A raíz de algunos comentarios que suscitó la columna “El poder de la imaginación”, dedicada a Paka Paka (canal de televisión argentino dirigido a los niños), quisiera enfatizar que el interés del mismo no se agota en lo meramente televisivo. Tampoco en la posibilidad de que la televisión pueda asumir una genuina vocación pedagógica y cultural. El interés de Paka Paka radica también en el hecho de que nos revela el OPNI. La posibilidad del OPNI. Objeto Político No Identificado.
La mayoría de las veces, los analistas que acuñan el término se refieren a experiencias que estando inscritas en el ámbito político, no terminan de definir su identidad, su rol, su misión. No es en ese sentido que recurro a la expresión. En realidad, se puede usar o no usar, no se trata de palabras pero sí de ser capaz de aprehender ciertas situaciones como políticas aún cuando a primera vista no lo son.
Paka Paka es una de ellas. En muchos aspectos. Uno de los más llamativos es la ausencia de publicidad. En un mundo donde la televisión comercial pareciera ser la única posible, se crea este canal donde no hay nada que vender y, por ende, nada que comprar. Ni un chicle se vende en este canal, lo que no significa que no tenga nada para ofrecer. Tampoco significa que el mensaje sea neutral. No lo es, ni pretende serlo. Y es en esa opción por no vender, es en esa manera de no ser neutral –reivindicando cierta visión de la historia; ciertos valores; cierto tipo de intercambio, no comercial, entre las personas– que radica la dimensión política de una experiencia como Paka Paka. En definitiva, siempre se trata, si de política estamos hablando, de cómo organizamos nuestros necesarios intercambios. En qué espacio. En base a qué. En función de qué.
Dejemos por ahora Paka Paka de lado, para concentrarnos en otro tipo de OPNI. Especialmente en esos que se designa bajo la sigla ESS. Lo que parece algún tipo de código sólo para iniciados y en algún punto lo es. La ESS o las diversas experiencias que designa la sigla no han llegado todavía a convertirse en noticia. Y es posible que esa relativa discreción –que no es lo mismo que ocultación– les sea favorable. Trataremos acá de señalar sin delatar, manteniendo algún grado de discreción al respecto. Pero, primero, un paréntesis.
La profesionalización de la política es un fenómeno relativamente reciente si se toma en cuenta una cronología larga. Por no decir, la historia de la humanidad. Bajo cierto punto de vista esa historia ha estado marcada por la capacidad de los más fuertes a imponer sus normas al resto. No importa que ciertos días, el más fuerte fuera el que tuviera la mano más pesada o la piedra más grande o el palo más duro para asestarlo en la cabeza del vecino. Luego el ejército más preparado, el territorio más extenso, el Dios más temible, la inteligencia más aguda, la ley mejor custodiada… Sobre estas cuestiones, aunque la referencia suene algo solemne, me sigue pareciendo un texto importante para leer y releer aquel que Rousseau dedicara al origen de la desigualdad entre los hombres (1755).
La segunda parte empieza así: “El primero que, habiendo cercado un terreno, tuvo la idea de decir: Esto es mío, y encontró gente tan simple para creerlo, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no habría evitado al género humano aquel que, arrancando las estacas o allanando el cerco, hubiese gritado a sus semejantes: Que no se les ocurra escuchar a este impostor; están perdidos si se olvidan que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie”.
Hay muchas maneras de leer e interpretar estas palabras. Lo que quisiera señalar no es tanto la cuestión de la propiedad sino la relación que supone el acto fundador señalado por Rousseau. No basta con la acción (“El primero que, habiendo cercado…”) ni siquiera con el discurso que acompaña la acción (“… tuvo la idea de decir: Esto es mío…”) para concretar la apropiación de la que se está hablando. Esa acción y ese discurso, para ser acto político, es decir para poder definir un espacio en el que va imperar una norma, suponen un tercer elemento que está en manos del otro: el que acata la acción y (se) cree el discurso (“… y encontró gente tan simple para creerlo…”). Esa relación es la que cuenta. Y esa relación, más allá de la fábula fundacional, no se instaura de una vez por todas. Siempre puede ser cuestionada. Y lo que se cuestiona, cuando se cuestiona, no es solamente la legitimidad de tal o cual decisión, norma u orden de las cosas sino también la racionalidad misma que los sostiene.
Eso es lo que hace Paka Paka, a su nivel, dentro del mundo televisivo cuando dice de alguna manera “no pensamos vender”. Y eso es lo que hace la ESS a otro nivel, en uno de los ámbitos más relevantes de nuestra vida en sociedad, el de la economía. ESS: Economía Social y Solidaria.
La expresión reúne experiencias socio-económicas diferentes pero desde su diversidad todas ellas constituyen un cuestionamiento de la economía capitalista. El planteamiento es que el capitalismo no es sinónimo de economía: que otra economía es posible, basada en otros principios, en otros mecanismos, objetivos, y que esa economía –hoy llamada social y solidaria– no existe solamente a modo de utopía sino que es una realidad sostenida por mil y uno emprendimientos en todo el mundo y muy especialmente en nuestra América Latina. Invito los lectores interesados a consultar las páginas Internet donde se expresan los actores y especialistas de estos temas. Entre esas, la página de la Red de Investigadores Latinoamericanos de Economía Social y Solidaria (RILESS) que difunde informaciones y estudios precisos al respecto.
Hay mucho que aprender de esas experiencias. No hay que dejarse impresionar por la pequeña escala de las mismas. Que exista un metro cuadrado en este planeta donde se pueda intercambiar bienes sin querer sacar ventaja del vecino, es una victoria de cierta humanidad. Al respecto, una anécdota. Hace unos meses tuve ocasión de conversar con una socióloga franco-española que trabajaba el tema de las microempresas y que venía llegando de Ecuador (uno de los países en que estos emprendimientos están más desarrollados, siendo los principios de la ESS parte de la nueva Constitución). Había estado acompañando a unos pequeños productores agrícolas y la anécdota que me contó fue la siguiente. Estos productores debían ir a una feria que se realiza todos los años para presentar sus productos. Y ella estaba sorprendida, en realidad bastante molesta, por la total “incapacidad” (sic) de estos productores de presentar correctamente la mercancía al público. “Hagan carteles, caramba. Tienen que explicarle a la gente que sus productos son diferentes, que no tienen pesticidas, que son totalmente naturales, etc.” Hasta que entendió que los productores no querían vender… Que no era el objetivo primero de ese encuentro, de esa feria. “De pronto me di cuenta”, decía esta mujer, “que ellos habían ido a la feria a conocer a los otros productores, a compartir con ellos, a conocerse festejando. Las ventas tendrían lugar en otro momento, en otro lugar, yo no lo podía entender, me di cuenta después”. Otra economía es posible, dicen estos productores. Otra racionalidad también. Y si otra economía es posible, aquí, ahora… otra política también.
En estos momentos cruciales que estamos viviendo (todos los momentos son cruciales pero no de la misma manera), importa no reducir la política a los juegos políticos stricto sensu ni a lo que hacen o no hacen los políticos profesionales. La profesionalización de la política es –insisto– un proceso relativamente reciente en la historia de nuestras sociedades que no ha logrado acabar –no es seguro que lo haya pretendido alguna vez, más allá de las honrosas excepciones– con la lógica del más fuerte. La ESS, o algunas experiencias que entran en ese amplio espectro de intercambios, sí lo pretenden. Plantean que es posible relacionarse de otra manera, en torno a principios que no son los del mercado capitalista. Por eso, como dice la voz popular, conviene estar vivo el ojo. No obstinarse en buscar programas políticos ahí donde no los hay. Y en cambio buscarlos donde nadie dice que los tiene… pero los implementa. Sea cual sea el campo en el que se está trabajando o el jardincito, como dijera Voltaire, que se está cultivando.


