Futuro colectivo sin nostalgia

  • 16-06-2026

¿A quiénes les sirve que se instale el imaginario de un futuro apocalíptico que nos deja atrapados entre el conformismo, la ansiedad y el miedo? ¿A quiénes les es útil una sociedad en que se vea como enemigo a toda persona distinta, especialmente si tiene aroma a mujer, migrante, indígena, de izquierdas o parte de movimientos LGTBIQ+? ¿A quiénes engrandece una sociedad que avanza en deshumanización, destruyendo la naturaleza a costa de mayor poderío militar y económico?

Como afirma Martín Caparrós, en su columna visual ‘Ay, futuro’, a diferencia de otros tiempos en que hubo futuros prometedores, hoy no tenemos un mañana que nos entusiasme. La filósofa Marina Garcés, afirma que el futuro se ha convertido en “cosa del pasado” y la idea de “destrucción irreversible” es un mantra que cantamos sin dimensionar sus impactos.  Zygmunt Bauman, en Retrotopía plantea que hemos abandonado la utopía a cambio de un intento de refugio en un “pasado perdido”.

No alimentemos la profecía autocumplida, el futuro es todavía un terreno en disputa. Lo relevante es que para recuperar la esperanza en el futuro no tenemos que esperar que cambien los indicadores o que nos llegue una invitación desde el olimpo. Podemos comenzar ahora.

Los más de cincuenta conflictos bélicos activos en el mundo, la temperatura en alza en el planeta, el uso intensivo de combustibles fósiles, la destrucción de glaciares para extraer más minerales, la reducción drástica la biodiversidad, el intento de control de las semillas tradicionales y campesinas, la acidificación el mar y los microplásticos alojándose por todo nuestro cuerpo, son solo ejemplos de grandes tareas pendientes.

Pero ninguno de estos temas son solo un problema ecológico, económico, político, energético ni tecnológico, son más bien una crisis de sentido profundo que se refleja en las otras dimensiones. Sabemos cada vez más cómo hacer infinitas cosas, pero cada vez menos hacia dónde queremos ir como humanidad. En ese vacío emerge el dolor profundo por la desconexión con la naturaleza de la que somos parte, con los demás y con nosotros mismos.

En lugar de escuchar ese dolor, solemos anestesiarlo con distracciones en las redes sociales, el consumo y la polarización. Reconocerlo implicaría aceptar nuestra interdependencia, las pérdidas y asumir nuevos compromisos hacia una vida más consciente, solidaria, respetuosa y coherente.

Hay caminos. Uno es que sabemos que las sociedades logran transformaciones cuando cambian las historias de los futuros que consideran posibles. Ahí hay un quiebre creativo transformador. Antes de que una ley sea aprobada, una infraestructura construida o una tecnología adoptada, existen conversaciones —a veces abiertas, otras mucho más silenciosas— acerca de quiénes somos y hacia dónde queremos avanzar.

La comunicación es ese espacio en donde una sociedad se interpreta a sí misma y en donde se trazan los márgenes de lo que creemos posible. En ese espacio tibio y dinámico construimos sentidos compartidos.

El agua, la energía, los territorios, los datos, la biodiversidad, los modelos de desarrollo, incluso lo que nos distingue como humanos, no son asuntos neutros. Involucran intereses distintos, necesidades legítimas y visiones diversas y, hasta contrapuestas, de lo deseable. Es precisamente allí donde reaparece una palabra estratégicamente desprestigiada, pero cuya importancia aumenta en períodos de cambio: política.

La política en su sentido más esencial como la capacidad de una comunidad para decidir en conjunto asuntos que afectan su destino común. Política como algo vital, en que la palabra tiene valor y se honra.  Por lo tanto, no hay fin que justifique cualquier medio, cada parte es esencial, pero ninguna más importante que el todo que conformamos, los derechos no son beneficios, una metáfora es diferente a una mentira, desmantelar algo es muy distinto que intentar mejorarlo.

Quizás uno de los rasgos más paradójicos de nuestro tiempo es que necesitamos más acuerdos colectivos, justo cuando tenemos baja cohesión social y crece la desconfianza hacia las instituciones en donde esos acuerdos se construyen.

Precisamente por eso, debemos volver una y otra vez, con cuerpo, alma, emociones y toda nuestra historia a conversar (“con-versare” a dar vuelta juntos). Crear futuro nos exige hablar de la democracia que soñamos, de conservación ecológica de la mano con el desarrollo, de emergencia climática como un innegable, de equidad de género, de dignidad y de bienestar para vivir en comunidad.

Salir de la actual crisis civilizatoria provocada por modelos patriarcales, coloniales, productivistas y extractivistas requiere nuevos sentidos colectivos. El futuro empieza a aparecer cuando aprendemos a procesar los conflictos sin convertir al otro en una amenaza. Se construye cuando las comunidades participan activamente de las decisiones que afectan sus vidas, cuando los diversos saberes son valorados y cuando las personas dejan de ser espectadoras de los cambios para convertirse en protagonistas.

Victoria Uranga, periodista, especialista en comunicación para el cambio social. 

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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