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Nueva Constitución y la lectura como acontecimiento

Columna de opinión por Marcela Mercado
Lunes 1 de agosto 2022 13:09 hrs.


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En la discusión acerca de la Nueva Constitución, se arribó, de pronto y de manera insospechada a la Lectura. Esto, ante los dichos del profesor Cristián Warnken donde se mostró contrario a la entrega del texto, pues los ciudadanos chilenos carecerían de las competencias cognitivas para entender su lectura.

Entonces, es interesante pensar de qué hablamos cuando hablamos de lectura o del ejercicio lector.

Cuando uno piensa en la Lectura, lo primero que se viene a la mente son todas las “morales” en relación con ella: los planes y programas de lectura, la idea de que hay que leer, los esfuerzos que hacen los gobiernos para promover la lectura.  Todo esto en relación al peso que se le da a la lectura como un medio para el logro de otros fines: la lectura como algo edificante, que genera productividad, cuyo aprendizaje y desarrollo radica en la institución que, por excelencia, debe enseñar y promover el “buen leer” que es la escuela, todo ello con el fin de aportar en la construcción de comunidades más cultas, con mejores ciudadanos.  El profesor y crítico literario argentino, Miguel Dalmanori ha señalado que “el síndrome escolar y docente de ansiedad por la poca, mala o fragmentaria lectura es un comprensible síntoma de la resignación humana ante la supuesta fatalidad de la maldición bíblica del trabajo. Deberás leer bien y mucho, pues ganarás el pan con el sudor de tu frente” esto es, la lectura vinculada a un esfuerzo, a un sacrificio. La lectura vinculada al trabajo, productiva y edificante.

Pero existen un lugar distinto desde donde  pensar el tema de la Lectura y es verla como un “acontecimiento”, como una “experiencia”.  El año 1904, Franz Kafka escribió en una carta dirigida a su amigo Oscar Pollak lo siguiente Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros” De este modo, Kafka nos presenta su modo de ver la Lectura como un acontecimiento que no necesariamente edifica, que no es un medio para otra cosa, que es un fin en sí mismo y que es, de algún modo, una experiencia única e intransferible. Existen en nosotros, como experiencias, aquellos libros que nos arrasado o nos han encantado. Es allí donde lloramos por la suerte de “Ana Karenina”,  donde se reparan corazones rotos con “La Reina Isabel cantaba rancheras” o somos testigos del piropo insuperable que lanza Segismundo la primera ves que ve a una mujer en “La vida es sueño” Es en este mismo lugar nos encontramos con nuestras lecturas tempranas, cuando nos asomábamos al mundo y éramos terreno fértil: Herman Hesse, Ernesto Sabato o el “Pedro Páramo” de Rulfo.

La Nueva Constitución se ha convertido en el libro más vendido en el último mes. En las provincias, son largas las colas para obtener el ejemplar que distribuye el gobierno. Las personas discuten en el metro y los paseos acerca de información, cierta o falsa, acerca de ella. La Nueva Constitución y su lectura se ha transformado en un acontecimiento, en una  Lectura que excede, con mucho, a la sala de clases, a redes sociales y medios de prensa: es un texto anhelado y anhelante que nos desborda y nos arroja a otros mundos mejores posibles.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.