Nadie acabará con los libros

  • 23-04-2025

Hoy es un día especialmente festivo: el Día del Libro se celebra este 23 de abril para conmemorar la muerte de tres de los más grandes escritores: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Por extensión, en la fecha se honra a los libros, los lectores y los autores, fomentando la lectura y la cultura literaria. La UNESCO declaró este día como el Día Mundial del Libro y la Lectura en 1995.

Hoy, entonces, celebramos algo más que un objeto: laudamos esta poderosa creación de la humanidad que expande las conciencias, transforma la historia y regala profundidad poética a nuestra a veces dura existencia cotidiana. Por eso, la lectura no puede ser un privilegio: debe ser un derecho cultural garantizado por políticas públicas decididas, un bien común que por lo tanto pertenezca a todas las capas de la sociedad. Democratizar el acceso al libro es enfrentar una de las peores desigualdades posibles, porque el libro permitir conocer muchos mundos y vivir varias vidas. Y nadie debería quedar excluido de esa posibilidad.

Por lo tanto, la lectura no es solo un placer individual: es también un acto profundamente político. Un pueblo que lee es un pueblo que no se deja engañar, que sabe lo que quiere, que no olvida. Es un pueblo menos vulnerable a la manipulación y más capaz de ejercer su ciudadanía con propiedad. Un pueblo más culto nos permitiría tener mejores gobiernos, mejores senadores, mejores diputados. Así, cuando el poder quiere abusar, manipular o reprimir, los libros se convierten en trincheras de resistencia. No es casual que las dictaduras quemen libros, como “ocurrió” literariamente en Farenheit 451 de Ray Bradbury, o como sucedió de verdad en el Chile posterior al 11 de septiembre de 1973.

Ciertamente, en tiempos de digitalización inédita como éste, el libro adquiere un estatuto especial. La lectura debe hacerse espacio -además de las dificultades históricas de falta de acceso- entre pantallas, notificaciones y algoritmos que fragmentan la atención. Concentrarse y tener tiempo es más difícil, por lo que el libro adquiere un valor casi ritual. La experiencia de la lectura es más profunda y contemplativa, por lo que con mayor razón el libro impreso, lejos de volverse obsoleto, es hoy un refugio necesario que, en medio de la dispersión digital, nos regresa a lo esencial: escuchar, imaginar y comprender. El Día del Libro es por lo tanto una oportunidad para señalar la necesidad de cuidar y defender esas facultades de la especie humana.

“Nadie acabará con los libros”, dijo alguna vez Umberto Eco, recordándonos que mientras haya humanidad todo lo que hemos comentado seguirá existiendo y siendo necesario. En esta certeza se inscribe nuestra vindicación de la lectura como derecho, como resistencia y como refugio. Porque mientras existan lectores, existirá también la posibilidad de un mundo más libre, más justo y que sueñe con futuros mejores.

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