Diario y Radio U Chile

Año XI, 11 de diciembre de 2019

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Paul Walder

La huelga general es nuestro deber con los jóvenes

Paul Walder | Martes 12 de noviembre 2019 10:08 hrs.

Un chico, con seguridad un estudiante secundario, me abrazó el viernes pasado en la Plaza de la Dignidad, o ex Plaza Italia. Agradeció mi presencia, la de un adulto en medio de jóvenes tan jóvenes y me preguntó qué hacía yo allí. Al comienzo no supe qué decir ante la evidencia de la respuesta y le dije que yo siempre había estado ahí. Tal vez no siempre, pero desde hace 30 años. Me respondió que él llevaba protestando tres semanas por las injusticias y por pensiones dignas. El protestaba por sus padres y sus abuelos.

Nunca escribo en primera persona. En general intento a pergeñar una nota que borre, o que oculte, la mano del autor. Que el texto sea una narración cuya única autoría se revele en la firma al final. Que el texto sea un objeto por sí mismo. Una nota, como le llamamos los periodistas. Como un mensaje solitario o una caligrafía en una vieja hoja de papel.

Ahora escribo como autor, pero no como sujeto. Lo hago en primera persona porque sé que no importan en este trance las individualidades, sino sé que esta voz es una más en un enorme coro popular. Un comentario, una percepción, que posiblemente será muy similar al que harían o padecen millones en esta crisis. Le llamaré crisis, pero también puede ser rebelión, colapso o hasta revolución. Una crisis intensa, que no se lee en los diarios ni en las pantallas sino se siente como un cambio de estado, una conmoción interna, un trance.

Hemos ingresado en estos días en un extraño estado, en una crisis que ni las horas ni los días logran atenuar. No puedo dormir más de tres horas cada noche y la pena me invade en cualquier lugar con un llanto incontrolable. Estos días y noches he pensado en Gustavo, en sus padres, en su sufrimiento infinito, en los centenares de jóvenes, de la misma edad que mi hija, que han perdido la visión con proyectiles de goma lanzados a quemarropa para mutilarlos.

Despierto de madrugada y así estoy hasta el amanecer. Con el sonido de las sirenas que entra por la ventana, en las redes sociales, en las atrocidades de cada día, en la violencia de un Estado que es la expresión arrogante del odio de la oligarquía hacia el pueblo. Soberbia y desprecio hacia los jóvenes y desprecio a los pobres a quienes se les vuelve a golpear una y mil veces por ser pobres. El Estado oligárquico les maltrata de manera permanente en su pobreza y hoy se les apalea sobre y por su pobreza. Castigo a los derrotados, a los más débiles y vulnerables. Hoy todos hemos visto a la policía destrozar a golpes a un joven en su villa, en su precariedad, en medio de sus carencias. Eso, todo aquello, no solo ven, sino padecen nuestros hijos gaseados y tiroteados. Los fantasmas de una antigua dictadura se les han aparecido como engendros asesinos. La historia ha vuelto con su espantosa presencia.

Una de las pancartas más repetidas, una de aquellas centenares escritas a mano en trozos de cartón o en hojas tamaño carta que se exhiben en las marchas y concentraciones, dice “no son 30 pesos sino 30 años”. Una breve expresión que contiene este tremendo daño histórico. Como estar 30 años en la ex Plaza Italia protestando en soledad. Porque tal vez así estuvimos sin vernos. 30 años de sospechas, de competencia entre pobres individualidades. Una carrera entre derrotados.

Hace 30 años decidimos confiar, bajar los brazos después de la larga batalla contra la  sanguinaria dictadura. Alguien, aquellos inefables políticos, nos dijo que había conquistado un país para vivir, para nuevas alegrías, para establecerse, para tener un hogar y una familia. Un lugar donde crecerían nuestros hijos en paz que a poco andar comenzó a mostrar lo que era: una mentira. Lo que hubo, y tuvimos que tardar tres décadas en darnos cuenta, fue la dictadura continuada por otras vías. Hoy bien sabemos que la Concertación se las arregló para presentar lo impresentable, un andamiaje que hoy se cae a pedazos y nos vuelve a mostrar de qué está hecho aquello que llamamos “el modelo”. De autoritarismo y de violencia, de la cultura de lo vacuo, de la alienación. Una mentira de magnitudes históricas que por un lado buscaba borronear los crímenes de lesa humanidad a la vez que convertía al capitalismo desatado como el objetivo último de la civilización.

En este dolor, en este estado, en esta crisis para darle un nombre a lo que aún no tiene nombre, vuelvo a preguntarme. Qué le hemos hecho a nuestros hijos. Pero también qué le podemos dar. ¿Intentar continuar con los sueños colectivos inacabados, poner en agenda valores tan básicos y propios de la humanidad como libertad, justicia e igualdad? Pero en especial, estar junto a ellos porque somos una sola colectividad en nuestra diversidad, un pueblo, traicionado, engañado y aplastado para el beneficio del uno por ciento. Somos millones y ellos son menos que nada.

Les vamos a dar un respiro a sus cuerpos jóvenes agotados, gaseados, tiroteados, mutilados. ¿Cuándo? Lo haremos con la huelga general de la producción y el consumo para asfixiar de una vez por todas la economía neoliberal. Le daremos con todo al capital acumulado, aquel capital robado, obtenido por lo que David Harvey llama la acumulación por desposesión.