Cuenta la leyenda que el día 23 de abril de 1616, los astros se alínean y se inclinan y fallecen al mismo tiempo Miguel de Cervantes y William Shakespeare. La verdad es que esto no es seguro y algunos explican esta coincidencia a la diferencia de los calendarios usados por España e Inglaterra, pero como de ficciones va la literatura, se recurrió a esta simbólica fecha por parte de la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, para rendir un homenaje mundial al libro y sus autores y alentar a todos , en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y reconocer la irremplazable contribución de los creadores del progreso social y cultural. Es así como el año 1995 se aprobó proclamar el día 23 de abril de cada año el Día mundial del Libro y del derecho de autor.
Pero, en qué pensamos cuando pensamos en la lectura? Lo primero que se nos viene a la mente son todas las “morales” en relación con ella: los planes y programas de lectura, la idea de que hay que leer, los esfuerzos obvios y edificantes que hacen los gobiernos para promover la lectura. Todo esto en relación al peso que se le da a la lectura como un medio para el logro de otros fines; la lectura como algo edificante cuyo aprendizaje y desarrollo radica en la institución que por excelencia debe enseñar y promover el “buen leer” que es la escuela, todo ello con el fin de aportar en la construcción de comunidades más cultas, con mejores ciudadanos. El profesor y crítico literario argentino, Miguel Dalmanori ha señalado que “el síndrome escolar y docente de ansiedad por la poca, mala o fragmentaria lectura es un comprensible síntoma de la resignación humana ante la supuesta fatalidad de la maldición bíblica del trabajo. Deberás leer bien y mucho, pues ganarás el pan con el sudor de tu frente” esto es, la lectura vinculada a un esfuerzo, a un sacrificio. La lectura vinculada al trabajo, productiva y edificante.
Otro lugar distinto desde donde pensar el tema de la Lectura es verla como un “acontecimiento”, como una “experiencia”. El año 1904, Franz Kafka escribió en una carta dirigida a su amigo Oscar Pollak lo siguiente “Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. De este modo, Kafka nos presenta su modo de ver la Lectura como un acontecimiento que no necesariamente edifica, que no es un medio para otra cosa, que es un fin en sí mismo y que es, de algún modo, una experiencia única e intransferible. Existen en nosotros, como experiencias, aquellos libros que nos arrasado o nos han encantado. Es allí donde lloramos por la suerte de “El Extranjero”, donde ocurre el encuentro entre el lector y un libro, donde se reparan corazones rotos con “La Contadora de Películas” o ardemos con “Los Hermanos Karamazov”. Es en este mismo lugar nos encontramos con nuestras lecturas tempranas, cuando nos asomábamos al mundo y éramos terreno fértil. Acá muchos ubican a Herman Hesse, Sabato o el “Pedro Páramo” de Rulfo.
Queda abierta la discusión. Todo bien con la escuela y sus planes y programas lectoras, pero a no perder de vista que con la Lectura Literaria pasa algo que excede con mucho a la sala de clases, que la desborda y nos arroja a otros mundos posibles.
Nota: esta columna está escrita a la amada memoria del Padre Arturo Smith OMI, quien abrió el Conocimiento y la Libertad a través de los libros, en tiempos aciagos, en la Biblioteca del Colegio Inglés San José.






