Diario y Radio U Chile

Año XI, 22 de septiembre de 2019

Escritorio

Sangre de plomo: La vida de Brandon con 90 perdigones

Después de 17 cirugías y 45 días en el hospital, Brandon Hernández Huentecol tiene rabia. Le cuesta expresar lo que sintió cuando el pasado 24 de enero, el Tribunal de Angol determinó que el carabinero que le disparó cumpliría una condena en libertad. Tras la sentencia, rompió el silencio y habló de la impotencia que sienten él y su familia. “Me trataron de matar, a quemarropa y estando en el suelo”, relata.

Tomás González F.

  Domingo 3 de febrero 2019 15:57 hrs. 
WhatsApp Image 2019-02-01 at 11.29.03

“¿Te vai alegre ahora, asesino? ¿A seguir matando niños?”, gritó Ada Huentecol el 18 de enero pasado, mientras el sargento segundo de Carabineros, Cristián Rivera Silva, salía del Tribunal Oral en lo Penal de Angol, acompañado de un gendarme y una sonrisa.

Rivera Silva tenía motivos para estar feliz. La justicia chilena acababa de determinar que el haber disparado con una escopeta a un menor de edad a menos de 50 centímetros de distancia, mientras estaba reducido, boca abajo y en el suelo, no constituía un delito de homicidio frustrado. Sabía que eso implicaba justamente lo que se confirmó seis días después, en la lectura de su sentencia. Tres años y 541 días de libertad vigilada para él, condenado como autor del delito de lesiones graves y vejación injusta. Muy lejos de los 20 años de presidio que pedía la defensa por apremios ilegítimos.

“Sabíamos que iba a terminar así y que este carabinero igual iba a terminar con libertad. Era muy difícil que un carabinero del Estado chileno llegara a caer a la cárcel”, dice Brandon Isaac Hernández Huentecol (19) un día después del juicio oral en contra del autor del disparo que lo dejó con 17 cirugías, 45 días hospitalizado y con más de 90 perdigones de plomo dentro de su cuerpo.

Tenía 17 años cuando Rivera Silva decidió tirar del gatillo de su escopeta y quemar el cartucho que le cambiaría la vida para siempre.

¿Cómo te sientes?

Cansado no más. Tanta marcha que no sirvió para nada. No hubo justicia ni para mí, ni para el pueblo mapuche.

El sargento segundo Cristián Rivera Silva, luego de la lectura de sentencia en el Tribunal de Angol.

El sargento segundo Cristián Rivera Silva, luego de la lectura de sentencia en el Tribunal de Angol.

“Me trataron de matar, a quemarropa y estando en el suelo”

Brandon recuerda perfectamente lo que sucedió ese domingo 18 de diciembre de 2016, el día cuando, con 17 años recién cumplidos, vio que su hermano Isaías, de una edad de 13,  fue reducido por un grupo de carabineros que realizaban controles de identidad en la comunidad de Curaco en Collipulli. El día que, en sus palabras, lo marcó para siempre.

“Yo básicamente era alguien normal, como todos. Cuando le pasa ésto a uno, cambian totalmente las expectativas de la vida y la forma de vivir. Quería seguir estudiando normalmente, pero después de eso yo cambié totalmente. Nunca le he tenido confianza a Carabineros. Siempre como que instintivamente, de nacimiento, les tenía mala. Igual yo no los tomaba en cuenta, ellos hacían su trabajo. Pero después de lo que pasó, fue aún más el odio que llegó a nosotros”, relata.

Isaías paseaba en bicicleta por la comunidad cuando fue perseguido por tres carabineros, los que, tomándolo del gorro, lo tiraron al suelo. Brandon, que vio desde su casa toda la situación, salió en defensa de él, pidiéndole al carabinero que soltara su hermano pequeño. “Y ahí salió este paco con la escopeta, diciéndome: ‘¡tírate al suelo hueón, si no te disparo, porque ando con balines de goma!’. Yo lo intenté tranquilizar y le dije que no tenía nada que ver con estas cosas, pero él seguía muy revolucionado. No sé qué se habrá fumado, no sé qué tendría, pero era un paco loco”, recuerda.

“Me tiré al suelo, con este carabinero todo el rato apuntándome con la escopeta abajo. Me puso el pie en la espalda. Todo eso pasó muy rápido. Yo estaba en el suelo no más, no hablamos nada. Le dije a mi hermano que se quedara tranquilo, que no estábamos haciendo nada malo”, dice. “Hasta que de repente me disparó a quemarropa, yo estando en el suelo. Él, viendo cómo me desangraba. Todo el resto, quietos”.

Dice que recuerda la expresión de su hermano menor mientras lo veía desangrarse, pese a que desde ese momento los recuerdos se le hacen difusos. “Mientras me desangraba, pensé que podía morir. Después, cuando desperté en la clínica, me di cuenta de lo que realmente había pasado, cuando los doctores me contaron los hechos”. Le dijeron que podría haber quedado en silla de ruedas, o peor aún, no haber sobrevivido. Que si pasaban unos minutos más, Brandon pudo haber muerto desangrado. “Me trataron de matar, a quemarropa y estando en el suelo. Es algo muy inhumano”.

“A veces prefiero que queden aquí donde están no más”

Cojeando y con más de 90 perdigones habitando su cuerpo, Brandon cuenta que los doctores que lo atendieron en la Clínica Alemana de Temuco le dijeron que no eran capaces de sacarlos. La profundidad en que se encuentran, impide que se puedan extraer sin dañar algún músculo. Le dijeron que era mejor que se quedaran en su lugar, que podían permanecer ahí de por vida.

Sin embargo, la sangre de Brandon está manchada y sus niveles de plomo van en aumento. La familia se encuentra investigando tratamientos en el extranjero -específicamente en Cuba-, desde donde la embajada ya les ha manifestado su voluntad de ayudarlos. Cuentan que como el Estado chileno no se ha hecho responsable de sus errores, han tenido que salir a buscar ayuda a otros países. Les ofrecen pasajes y estadía, pero deben costear la cirugía y tratamientos, los que tienen un valor aproximado de siete millones de pesos. El joven dice estar preocupado por la intervención y con miedo de que le pase algo. No confía.

 

¿No te gusta la idea?

Igual me da miedo que pase algo con los perdigones, a veces prefiero que queden aquí donde están no más y no arriesgarme a que pase algo peor. Pero mi mamá me dice que esté tranquilo, que ellos saben lo que hacen. Van a hacerme una evaluación y después ver qué pueden hacer.

 

¿Qué es lo más incómodo hoy en día?

La cicatriz del disparo. Porque yo me desangré bastante cuando me dispararon. Había una arteria ahí que no se quería cerrar y es ahí donde siempre tengo puntadas muy fuertes, justo donde fue el disparo. Cuando camino mucho me empieza a doler la cadera y tengo que parar. Con el frío me duele la placa que tengo adentro.

¿El resto de las cosas puedes hacerlas normalmente?

No puedo hacer ejercicio, no puedo hacer fuerza ni levantar algo pesado. Nada de las cosas que hacía, como cuando salíamos a cazar. También estudiaba mecánica automotriz. Ahí levantaba un motor de 100 kilos, ahora no puedo hacer nada de eso. Se perdió todo eso.

¿Te asusta que pueda ocurrir de nuevo?

Asustado no, pero sí con ese sentimiento de que pueden venir a allanar la casa en cualquier momento. A veces nos venían a amedrentar después de lo que ocurrió. Sabiendo lo que pasaba, seguían molestándonos aquí como familia. Cuando veo carabineros ahí en la calle, al tiro como que reacciono al verlos ahí con sus escopetas y esas cosas.

Es que estuviste bien cerca…

Estuve a punto de morir en la clínica. Estaba entre la vida y la muerte, era cosa de vivir o morir no más. Hubiese sido casi lo mismo que con Catrillanca. Pero de la misma forma en que acá no se dio justicia, va a pasar lo mismo con él.

¿Crees que podría pasar de nuevo?

Esto en cualquier lado donde vaya en Comando Jungla puede pasar. Yo creo que lueguito va a suceder de nuevo. Al final los Carabineros no pierden nada, los indemnizan igual, quedan con su plata, siguen trabajando y no pierden niuno.

 

“¿Quién va a razonar con alguien que está loco?”

Días después de conocerse la sentencia para el sargento segundo Cristián Rivera Silva, Brandon recuerda los últimos casos en que se ha evidenciado el encubrimiento y montajes de Carabineros de Chile. La lista no es corta: corrupción en el denominado ‘Paco Gate’, los montajes que evidenció la Operación Huracán, los homicidios encubiertos de Jaime Mendoza, Matías Catrileo, Alex Lemún y más recientemente, el de Camilo Catrillanca.

“Mientras más casos van pasando, más gente se va uniendo y se van enterando que el verdadero terrorista no es el mapuche, son los Carabineros de Chile. Con las mentiras de estos carabineros la gente se da cuenta de que los que mienten son ellos y no los mapuche”, afirma Hernández Huentecol.

Tiene rabia, impotencia y deseos de una justicia que hasta ahora le ha sido esquiva al pueblo mapuche. Le preocupan sus hermanos menores, Isaías y Jesús, quienes han vivido en carne propia la violencia que día a día se hace presente en su comunidad.

Entre 2011 y 2017, el Instituto Nacional de Derechos Humanos ha presentado ante el poder judicial al menos 133 casos de niños y niñas mapuche que han sido vulnerados de distintas maneras por parte de Carabineros de Chile. Sin embargo, estos son sólo los casos denunciados ya que, según el INDH, existe un número indeterminado de casos que son desconocidos por la opinión pública.

“Dicen que nos cuidan, pero nunca van a hacer eso. Ellos siembran el odio hacia los niños, que es lo peor”, se lamenta Brandon, quien ha visto en sus hermanos cómo el odio se ha ido apoderando de sus mentes inocentes, tal como la suya: “La rabia que tengo es mucha. Yo antes no era tan así, tenía la conciencia más limpia y no me daba cuenta la situación de lo que estaba pasando”.

Respecto del autor del disparo que le cambió la vida, el joven cuenta que la esperanza de que se haga justicia, se perdió con la sentencia. “A mí ya no me importa mucho eso de que este carabinero siga en el juicio, si ya sabemos cuál va a ser la respuesta de los jueces”, dice, y agrega que al verlo detrás del vidrio que separa a la audiencia de los acusados, la impotencia se apoderó de él por unos segundos y quiso hacer justicia con sus propias manos.

¿Qué le dirías al carabinero?

No sé qué le diría. “¿Por qué me disparó?”. Pero, ¿quién va a razonar con alguien que está loco?