El viernes 18 de abril, en la terraza panorámica de los jardines de Font del GAT, a los pies del Montjuïc de Barcelona, 300 personas celebraron “la unidad entre las fuerzas progresistas del mundo”. El evento se llamó, con una grandilocuencia que parece exagerada, “El abrazo de Montjuïc”. Lo organizó Giorgio Jackson, exministro del gobierno del Presidente Boric, hoy radicado en Barcelona. Asistieron el expresidente Boric, Camila Vallejo, dirigentes del Frente Amplio y del Partido Socialista, exembajadores, exjefes de comunicaciones, directores de centros de pensamiento. Una fotografía de familia de la elite progresista chilena, reunida en Europa, brindando por el futuro.
La escena por sí sola, no prueba nada reprobable: los políticos viajan, construyen redes internacionales, participan en foros, es parte del oficio. Lo que hace interesante la imagen de Montjuïc no es lo que muestra sino lo que revela cuando se la mira en perspectiva: la misma generación que llegó al poder hace cuatro años denunciando a la vieja elite política —sus privilegios, sus redes de cooptación, su distancia con la ciudadanía— reproduce hoy con notable naturalidad los mismos patrones que denunció, no en el mismo. En un formato actualizado, más cosmopolita, con mejor branding, pero reconocible
Para entender lo que ocurrió en Barcelona hay que recordar de dónde viene esta generación política. El Frente Amplio nació, en buena medida, del rechazo a la forma en que la Concertación había ejercido el poder: una elite que rotaba entre cargos públicos, directorios de empresas, fundaciones y centros de estudios, que se perpetuaba a través de redes de favores y que había perdido contacto real con los sectores que decía representar. Esa crítica fue poderosa y, en varios aspectos, justa. Lo que nadie anticipó —o nadie quiso ver— es que las condiciones que producen ese tipo de elite no son exclusivas de un signo político. Son condiciones estructurales del ejercicio prolongado del poder: el acceso a recursos, las redes internacionales, la profesionalización de la militancia, la distancia física y simbólica respecto de las bases. El Frente Amplio no era inmune a esas condiciones, sólo era más joven.
Cuatro años en el gobierno aceleraron un proceso que en otras generaciones políticas tomó décadas. Una parte significativa de la dirigencia frenteamplista completó ese trayecto con una velocidad que habría resultado llamativa incluso para sus antecesores concertacionistas: del activismo universitario al ministerio, del ministerio al centro de estudios financiado desde el exterior, del centro de estudios a la cumbre internacional en Barcelona.
La pregunta que vale la pena hacer —y que el propio ecosistema progresista evita sistemáticamente— es a quiénes representa hoy esta dirigencia. No en el sentido formal de la representación electoral, sino en el sentido más profundo: ¿qué intereses defiende, desde qué experiencia habla, con qué realidad cotidiana está en contacto? Un exministro que vive en Barcelona, dirige un centro de estudios y organiza encuentros internacionales puede tener posiciones políticas perfectamente coherentes con su trayectoria. Pero su distancia material y geográfica respecto de los sectores populares chilenos no es un dato menor. Es, precisamente, el tipo de distancia que esa generación denunció en sus predecesores.
El financiamiento es parte de esta ecuación. Cuando los centros de pensamiento que articulan la estrategia política de la izquierda chilena dependen en una proporción significativa de fundaciones internacionales —cuya agenda, por legítima que sea, no es necesariamente la agenda de los barrios populares de Santiago o de las comunidades rurales del sur— se produce una dislocación entre el discurso y la base social que se pretende representar. No es corrupción, es algo más difuso y, en ciertos aspectos, más preocupante: es dependencia. Una dependencia que no se declara, que no se debate y que moldea, aunque sea de manera imperceptible, las prioridades de quienes la reciben.
Hay una ironía histórica en todo esto: la generación que llegó al poder en 2022 con la promesa de refundar la política chilena termina su ciclo gubernamental reproduciendo, en versión actualizada, los mismos vicios que denunció. No porque sean hipócritas en sentido moral —la mayoría, probablemente, cree genuinamente en lo que hace. Sino porque las estructuras del poder tienen una lógica propia que tiende a imponerse sobre las intenciones de quienes las habitan. La elite política no se forma por malicia, se forma por acumulación: de contactos, de recursos, de experiencias compartidas, de una visión del mundo que se va homogeneizando a medida que el círculo se cierra.
Lo que el “abrazo de Montjuïc” revela no es la maldad de sus protagonistas, revela la velocidad con que una generación que prometió romper el molde terminó acomodándose en él. Y revela, también, algo sobre Chile: que el problema de la clase política no es ideológico sino estructural. Que mientras no se cambien las condiciones que producen elites desconectadas —el financiamiento opaco, la profesionalización excesiva, la inevitable endogamia de los círculos dirigentes— el problema se reproducirá, independientemente del signo político de quienes lleguen al poder.
* Guido Romo Costamaillère es socio de Gemines Consultores y Director de Encuestas y Opinión Pública. Director de Scanner Social, estudio de monitoreo de tendencias políticas y sociales en Chile.






