FACSO HOY, ¿estamos entendiendo?

  • 16-06-2026

Una cuestión de fondo y cuatro propuestas de salida.

Quince días que han remecido a la Facultad. Primero la toma, que interrumpe forzadamente el cotidiano. Luego las denuncias anónimas contra las autoridades. Después las cartas que circularon, unas filtradas y otras publicadas deliberadamente, agudizando un clima ya complejo. Luego el ataque destructivo a las dependencias del Decanato. Finalmente, el desalojo.

La sucesión de acontecimientos ha sido tan intensa que resulta comprensible que muchos busquen rápidamente una interpretación capaz de ordenar el conjunto: esto es lo ya visto y sabido; lo único nuevo sería el hastío que genera por lo mismo. Lógica tiene, lo que le falta es evidencia.

Y así se ha hablado desde las certidumbres de los que parece que supieran ya, y de antemano, lo esencial del movimiento del que tratan. 

Estimo, en cambio, que no es claro qué está ocurriendo. No tan claro como se quisiera creer. 

Esta es la cuestión: 

¿Puede entenderse la movilización actual como una réplica de las anteriores, por ejemplo, típico la de los años 2012 al 2018, o, en vez, requiere ser comprendida en su diferencia específica?

Si la respuesta fuera la primera, varias de las cartas que hemos conocido tendrían al menos una razón a su favor. Podrían parecernos injustas, exageradas o incluso ofensivas en sus tonos y juicios, pero describirían correctamente el fenómeno de fondo. Estaríamos frente a una movilización ya conocida, protagonizada por actores conocidos y movida por dinámicas conocidas. Bastaría entonces aplicar los esquemas interpretativos que hemos utilizado tantas veces durante las últimas dos décadas. 

Pero si la respuesta fuera la segunda, el asunto cambia radicalmente.

Porque entonces el problema principal no sería solo la movilización misma, sino también nuestra dificultad para comprenderla.

Mi impresión, por lo que he visto y oído durante estas semanas, es que estamos precisamente ante esta segunda situación.

No veo aquí, en primer lugar, una movilización liderada por sectores provenientes de la élite. Más bien observo una presencia particularmente visible de estudiantes provenientes de liceos comunes. Tampoco veo una movilización organizada principalmente en torno a las grandes banderas ideológicas que estructuraron buena parte de los conflictos universitarios anteriores. Ello no significa ausencia de ideas, posiciones o corrientes políticas. Significa algo distinto: que el núcleo movilizador parece encontrarse en una experiencia vivida antes que en una doctrina.

La demanda por salud mental es quizás la expresión más evidente de ello. No aparece formulada ideológicamente. Aparece como la verbalización de un malestar experimentado cotidianamente. Como una experiencia de tensión o torsión subjetiva que busca palabras para expresarse.

La diferencia es relevante. Una creencia puede ser discutida, y hasta refutada. Una vivencia exige ser reconocida, escuchada.  Es desde la existencia, el malestar, de ahí parte este movimiento.

Y es posible que estemos frente a una generación cuya forma de organización colectiva nace precisamente desde ese punto.  No olvidar que Octubre tuvo precisamente esta misma forma no-ideológica, aunque no por eso trivial o irracional. Es otra la razón que habla.

También me parece significativo el tono de varias de las respuestas estudiantiles que hemos conocido estos días. En ellas no predominó la descalificación recíproca ni la lógica de la confrontación total. Por el contrario, apareció reiteradamente una invitación al diálogo, al entendimiento y a la conversación.

Ese dato merece atención.

Un movimiento que llama a conversar difícilmente puede ser comprendido a través de la figura del fanatismo.

Nada de esto significa desconocer la existencia de grupos ultra que buscan instrumentalizar los conflictos para sus propios estrategias. Tampoco implica relativizar la gravedad de hechos como el ataque a las dependencias del Decanato. Por el contrario. Precisamente porque tales acciones existen, resulta indispensable distinguirlas del fenómeno más amplio que intentan capturar. El ultrismo ataca, por la derecha o la izquierda, donde el cuerpo social está débil o carece de protecciones necesarias. Y su primera víctima son los propios movimientos sociales a los que revientan. Es de lo que debemos defendernos, no solo lo que debemos denunciar. Y no hay más defensa que la unidad y la consistencia interna, esa que por ahora tanto nos falta.

La pregunta decisiva es otra.

¿Y si estuviéramos observando una transformación significativa de la experiencia estudiantil en la Universidad de Chile y siguiéramos interpretándola mediante categorías elaboradas para otro momento histórico?

Si así fuera, la principal lección de estas semanas sería algo incómoda. No estaríamos frente a una crisis de autoridad o de disciplina. Estaríamos también frente a una crisis de comprensión. 

Una Facultad de Ciencias Sociales debe ser capaz de preguntarse si aquello que observa corresponde a lo ya conocido o si estamos frente a fenómenos nuevos que requieren nuevos entendimientos. “Descartar sistemáticamente toda prenoción”, decía Durkheim.

¿Qué hacer?

Propongo cuatro medidas concretas.

Primero, creo que aportaría un aliento de unidad un acuerdo público de las tres candidaturas al Decanato. Una afirmación conjunta, desde la diversidad que representamos, de la nobleza de la institución, rechazando toda forma de violencia, valorando la conversación y el diálogo para encausar conflictos, y promoviendo las formas organizadas de participación de los distintos estamentos. 

Segundo, la constitución de mesas de encuentro entre representantes estudiantiles y académicos, orientada a la escucha mutua y el entendimiento racional que esta permite (así ya lo acordó el Claustro de Sociología).

Tercero, solicitar al nuevo Consejo de Facultad que convoque durante el segundo semestre una conversación Interestamental de Facultad orientada a generar un acuerdo básico de convivencia y encausamiento, con legitimidad,  de los conflictos. Un Consenso Facultad respecto de las líneas no traspasables por ningún estamento en detrimento del conjunto.

Cuarto, convocar un Foro abierto de Facultad: “¿Qué hay de nuevo en el movimiento estudiantil?”, en el que podamos debatir sobre las transformaciones recientes del movimiento estudiantil chileno a la luz del feminismo universitario, Octubre, (¿la pandemia?) y los cambios en la composición social de la matrícula.

Los embates han dejado en evidencia nuestra primera debilidad o problema: la organización. Tenemos que organizarnos, articular nuestra pluralidad como cuerpo complejo y unitario. 

Para estos días sirva la sabiduría de la historia, el valor de una identidad, con nosotros remecidos,

Vibre entera la Universidad.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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