Treinta cumbres después, el planeta sigue calentándose. Los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) han sido majaderos en una prevención crucial: el calentamiento global avanza a un ritmo incompatible con la vida humana, tal como la conocemos. Y, sin embargo, la COP30 -que debía ser un punto de inflexión- parece confirmar la crisis de legitimidad del multilateralismo climático. Lo que alguna vez fue un foro de compromiso mundial, que suscitaba esperanzas, se ha transformado en un ritual diplomático que repite promesas vacías mientras las emisiones aumentan. La paradoja a continuación es dramática para el futuro de la humanidad: la ciencia advierte unánimemente, pero la política sigue mirando hacia otro lado.
Esta cumbre también ha mostrado con nitidez la captura empresarial de la política climática. Lo que antes era lobby, ahora se llama “alianza público-privada”. Las mismas corporaciones que financian la crisis se presentan como parte de su solución, patrocinando pabellones, paneles y discursos oficiales. En el caso de Chile, la participación de empresas como AngloAmerican o CMPC en el financiamiento del pabellón nacional ilustra una tendencia global: el clima se convierte en una oportunidad de negocio. Naomi Klein lo anticipó con lucidez en su libro Esto lo cambia todo: “El cambio climático no es un problema que podamos resolver sin cambiar el sistema económico que lo produce”. Lo que vemos hoy es el intento de adaptar la crisis al modelo, en lugar de transformar el modelo que la provoca.
Bajo esa misma lógica, la llamada transición energética levanta alarmas, pues para varios expertos aparece más como un espejismo que como una alternativa. Se multiplican los proyectos de hidrógeno verde, combustibles sintéticos o minería del litio, todos en nombre del clima, pero bajo la misma estructura de acumulación y sacrificio de territorios y comunidades en distintas partes del mundo. Cambian los discursos, pero no la matriz. No basta con sustituir el petróleo por el litio si se mantiene la relación extractiva con la Tierra.
Mientras tanto, las comunidades que viven en los territorios más golpeados por la crisis climática siguen siendo marginados de la toma de decisiones. La COP30, organizada en Brasil, pudo haber sido la ocasión para escuchar las voces de los pueblos indígenas, de los campesinos, de las comunidades que resisten la deforestación y la contaminación. Pero el formato oficial volvió a privilegiar la voz de los gobiernos y las corporaciones cuyos capitales provienen de las grandes potencias. Así, el cambio climático se configura también como una forma contemporánea de colonialismo ambiental.
Frente a este panorama, se han hecho llamados a repolitizar la esperanza. Las organizaciones socioambientales, los movimientos territoriales y la comunidad científica tienen el desafío de sostener el sentido común climático: uno que ponga la vida al centro y no el lucro. Naomi Klein nos recuerda que esta crisis puede ser una oportunidad para reinventar nuestras economías y reforzar nuestras democracias entregándoles herramientas para una gobernanza de la actividad económica que no siga poniendo en riesgo la vida humana en el planeta.






