“A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”
-José Antonio Kast, Presidente de la República de Chile, 05 de mayo de 2026
Varias reacciones causó la citada frase del Presidente, que sumó varias otras en torno a su visión respecto a la producción de conocimiento científico en nuestro país.
Más allá de muchísimas críticas en las redes sociales (así como mucha defensa también), una de las más llamativas fue la declaración suscrita por 29 sociedades científicas donde se manifiesta la preocupación por lo que podría significar una potencial reducción al presupuesto destinado a los diversos instrumentos que se usan desde la academia para financiar la investigación científica. También hubo innumerables editoriales y columnas donde se expresó la angustia de tener un presidente que no valora la ciencia, que no entiende el significado del proceso de generación del conocimiento u otras tesis similares.
Debido a esta interpretación, es decir, el Presidente no entiende, no sabe o no valora la generación de conocimiento científico, es que no costó mucho que pocos días después saliera a aclarar sus dichos: “La ciencia es fundamental, el buen uso de los recursos también”. Problema resuelto.
Pues bien, lo que no se ha enfatizado lo suficiente es la tesis implícita en las palabras del Mandatario: el conocimiento se financia porque trae aparejado un rédito mensurable, ya sea empleos, ahorro pecuniario, PIB, póngale la métrica que guste.
A partir de esa premisa recién se puede hablar de eficiencia, o “buen uso de los recursos”. ¿Qué porcentaje de los proyectos generaron algún empleo? Hay que mejorarlo. ¿Cuánto permitió ahorrar cada peso invertido en ciencia? No es suficiente. ¿Cuánto porcentaje en la variación del PIB puede ser atribuido a los proyectos desarrollados en Chile? Por eso el país no despega.
Cada pregunta más nefasta que la anterior, porque son, en gran medida, esas preguntas las responsables directas de que, a pesar de todas las protestas de la comunidad científica, nuestro país dedique una proporción minúscula de su presupuesto nacional a la generación de conocimiento, incluso cuando nos comparamos con muchos países en vías de desarrollo.
Hay una dosis de cinismo en el aspaviento que se ha hecho respecto a este tema porque, aunque también sospecho de las genuinas intenciones de este gobierno en este asunto, la verdad es que no es nada más que la aplicación “in extremis” de una lógica que ha estado vigente en nuestro país en toda la post-dictadura.
No puede ser que el argumento sea “es normal que la inversión en ciencia tome mucho tiempo para rendir frutos”. Lo que deberíamos estar gritando a cuatro vientos es que “es normal que la inversión en ciencia incluya desarrollo de intangibles que NO SON MENSURABLES”.
El simple hecho de permitirle a un alma joven hacerse preguntas respecto al funcionamiento del mundo y que se financie el trabajo alrededor de esa curiosidad, es lo que nos convierte en una mejor sociedad. Lo que no podemos permitir es que sólo quienes provienen de una élite social/económica sean quienes tengan derecho a hacerse esas preguntas: es un deber de nuestra sociedad darle la opción a la gente joven, de todos los grupos socioeconómicos, la oportunidad de mover el límite del conocimiento, sin preguntarnos de antemano cuántos trabajos va a generar porque parte del proceso incluye la posibilidad intrínseca de no generar ninguno. Y punto.
¡Ah! Pero entonces, ¿vamos a financiar cualquier idea loca que cualquier pelafustán quiera preguntarse? ¡Pues no! Lo que no ha sido suficientemente difundido es que precisamente existen en todo el mundo, incluido Chile, mecanismos para que el potencial de esos intangibles generados por el desarrollo del conocimiento signifiquen un avance para la sociedad, para la humanidad, en su conjunto. Ese mecanismo es la llamada “revisión de pares”, es decir la propia comunidad científica es la que termina proponiéndole al país cuáles son las investigaciones más pertinentes, con más potencial de desarrollo GLOBAL, no sólo de métricas economicistas.
¿Es perfecto el sistema de evaluación de pares? Por supuesto que no. Cada investigador podría probablemente citar algún tipo de defecto en el sistema de pares que evalúan sus propuestas científicas. Yo tengo un enorme enojo acumulado con muchas decisiones de mis pares a este respecto. Pero no me pierdo: el peor de los escenarios es dejar que algoritmos automatizados de rendimiento económico sean los que terminen decidiendo qué proyectos se financian y que proyectos se descartan. O, peor aún, dejar que las decisiones a este respecto las tome una persona única, como funcionó durante un tiempo la asignación directa de fondos a centros de investigación desde la Presidencia de la República.
De una vez por todas transparentemos: muchos prometemos que nuestro país, como un todo, va a salir ganando si mi proyecto de investigación es financiado; pero muchos proyectos deben ser aprobados, aunque no se avizore ningún movimiento en ninguna aguja del indicador elegido. El avance del conocimiento, por sí mismo, debería ser suficiente.



