Conversar hasta la paz

  • 13-05-2026

La paz no se lucha, ni se firma, se conversa. Y se conversa incluso —o sobre todo— cuando duele. Cuando hay humillación, desconfianza, arrogancia, heridas abiertas y egos dispuestos a incendiar el mundo antes que escuchar al otro/a.

Por eso resulta tan llamativo que, en medio de los ataques de Donald Trump al Papa León XIV, el Vaticano y Estados Unidos hayan decidido sentarse a dialogar. Buscar una mesa común aun después de las bofetadas públicas. Aunque la mesa tiemble y las miradas sean esquivas.

Porque Trump no solo cuestionó al Papa por su postura antibélica e insinuó irresponsablemente que apoyaría que Irán tuviera armas nucleares. Antes ya había ridiculizado la voz moral de la Iglesia, descalificado su defensa de migrantes, atacado la idea misma de solidaridad global y convertido la agresión en una estrategia permanente de comunicación política.

Y, aun así, ahí estaban. Marco Rubio estuvo sentado en el Vaticano. La Santa Sede hablando de “trabajar incansablemente por la paz”. Incansablemente. Qué palabra más radical. Porque la paz no es un estado romántico ni una postal de blancas de palomas. La paz es agotadora porque es necesariamente un proceso permanente.

La paz exige redes que nos nutran y nos ayuden a cocrear junto a los que compartimos valores y sueños, pero es especialmente, sentarse con quienes piensan y sienten distinto. Con quienes nos han herido e incluso pueden despreciarnos. La paz se sostiene en la presencia obstinada de conversaciones difíciles que abren la posibilidad de cambios a favor del bien común.

Esto es urgente en tiempos donde la política se ha transformado en espectáculo de demolición pública, donde los algoritmos premian el insulto, castigan la complejidad y los derechos humanos se relativizan. Necesitamos recuperar el valor político de la comunicación. No como maquillaje, propaganda o solo manejo de crisis. Sino como la capacidad de abrir diálogos reales que nos transformen mutuamente.

Sabemos que conversar más que intercambiar información es “dar vueltas juntos” y en una conversación honesta nadie queda intacto. Cambiamos en el encuentro. Se mueve algo. Se ensanchan algún límite o alguna pregunta queda resonando. Se soslaya una posibilidad distinta que antes no existía. Cada palabra compartida supone compartir un universo de sentidos, hacemos parte al otro/a de nuestro mundo y en ese pedacito de vida común se despliega la posibilidad del entendimiento.

Eso es precisamente lo que hoy parece insoportable para muchos liderazgos extremistas: aceptar que el otro, la otra, puedan modificarme y en esa experiencia darme cuenta de que hay espacios en que coincidimos. Justo en esa intersección, en que el mundo deja de ser binario, crece la Paz.

Trump y otros personajes similares, representan exactamente lo contrario. Una política basada en la humillación pública, en la lógica amigo-enemigo, en la destrucción del que construyen como “adversario”. Una política que convierte cada diferencia en amenaza y cada desacuerdo en una guerra (cultural o con armas y muertes reales). Sin embargo, incluso frente a eso, el Vaticano -y la buena diplomacia lo sabe hace tiempo- insiste en conversar. Porque entiende algo esencial: sin comunicación no hay acuerdos ni comunidad posible.

La democracia no se destruye solamente con balas y tanques. También se erosiona cuando se limita la libertad de prensa, cuando dejamos de debatir, cuando ya no nos interesa escucharnos. Cuando preferimos caricaturizar antes que comprender y solo buscamos aplausos de nuestra propia tribu.

Quizás por eso el desafío más radical de nuestro tiempo no sea ganar discusiones, sino sostener conversaciones difíciles sin destruirnos. Conversar hasta que duela. Sostener la incomodidad y expresar todo lo que sentimos, pero justo hasta antes de que se vuelva violencia. Es clave resguardar los espacios democráticos y estructuras comunitarias, territoriales y nacionales del Estado y de la sociedad civil para gestionar intereses “incompatibles”. El conflicto se vuelve violencia cuando los mecanismos e instituciones para la gestión y resolución de los conflictos pierden valor.

Vamos por una paz verdadera que se co-construye a diario en la diplomacia internacional, en la mesa familiar, en los territorios en conflicto socioambientales y en las redes sociales. Pongamos nuestra creatividad, perseverancia y compasión al servicio de esas nuevas conversaciones.


Victoria Uranga Harboe, periodista, especialista comunicación para el cambio social.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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