos, perdemos, ganamos. Así es la naturaleza humana. Podemos -si nos esforzamos como en las “historias de éxito”- llegar a ser felices.

En cuanto a las categorías sociales, la derecha académica parió notables creaciones: La democracia devino “gobernabilidad”, la justicia social “cohesión” y la explotación “vulnerabilidad”. Cual maleficio, ningún problema individual es social ni obedece a causas históricas. La Concertación en el gobierno consagró todo ese “saber” en categorías estatales y políticas públicas en materia de salud, educación y subsidios a los pobres. Varios “académicos” tomaron palco en la escena política, incluso en spots de campaña. A esos mismos ideologemas recurre hoy el gobierno UDI-RN.

Todas esas “reglas” han negado sistemáticamente la posibilidad de que existiera un movimiento y una aspiración colectiva como la que hoy reivindica la educación pública y cuestiona las bases doctrinarias del modelo social vigente.

Sobre estos antecedentes puede sostenerse que estas doctrinas, importadas a través de la revolución neoconservadora mundial de los ochenta y los profesores formados en Estados Unidos, fueron un cuasi-pensamiento único y les ha correspondido ser la intelectualidad orgánica del bloque hegemónico chileno. Han sido esenciales a la “paz social” en el Chile “serio” y no-chavista, del no atrevimiento a cambiar las reglas del juego en manos de los que “sí saben”.

La práctica en América Latina y Chile les ha ido quitando la razón y mostrado su intencionalidad política. Hará falta en algún momento en la teoría una profunda autocrítica y des-domesticación del saber, para descolonizarlo al servicio de la libertad.